THE OBJECTIVE
Hugo Pérez Ayán

¿Quién mató a la España feliz?

«Fueron aquellos que se han ido encargando de inocular el virus del odio en la sociedad española, causa principal de la patología que acabó con aquel país»

Opinión
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¿Quién mató a la España feliz?

El entonces Príncipe Felipe, abanderado de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 | Antoni Campañá

Hubo una España feliz, próspera, orgullosa y abierta en el que convivía una sociedad plural y unida. Lamentablemente, aquel país feliz enfermó, o lo hicieron enfermar, y pronto sucumbió a la afección que sufría y dejó paso a otro país decadente, acomplejado y cada día más profundamente sectario entre sus propias gentes. Para entender qué ocurrió habría que hacer un viaje al callejón del gato (donde hoy por cierto se sirven las mejores bravas de la capital) y poner a España ante el espejo para ver su reflejo esperpéntico.

Este viaje podría hacerse en moto, vehículo que representa la boyante economía de estepaís según el doctor Sánchez. Sin embargo, lejos de las fantasías ciclomotoras del presidente, España hoy es un país más pobre, en el que tener un sueldo anual de 20.500 euros te sitúa en la mitad «rica» de la población y 44.000 euros entre el 10% más pudiente, según publicaba El País en 2022. Datos verdaderamente desastrosos, y más sabiendo que hablamos de renta bruta. Efectivamente, España se ha descolgado del crecimiento de la renta per cápita de la media de la OCDE e incluso su población es más pobre que antes de la crisis de 2008.

Y es así, en un país empobrecido, como se hace imposible para las nuevas generaciones soñar siquiera con poder tener una vivienda en propiedad y toda una odisea poder pagar un alquiler si no es bajo un régimen de «coliving», «cohousing» o el nuevo anglicismo que se invente mañana La Sexta para normalizar la miseria. Esto, claro, para quien tenga un salario que le permita independizarse de sus padres, porque conviene recordar que mientras el Gobierno dice haber avistado en el horizonte el pleno empleo, la realidad es que seguimos doblando la media europea de paro y uno de cada tres jóvenes se encuentran desocupado.

Pero la muerte de la España feliz trasciende cualquier deterioro de las condiciones materiales de la ciudadanía y alcanza una dimensión moral y cultural. Aunque la tendencia es global, en España han calado sin apenas resistencia las tesis posmodernistas contrarias a la razón y los valores ilustrados y se ha impuesto una nueva Inquisición de lo políticamente correcto. En un mundo donde se vende como revolucionario que una mujer cante que es una «zorra», pese a que ya lo hicieron las Vulpes y muchas más durante la Movida, lo verdaderamente valiente es decir que se está en contra de la agenda neofeminista o de la colectivización de las personas homosexuales, bisexuales, transgénero y demás en un gueto identitario. Si la Movida representó la verdadera libertad de poder decir, cantar o hacer lo que a cada cual le diera la gana, hoy se cancela por facha a Vicco, esa que devolvió el verano pasado las noches ochenteras a las radios y discotecas de todo el país.

El movimiento censor también cuenta con una sección indigenista que ha revitalizado el odio antihispano y la Leyenda Negra. Si bien este fenómeno no es tampoco nuevo en absoluto, sí que se ha recrudecido en los últimos años. Hace tres décadas deslumbramos al mundo con el 500º aniversario del Descubrimiento de América, ese suceso que cambió para siempre la historia de la humanidad y dio carpetazo al medievo para dar a luz a la modernidad. Inimaginable estos días una celebración así. Si la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona eran una apología de la mejor historia de España y una muestra del país que estábamos construyendo tras muchos años perdidos y aislados, hoy pasa completamente inadvertido el aniversario de un evento tan importante para la ciencia y el progreso como es la circunnavegación de la tierra de Magallanes-Elcano. Qué oportunidad perdida también la de reforzar la hermandad ibérica con una candidatura para volver a traer el Mundial a la península al meter en el pack a Marruecos, ese país que lleva años amenazando la soberanía y la integridad territorial de España, a propuesta por supuesto del deudor Sánchez.

«Hoy nuestra mayor influencia internacional es la que ejerce ZP como enlace entre España y las dictaduras hispanoamericanas»

En el panorama internacional también hubo un tiempo no muy lejano en el que simplemente pintábamos algo (spoiler, ahora no). Además de ser la octava potencia económica, España era un país con influencia creciente en los ámbitos europeo e iberoamericano, que no se dejaba pisar. Sin embargo, la situación ha cambiado drásticamente. En 2004, el presidente del Gobierno español daba un discurso ante el Congreso de los Estados Unidos, pero hoy se ve obligado a perseguir a su homólogo estadounidense por los pasillos de la OTAN para lograr una simple foto. Toda una cumbre bilateral entre dos grandes naciones, sí señor.

Por desgracia, a día de hoy nuestra mayor influencia internacional es la que ejerce ZP como enlace entre España y las dictaduras hispanoamericanas. Por su parte, Súper Sánchez, reconocido líder mundial, viaja alrededor del globo buscando apoyos para el inexistente Estado Palestino, y, mientras los verdaderos mandatarios internacionales condenan el reciente ataque iraní contra Israel, el presidente se queda solo en su bochornosa equidistancia para recoger cable tras una larga y angustiosa noche (no se sabe si para Israel o para su persona).

Finalmente, se vislumbra pues quién mató a la España feliz. Fueron aquellos que, además de todo lo anterior, se han ido encargando de inocular el virus del odio en la sociedad española, causa principal de la patología que acabó con aquel floreciente país y lo hicieron marchitar como marchita está la rosa socialista. Zapatero, que este mes debe estar celebrando los 20 años de inauguración de su mandato, fue el primero en inyectar la letal dosis. El pacto del Tinell y la consiguiente elaboración del Estatut inconstitucional, el aprovechamiento torticero del mayor atentado de Europa para ganar unas elecciones y la Ley de Memoria Histórica fueron algunos de los ingredientes de la fórmula secreta. 

Su sucesor, Sánchez, ha seguido su estela con una nueva ley de verdad histórica oficial, en un nuevo paso hacia la imposición de un relato oficial de parte que cada día llega más lejos. ¿Cuánto faltará para que a Suárez y a Fraga les quiten su aeropuerto, sus calles, sus plazas y sus retratos oficiales por haber sido ministros de Franco? Para acabar, pasamos de aquella Amnistía del 77 que lograba cuatro décadas después cumplir el sueño de Azaña de «paz, piedad y perdón» a la Amnistía de 2024 que consagra la desigualdad ante la ley, convierte el Procés catalán en Proceso español y rompe la convivencia entre españoles. 

Esta es la triste España en la que a los españoles les ha tocado vivir. Algunos, de hecho, sólo han conocido esta versión de su país. Tal vez por eso sea tan fácil resignarse. Sin embargo, ¿cómo pueden resignarse sabiendo todo el potencial que tiene esta nación? La España feliz no murió, fue asesinada, y por eso, cuando el edificio social-nacionalista colapse, será necesario demoler los escombros y reconstruir desde los cimientos constitucionales establecidos durante la Transición. No será fácil y harán falta una sociedad crítica y una clase política valientes hoy inexistentes, pero bajar los brazos no es, ni será nunca, una opción para el pueblo español.

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