El fin de la izquierda
«La izquierda se diluye porque el comunismo ha fracasado y la socialdemocracia ha triunfado. Resultados opuestos han producido efectos idénticos»

Ilustración generada mediante IA.
En realidad, el título de este artículo debiera ser «El final de la dicotomía izquierda-derecha», pero la versión más simple parece más atractiva para un artículo de periódico y, al fin y al cabo, no encierra ninguna falsedad, ya que es la izquierda en política la que ha llevado la iniciativa intelectual durante toda la llamada Edad Contemporánea y la que actualmente se encuentra en plena crisis y en vías de extinción. A este respecto, la retirada de la primera fila de la política española de la inefable Yolanda Díaz, después de varios años de ascensos meteóricos, me parece que tiene un gran valor simbólico, mucho mayor que la estatura pública real de la interesada.
Precisamente su escasa estatura pública y su nula calidad intelectual son los rasgos que acentúan el valor simbólico de la asombrosa carrera de esta política gallega, que tanto recuerda la trayectoria del hombre-globo del inmortal Mariano José de Larra: cuanto más subía el hombre-globo, más pequeño parecía, hasta que, en un momento dado, emprendía una vertiginosa caída que, con un poco de suerte, le llevaba a aterrizar en el Buen Retiro. Y es un buen retiro lo que, al parecer, está buscando ahora nuestra industriosa comunista galaica, renunciando ya a los oropeles de los altos puestos ejecutivos.
Su esterilidad mental se ajusta bien a la falta de pensamiento creativo de la izquierda de hoy, cuya falta de ideas queda en evidencia todos los días, por más grupos de trabajo que se organicen y más Agendas 2030 se pergeñen. Pero esto no fue siempre así; al contrario, en el siglo XIX los movimientos de izquierdas fueron un gran semillero de ideas, muchas de ellas disparatadas, sin duda, pero otras sensatas e innovadoras.
Yo dividiría las escuelas izquierdistas tradicionales en tres grandes familias o troncos: el socialismo, el comunismo y el anarquismo. Aclaremos, para empezar, que la palabra «socialismo» es muy polisémica: para muchos es sinónima de comunismo; y es cierto que Marx la empleó así frecuentemente, considerando al socialismo como una especie de preludio al comunismo. Marx nunca definió el comunismo con rigor, pero según él era su característica esencial que en tal régimen cada uno producía según sus capacidades y consumía según sus necesidades; una caracterización muy vaga. En todo caso, en la trilogía que yo propongo (no soy el primero ni el único) socialismo equivale a socialdemocracia, que significa un sistema político democrático con un Estado que, a sus funciones tradicionales de mantener el orden, aplicar la ley, y gobernar día a día, añade una función asistencial comúnmente conocida como Estado de bienestar.
El comunismo, en cambio, se caracteriza por abolir la propiedad privada de los medios de producción y, por lo tanto, por atribuir al Estado la responsabilidad de la economía, que, en la Unión Soviética (Rusia), primer país que practicó el comunismo, se llevó a cabo por medio de planes estatales periódicos, casi siempre quinquenales. Planes quinquenales o no, la economía comunista se caracteriza, sobre todo, por abolir el mercado libre, sustituido por la burocracia estatal. En el terreno político, el comunismo se rige por una dictadura de partido único, que Marx llamó «dictadura del proletariado». Poco se parecen, por tanto, socialismo y comunismo, al menos tal como yo los concibo.
«Los resultados de los sistemas comunistas han constituido un rotundo fracaso»
En cuanto al anarquismo, es una ideología utópica que cree, de manera casi religiosa, que la sociedad revolucionaria producirá una concordia social punto menos que milagrosa, que acabará con las clases sociales y, por medios poco claros (al menos para mí), logrará una sociedad feliz y armoniosa. Durante mi detención en la prisión de Carabanchel conocí a un viejo anarquista, cuyo nombre recuerdo, pero no voy a citar, hombre admirable que llevaba décadas en la cárcel, donde había perdido la vista. Contaba, sin embargo, con un pequeño grupo de fieles discípulos a los que dictaba una especie de evangelio anarquista. Me dio a examinar algunas de aquellas páginas y me produjeron una mezcla de lástima y vergüenza; aquel hombre ejemplar y heroico dictaba unas paparruchas embarazosas de leer sobre la epifanía que el anarquismo iba traer consigo no se sabía bien cómo. Se iba a abolir el capitalismo y, como por milagro, la humanidad se iba a convertir en una multitud angélica sin conflictos ni ambiciones. Conozco otros textos anarquistas, mejor compuestos, pero de contenido igualmente vacuo. Se comprende que esta escuela revolucionaria haya pasado hace tiempo a la historia, más como una curiosidad que como una propuesta seria.
Las ramas socialista y comunista, por su parte, se fueron separando a lo largo del siglo XIX. La primera triunfó gradualmente durante el siglo XX en el mundo desarrollado, donde se estableció, en diversas versiones de la democracia y del Estado de bienestar. La segunda triunfó en una serie de países atrasados, comenzando en Rusia, que la impuso en la Europa oriental durante la segunda postguerra mundial. Después fue adoptada por China, Cuba y varios otros países americanos, también en diferentes versiones, pero todas caracterizadas por una política dictatorial y una economía fuertemente intervenida. Los resultados de los sistemas comunistas han constituido un rotundo fracaso, hasta el punto de que en Rusia y la Europa oriental se haya vuelto al capitalismo, y en China y Vietnam se haya vuelto a la economía de mercado, aunque se haya mantenido la «dictadura del proletariado».
