The Objective
José María Calvo-Sotelo

Golpes de timón en 2025

«Con este panorama tan complicado, parece cuando menos razonable que la UE se deshaga del exceso de lastre que el Pacto Verde ha traído consigo»

Opinión
Golpes de timón en 2025

Viñeta de Chumy Chúmez publicada en el diario 'Madrid' el 5 de noviembre de 1968.

El martes 5 de noviembre de 1968, el primer martes después del primer domingo del mes, se celebraron las elecciones presidenciales norteamericanas en las que Richard Nixon derrotó al candidato demócrata Humphrey. Ese mismo día, el malogrado diario Madrid publicaba una viñeta de Chumy Chúmez en la que se veía a un paisano solitario, boina calada bajo el implacable sol de Castilla, empujando un arado con la ayuda de su inseparable burro, que volvía la cabeza para mirarle y decirle con resignación: «no sé cuándo vas a aprender a no hacerte ilusiones con las elecciones presidenciales americanas». Así plasmaba Chumy Chúmez la enorme capacidad de la política estadounidense para llegar hasta el último confín de la tierra, marcando los tiempos con su sello sin igual. Han pasado casi sesenta años y sorprende ver cómo las elecciones americanas no han perdido apenas relevancia en la escena política mundial, a pesar de que en este tiempo hemos empezado a darnos cuenta de cuánto había detrás de la profecía atribuida a Napoleón «cuando China despierte, el mundo temblará».

Y es que 2025 ha estado sin duda marcado por la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales americanas de 2024 (también un martes 5 de noviembre) y por los golpes de timón que han caracterizado los doce primeros meses de su muy controvertida segunda administración. Tan es así, que casi ningún acontecimiento de relieve en el resto del mundo se ha librado de ser analizado a través de este prisma, especialmente en los temas que más nos ocupan en esta columna. Efectivamente, el año que ahora termina ha sido testigo de varios golpes de timón en las políticas de lucha contra el cambio climático, con la administración Trump a la cabeza.

Aunque más que cambiar el rumbo, Trump ha desarbolado el buque insignia de la administración Biden (la Inflation Reduction Act), eliminando casi todas las ayudas al vehículo eléctrico y a la energía solar, y prohibiendo nuevos emplazamientos de eólica marina. Ahora bien, son muchas las voces que dicen que el impacto en el largo plazo de las «contra medidas» de Trump será menor de lo esperado. Porque no solo manda Washington, sino también los Estados, republicanos o demócratas, a los que les interesa seguir atrayendo inversiones. Y finalmente mandan también los mercados, y el auge imparable de la inteligencia artificial traerá consigo un crecimiento de la demanda eléctrica como no hemos conocido en este siglo, crecimiento que ya quisieran para sí los inversores en energías renovables en España.

Pero 2025 ha sido testigo de otros golpes de timón que, por menos esperados y por venir de quién vienen, han causado más daño «moral» en la comunidad del clima. Nos referimos a Canadá y a su flamante nuevo primer ministro Mark Carney, que, en la cresta de la ola del rechazo a Donald Trump, dio un vuelco a todas las encuestas y derrotó al candidato conservador. Carney llegaba al poder como uno de los mayores adalides de la lucha contra el cambio climático. Como gobernador del banco de Inglaterra en 2015, fue la primera figura relevante del mundo financiero en advertir de la «tragedia climática» y en proponer que los bancos centrales y la gran banca incorporaran los objetivos de Net Zero para 2050 en sus escenarios de largo plazo y los riesgos climáticos en sus planes de negocio.

Pues bien, en los apenas nueve meses al frente de su gobierno, Carney ha desmantelado el impuesto a las emisiones de CO2 de las gasolinas de su antecesor y correligionario Justin Trudeau (impuesto similar al que la UE pretende incorporar en 2027), y ha reducido notablemente las subvenciones a la compra de vehículos eléctricos. Pero no se ha parado ahí, y con la promesa de convertir Canadá en una «superpotencia energética», ha puesto en marcha la construcción de un nuevo oleoducto para aumentar las exportaciones de petróleo a Asia y ha apoyado varios proyectos para duplicar la producción (también para la exportación) de gas natural licuado (GNL) con una inversión de más de 20.000 millones de dólares.

En este golpe de timón de Carney resuenan aquellas palabras de Felipe González con las que justificaba su cambio de opinión sobre la permanencia de España en la Alianza Atlántica: «al gobernar aprendí a pasar de la ética de los principios a la ética de las responsabilidades». Ante la enemistad trumpista en materia de aranceles que sufre Canadá, Carney ha decidido apostar por los combustibles fósiles como la mejor palanca para reforzar su autonomía estratégica frente a unos EEUU poco fiables.

Finalmente, la nueva Comisión Europa al mando de Ursula von der Leyen (UvdL) ha empezado en 2025 a destejer la intrincada madeja regulatoria que ella misma urdió en el quinquenio 2019-2024, al calor del Pacto Verde europeo, que su vicepresidente Frans Timmermans (el verdadero autor intelectual del Pacto) describió con ambiciones universalistas como la respuesta de la UE a la «exigencia de un destino distinto: una sociedad más inclusiva, más verde y más fuerte». Este «cambio de opinión» de UvdL se podría asemejar al de Mark Carney si no fuera porque el desmadejamiento regulatorio actual arranca con el informe Draghi de 2024, y es, por tanto, anterior a la llegada de Trump.

Los líderes de las tres mayores economías de la UE (Alemania, Francia e Italia), los tres de rubros políticos diferentes, están decididos a aligerar la carga regulatoria del Pacto Verde, y los paquetes Ómnibus (que recogen velas también en la Agenda Digital) no son más que un primer y tímido paso. El siguiente paso es el levantamiento de la prohibición de fabricar coches de combustión a partir de 2035. Y en el mismo sentido se manifiestan nuestros principales socios comerciales (con EEUU y China a la cabeza), que se oponen a la aplicación de las nuevas normas en materia medioambiental (la famosa directiva CSDDD) y a la puesta en marcha del impuesto en frontera por contenido de carbono (conocido como CBAM). El llamado «efecto Bruselas», el de nuestro soft power para regular el mundo entero y construir ese «destino distinto», se está desvaneciendo, y nos estamos dando cuenta de que, con la guerra de Ucrania y la falta de apoyo de los Estados Unidos, la sociedad europea no es más fuerte, a pesar de ser más verde y más inclusiva.

Con este panorama tan complicado, parece cuando menos razonable que la UE se deshaga del exceso de lastre que el Pacto Verde ha traído consigo. No se entiende que la UE siga por el mundo portando en solitario la antorcha del Acuerdo de París y someta a su economía y a sus ciudadanos a unos costes excesivos que ningún otro país, ni siquiera aliado, está dispuesto a compartir. Seguramente dentro de tres años, el 7 de noviembre de 2028, cuando la administración Trump llegue a su fin, vuelva a cobrar sentido la viñeta de Chumy Chúmez, en su 60 aniversario. Entonces podremos ver si encontramos buenos compañeros para este viaje que no podemos seguir haciendo solos.

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