La IA que no destruye empleo en España: la debilidad que se volvió fortaleza
«¿Tiene sentido seguir incorporando población activa cuando el horizonte es que habrá menos trabajo disponible para los que ya están?»

Imagen generada con IA.
La inteligencia artificial (IA) amenaza más a los países ricos que a los pobres. Pero dentro de los ricos hay una sorpresa que casi nadie ha señalado: España es de los más protegidos. Al menos por ahora.
Goldman Sachs clasificó los países con mayor riesgo de destrucción de empleo por IA. Entre los países grandes, con más de diez millones de habitantes, el ranking de los más vulnerables es este: Japón en primer lugar, Suecia en segundo, Estados Unidos en tercero, el Reino Unido en cuarto. España no aparece en esa lista. Está en el extremo opuesto. La razón es siempre la misma: la IA reemplaza trabajo de conocimiento, trabajo de pantalla. Y cuanto más desarrollada es una economía, más gente vive de su conocimiento.
Los datos lo confirman. En Suecia, el 45% de los trabajadores puede teletrabajar. En el Reino Unido, el 28%. En España, solo el 19,8%. No es una casualidad: menos españoles en proporción viven de su conocimiento, y es exactamente ese trabajo de conocimiento el que la IA está eliminando primero.
El FMI estima que el 60% de los empleos en economías avanzadas están expuestos a la IA. La OCDE, sin embargo, señala que España tiene solo el 5,9% de trabajadores en alto riesgo de automatización, casi la mitad de la media de la OCDE, que es del 12%. El motivo es simple: la economía española es fundamentalmente física.
No es solo el turismo, aunque el turismo representa el 12,6% del PIB y da empleo al 13% de los trabajadores. La estructura es más profunda que eso. El comercio minorista emplea a 4,5 millones de personas, el 94,7% en microempresas de menos de nueve empleados: tiendas de barrio, mercados, bodegas. Ninguna IA atiende una frutería. La manufactura da trabajo al 13,9% de la fuerza laboral; España es el segundo fabricante de automóviles de Europa, con 2,38 millones de vehículos producidos en 2024. Son trabajos de fábrica, no de oficina. La construcción emplea al 7% y tiene escasez de mano de obra. La sanidad al 8,5%, y con una población que envejece rápido, esos empleos solo crecerán. El transporte y la logística al 5,2%, con una escasez de 25.000 camioneros que nadie sabe cómo cubrir.
El resultado: aproximadamente el 75% de los empleos españoles requieren presencia física. En Suecia es el 55%. En el Reino Unido, el 60%.
Japón tiene la mayor concentración de empleos de conocimiento avanzado de Asia. Suecia tiene el 6,1% de sus trabajadores en el sector TIC, el porcentaje más alto de Europa. El Reino Unido tiene el 7,6% de su empleo en servicios financieros, el sector más vulnerable a la IA. España tiene proporcionalmente menos trabajadores de conocimiento, menos financieros, menos programadores. Lo que durante décadas los economistas señalaron como debilidad resulta ser, en este momento concreto, un escudo.
«El problema es que cada nuevo flujo de llegada añade presión sobre un mercado laboral que ya no puede crecer indefinidamente en empleo físico»
Pero conviene entender bien hacia dónde va esta historia, porque la dirección es clara y no tiene vuelta atrás. Estamos transitando de la economía de las personas a la economía sin personas. En la primera ola, el conocimiento prescinde de los trabajadores de conocimiento: el abogado, el analista, el programador junior, el radiólogo. En la segunda ola, el trabajo físico prescinde de los trabajadores físicos: el conductor de camión, el operario agrícola, el personal de limpieza, el jardinero. Vertical por vertical, la automatización avanzará hasta cubrir casi todo lo que hoy hace una persona.
Esta segunda ola ya no es ciencia-ficción. La conducción autónoma es presente, no futuro. Los robots de logística llevan años operando en almacenes de Amazon. La agricultura vertical y automatizada crece en Europa. El 77% del transporte de mercancías en España va por carretera; cuando los camiones autónomos sean viables a escala, más de un millón de empleos estarán en riesgo. Pero esa segunda ola está a 10 o 15 años en Europa, y España ni siquiera tiene regulación para vehículos autónomos de nivel 3. Hay margen, si se usa bien.
El desafío de todos los países desarrollados es el mismo: gestionar esta transición sin generar paro masivo. España parte con un hándicap severo en ese frente: tiene uno de los índices de desempleo más altos de Europa, y el desempleo juvenil es estructuralmente elevado desde hace décadas. Lo positivo, como hemos visto, es que tiene menos empleos vulnerables en esta primera ola. Pero la segunda ola llega, y no avisa.
En ese contexto, hay una pregunta que ningún Gobierno europeo quiere hacerse en voz alta: ¿tiene sentido seguir incorporando población activa cuando el horizonte es que habrá menos trabajo disponible para los que ya están? España tiene más de diez millones de residentes extranjeros. Muchos llevan años aquí, trabajan, cotizan, son parte de la economía. El problema no es ese. El problema es que cada nuevo flujo de llegada añade presión sobre un mercado laboral que ya no puede crecer indefinidamente en empleo físico, porque el empleo físico es exactamente lo que la robótica va a ir eliminando en la próxima década. Traer más personas a competir por trabajos que van a desaparecer no es solidaridad. Es diferir el problema y hacerlo más grande.
La ironía es brutal. Durante décadas, los economistas criticaron a España por depender demasiado del turismo y por no tener suficiente economía del conocimiento. Resulta que la economía del conocimiento es exactamente lo primero que la IA reemplaza. El camarero, el albañil, el agricultor, la enfermera, el mecánico de SEAT en Martorell: la IA no puede hacer esos trabajos. Todavía.
La debilidad estructural de España puede ser su mayor fortaleza en la primera ola. Pero esa ventaja es temporal, y el tiempo que compra solo tiene valor si se usa para preparar la transición hacia la segunda. Eso implica formación, regulación inteligente y, sobre todo, no hacer el desafío más grande de lo que ya es.