The Objective
Benito Arruñada

La guerra revela las fragilidades de la economía española

«Irán encarece la energía para todos. Pero España llega peor: con más dependencia, más turismo y menos margen fiscal»

Opinión
La guerra revela las fragilidades de la economía española

Imagen generada con IA. | Benito Arruñada

Cuando Estados Unidos e Israel atacaron Irán el 28 de febrero, la reacción oficial fue inmediata. El Gobierno subrayó que España está «ampliamente diversificada» en sus suministros energéticos: apenas el 5% del petróleo y el 2% del gas que consumimos pasan por el estrecho de Ormuz. El dato puede ser cierto. Pero su interpretación induce a error. La diversificación reduce el riesgo físico de suministro. Pero el petróleo es un mercado mundial: cuando su precio sube, lo pagan todos los importadores. 

El problema no es de dónde viene nuestro petróleo, porque el petróleo tiene un precio global. Si Irán bloquea un paso por el que circula cerca de la quinta parte del crudo transportado por mar, el precio sube para todos. Esta semana el barril cerró por encima de los 90 dólares. 

Con el gas ocurre algo parecido. En Europa, cualquier riesgo de interrupción se traslada enseguida al precio y de ahí a la electricidad, la industria y el consumo doméstico. El gas europeo también repuntó tras el conflicto.

Los shocks geopolíticos son globales, pero su impacto no lo es. Depende de la seguridad energética, de la estructura productiva y del margen fiscal de cada economía.

La fragilidad estructural española no está en la procedencia de nuestras importaciones, sino en su magnitud: importamos casi las tres cuartas partes de la energía que consumimos, una de las tasas más altas de Europa. Esa debilidad se agrava por la política energética: el cierre de las centrales nucleares y un despliegue renovable que, sin apenas almacenamiento, seguirá necesitando respaldo fósil cuando falte sol o viento. Francia dispone de un parque nuclear que, con todos sus problemas, actúa como amortiguador. España ha avanzado mucho en renovables, pero cuando sube el precio de los combustibles fósiles, esa subida termina trasladándose a la electricidad, a los costes industriales y a la inflación. 

El encarecimiento de la energía no es el único canal por el que un shock geopolítico llega a la economía española. Afecta también al turismo, a través del coste del transporte y del riesgo percibido por los viajeros. El turismo aporta en torno al 12,6 % del PIB y emplea a 2,7 millones de personas. Cuando aumenta la inestabilidad internacional, los consumidores posponen viajes y reducen gastos. Cuando las acciones de IAG, la matriz de Iberia, pierden casi la quinta parte de su valor en menos de ocho días, es probable que el mercado esté anticipando no solo un combustible más caro, sino también una caída de la demanda.

Ese mismo patrón aparece en otros sectores de la bolsa española. El IBEX es particularmente sensible al ciclo económico y a los movimientos de tipos de interés: pesa mucho la banca y pesan mucho los servicios. Por eso reacciona con intensidad cuando aumentan los riesgos globales. No es que España sea «peor» que otros países; es que nuestra estructura económica está más expuesta a las crisis.

Esta semana, nuestra prima de riesgo ha subido ligeramente, pero sigue en niveles moderados. Los mercados tardan en digerir shocks y el BCE frena movimientos bruscos. El riesgo no reside en el nivel actual, sino en la trayectoria. Un país con deuda elevada y déficit estructural persistente tiende a responder a los shocks con más gasto público, primero temporal y luego permanente.

Con una deuda pública todavía por encima del 100% del PIB, cualquier perturbación que reduzca los ingresos —menos crecimiento, consumo o turismo— o aumente el gasto —subsidios energéticos o ayudas sectoriales— deteriora la posición fiscal. El mercado puede tolerarlo durante un tiempo. Pero cuando la percepción cambia, los ajustes suelen ser rápidos.

Comparado con otros grandes países europeos, España dispone de menos amortiguadores. Francia cuenta con energía nuclear y una fuerte presencia estatal en sectores estratégicos. Alemania mantiene una base industrial exportadora muy potente. España afronta los shocks con mayor dependencia energética exterior, un mayor peso de los servicios y escaso margen fiscal.

La fragilidad que la guerra ha dejado al descubierto no la ha creado el conflicto de Irán. La dependencia energética, la combinación de renovables intermitentes con el cierre de las centrales nucleares, el déficit estructural y el peso del turismo no son accidentes. Son el resultado de decisiones que como sociedad hemos aceptado durante años. 

El Gobierno ya ha empezado a preparar su relato. Si la guerra se alarga, atribuirá el deterioro económico a Trump. Pero el verdadero problema es anterior y reside en nuestra fragilidad estructural. La guerra no crea esa fragilidad. Solo la deja al descubierto.

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