El resultado de esta evolución histórica, aquí muy sintetizada, ha sido el final de la dicotomía derecha-izquierda. El anarquismo y el comunismo han fracasado estrepitosamente (ya hemos visto que el anarquismo ni siquiera se ha intentado en serio; hacerlo hubiera sido una total locura); la socialdemocracia, por el contrario, ha tenido éxito, tanto éxito que hoy nadie propone seriamente volver atrás. Tanto éxito ha tenido la socialdemocracia que sus logros hoy son de hecho aceptados incluso por sus adversarios. Hoy los partidos de «derecha» pueden proponer retoques al Estado de bienestar, pero nadie preconiza su abolición, porque nadie quiere perder elecciones. Consecuencia de lo cual ha sido que los partidos socialdemócratas hayan perdido gran parte de su atractivo. Los electores de hoy, en su gran mayoría, votan por el Estado de bienestar, pero menos por los socialistas
Paradójicamente, la izquierda se está diluyendo porque el comunismo ha fracasado y la socialdemocracia ha triunfado. Resultados opuestos han producido efectos idénticos. Hoy, en los países desarrollados, la diferencia entre el centroderecha y el centroizquierda es de matiz, no de fondo. Ambos son socialdemócratas de manera más o menos manifiesta. Y el problema es que hoy, en unas sociedades donde el sector terciario, de servicios, es el que más crece y se diversifica, un partido que se proclama «obrero» pierde atractivo, apela a un electorado minoritario y sin conciencia de clase.
«El problema de la izquierda es que su base era la lucha de clases, pero el Estado de bienestar tiene como misión eliminar la pobreza»
¿Qué recurso le queda a la izquierda en los países desarrollados? En primer lugar, puede reclamar su derecho a gobernar en un sistema que es en gran parte obra suya. El problema está en que la mayoría del electorado no sabe mucha historia social y no vota por agradecimiento. El socialismo tiene que ofrecer algo más que nostalgia: tiene que ofrecer eficacia y honradez. Es el camino que buscan el Partido Laborista inglés, los socialistas alemanes y portugueses, y los de los países nórdicos.
Otra izquierda busca nuevos clientes: las mujeres como «clase social», caracterización muy dudosa y, en mi opinión, casi ofensiva para ellas; otras minorías sexuales tienen ese inconveniente, el de ser minorías. Después están las «identidades» raciales, culturales, regionales, religiosas, etc. Pueden ser un buen apoyo, pero adoptándolas como electorado, la izquierda está abandonando uno de sus principios básicos, el de la igualdad, y adoptando la paradoja de Orwell: todos deben ser iguales, pero unos son más iguales que otros. Es lo que se ha llamado la izquierda woke. No hay teoría, sino un revoltijo de protestas y denuncias para todos los gustos. En resumen, el problema de la izquierda es que su base fundamental era la lucha de clases, los pobres contra los ricos; pero el Estado de bienestar tiene como misión eliminar la pobreza. ¿Dónde queda entonces la sacrosanta lucha de clases?
La izquierda española, carente hoy de una teoría mínimamente seria (nunca brilló por su distinción intelectual), echó por la borda, hace más de 20 años, la socialdemocracia, sintiéndose incapaz de competir en ese terreno con el PP de Aznar y hoy recurre a todos los expedientes citados en el párrafo anterior, más uno muy español: tachar al centroderecha de franquista, de facha, de reaccionario, y de decidido a terminar con el Estado de bienestar y a cantar el Cara al sol y Montañas nevadas. Todo esto, sin ninguna evidencia, ni falta que hace. Todavía quedan en España muchos simples que se levantan por la mañana dispuestos a combatir a muerte contra el franquismo y la fachosfera. Pero sólo los encuentran en la retórica sanchista.
Entre tanto, el número de estos héroes del retrofranquismo es cada vez menor, y a fuerza de caos ferroviario, retrasos, descarrilamientos, muertes, Puentes modestos («lo estoy haciendo muy bien»), apagones, ecologismo descerebrado que agrava las inundaciones y los incendios, inoperancia ante la escasez de vivienda, gobierno sin presupuesto, corrupción en las altas esferas, y rozando al presidente y a algún expresidente, parentescos prostibularios, aumento de las agresiones sexuales en el Partido Socialista (tan feminista él) y fuera de él, el gobierno en las manos de separatistas catalanes y vascos, desgobierno, secretismo y caos administrativo, con todo esto y más, que es nuestro pan sanchista de cada día, la cantinela de «la derecha y la extrema derecha» suena cada vez más desafinada, y menos verosímil. Todo esto coloca al precario Gobierno sanchista al borde de un descalabro electoral que no lo evita ni el pucherazo migratorio. Y Sánchez prolonga el calvario para aplazar el mal trago: «Aparta de mí este cáliz… mientras resisto un día más en la Moncloa», viene a decir.
Presidente okupa: cuando las barbas de la vicepresidenta comunista veas cortar, pon las tuyas a remojar. Y procura aterrizar en el Buen Retiro. Si te dejan. Pero no esperes que los piropos de la woke Sarandon te saquen del apuro. Y piensa que tu «audaz» enfrentamiento con Trump puede hundirte más si su venganza recae sobre nosotros y pagamos una vez más los españoles justos por pecadores ventajistas como tú.