Eso que llamamos Europa
«Los europeos hemos confundido bienestar con proyecto histórico. Y mientras tanto, las potencias diseñan el mapa del siglo XXI sin contar con nosotros»

Banderas de la Unión Europea. | Europa Press
La Unión Europea se ha convertido en la gran potencia mundial del bienestar, y nada más. Mientras el resto, como EEUU, China o Rusia nos han tomado la delantera militar, comercial y científica, aquí nos contentamos con haber convertido el continente en un resort asistencial para propios y extraños. En esta búsqueda del mayor confort material y psicológico para todos hemos rebajado la importancia de nuestra cultura y tradición. No queremos que quien venga de fuera se moleste por nada, y por eso aseguramos que lo procedente de otras partes del mundo es equivalente o mejor. No importa que con esto se pongan en cuestión los fundamentos que construyeron Europa y Occidente. En suma: nos hemos convertido en meros proveedores de bienestar que reniegan de su identidad cultural.
Ahora EEUU quiere quedarse con Groenlandia, una isla cuyos habitantes fueron esterilizados entre 1960 y 1991 por la democrática Dinamarca. Hablamos de un territorio que fue colonia hasta 1953, que vive de las subvenciones, sin buenas relaciones con la metrópoli, y con una enorme e importante base militar norteamericana. Si Trump quiere la isla, no habrá quien lo pare, y luego llegará la Francia de ultramar. Y no pasará nada.
Pusimos nuestro continente en almoneda desde 1945 para estadounidenses y soviéticos. Acabó la Guerra Fría, cayó el comunismo, y los países europeos perdieron la oportunidad de recuperar terreno en la hegemonía mundial. Estábamos complacientes con la defensa que pagaba EEUU mientras aquí vivíamos la vida loca. Los europeos cedieron a Washington las responsabilidades estratégicas, y con ella la vanguardia científica y tecnológica, y finalmente la creatividad cultural.
Esa decadencia nos ha convertido en observadores del devenir mundial. Nos limitamos a influir con diplomacia suave, a hacer un recordatorio moral, de apelación inútil al derecho internacional, como en Venezuela. Hemos quedado para ser los abanderados de la virtud, pero sin cañones ni fábricas. Hubo un momento en el que se pensó en la UE como un gigante comercial y financiero, pero llegó China y el sueño se esfumó. Xi Jinping ha conquistado África y América del Sur. De ahí que Venezuela, por ejemplo, pero también otros países hispanoamericanos pertenezcan ya a la ruta de la seda.
Los ciudadanos chinos, norteamericanos y rusos saben qué son. Hoy nadie sabría decir qué es ser europeísta o hacia dónde va a ir la Unión Europea. Como mucho, hablarán del sueño europeo ecosostenible, renovable, feminista, inclusivo y migratorio que podría ser si no existieran las potencias mundiales, pero eso es pensamiento mágico. La verdad es que la UE no tiene poder, porque el poder, como escribió Robert Dahl es cuando una potencia obliga a otra a hacer algo que no haría si las circunstancias fueran distintas. O como señaló Raymond Aron: solo una potencia decide entre la guerra y la paz. Hoy, Europa hace lo que dicen EEUU, Rusia y China. Por eso, si Trump quiere Groenlandia, la tendrá de una manera u otra.
«En la UE estamos atrapados entre los ‘patriotas’, que se codean con Trump y Putin, y los colaboradores del hundimiento»
Mientras, en la UE estamos atrapados entre los patriotas, que se codean con Trump y Putin, y los colaboradores del hundimiento. Me refiero a la tropa posmoderna que pretende demoler todo en nombre del «progreso», a los ecologistas que han desmontado la Europa industrial y energética, haciéndonos dependientes de EEUU y Rusia, al feminismo inconsecuente que se molesta por una palabra no inclusiva, pero traga con el maltrato a las mujeres en los países musulmanes y calla, por ejemplo, con la revolución de las mujeres en Irán.
El caso de Groenlandia es paradigmático. Dinamarca no se puede defender militar ni económicamente. Tampoco puede conseguir la lealtad de los groenlandeses, a los que ha despreciado durante siglos. Menos aún puede esperar Copenhague que la UE o la ONU ayuden a impedir que Washington se haga más influyente todavía en la isla. La única solución del gobierno danés —es socialdemócrata pero habría hecho lo mismo un liberal social—, es prometer más ayudas económicas a Groenlandia para aumentar su bienestar. Han jugado a que el patriotismo pese en función de los servicios que presta el Estado, como el resto de Europa, y se han puesto a temblar en cuanto ha llegado alguien que les ha prometido más millones y más respeto étnico y cultural.
Europa, en suma, se ha convertido en un continente que ya no inspira respeto ni temor, sino compasión. Es un territorio que antaño marcó el rumbo del mundo, y hoy se limita a gestionar su irrelevancia con discursos moralistas. Los europeos hemos confundido bienestar con proyecto histórico. Y mientras tanto, las potencias diseñan el mapa del siglo XXI sin contar con nosotros. Creo que es tarde, pero Europa debe recuperar un propósito común, una ambición estratégica y su identidad. En caso contrario, solo seremos un testigo de lo que pasa a nuestro alrededor.