The Objective
Manuel Arias Maldonado

Teocracia y barbarie

«Los iraníes no son libres de realizar públicamente su identidad, ya que se lo impide la existencia de un credo oficial al que deben plegarse so pena de ser castigados»

Opinión
Teocracia y barbarie

Ilustración generada mediante IA.

Una de las mejores películas del gran cineasta persa Abbas Kiarostami se titula Close-Up y fue estrenada en 1990. En ella el propio Kiarostamí investiga, cámara en mano, un extraño incidente: en Teherán hay un hombre que se ha hecho pasar por un conocido cineasta a ojos de una acaudalada familia; tras ser desenmascarado, es denunciado por estafa. Los protagonistas reales del caso desfilan ante nosotros: asistimos al juicio o a una recreación del juicio y se escenifican los momentos decisivos del encuentro entre el enigmático suplantador y la familia de marras. Sus motivos no están claros; ignoramos si realmente ha creído ser otro o se ha limitado a fingirlo. Tampoco cabe elucidar si su arrepentimiento —que le permite obtener el perdón de la familia— es sincero o impostado. En el curso de la vista judicial, sin embargo, se produce un diálogo revelador: cuando Kiarostamí le pregunta qué papel le hubiera gustado interpretar, el acusado responde que «el de mí mismo». ¿Y no está usted haciendo ahora de sí mismo?, le inquieren. Pero el acusado mira hacia el suelo y no responde ya.

A una película como Close-Up tal vez pueda aplicarse el método de lectura aconsejado por el filósofo político Leo Strauss y sus discípulos, para quienes los pensadores que han escrito en el marco de regímenes autoritarios se ven obligados a expresar sus ideas de manera hermética y solo discernible para quienes se esfuerzan en descifrar sus mensajes. Realizada una década después de la llegada al poder del ayatolá Jomeini, solo unos meses después de su muerte y transcurridos apenas dos años desde el fin de la larga guerra de Irán contra Irak, el film no debe leerse únicamente como una sofisticada reflexión sobre las ambiguas relaciones del cine con la realidad; un artista de la talla de Kiarostamí quiso decir algo más. Y ese algo solo podía referirse a la joven república islámica impuesta por medio de una revolución aplaudida —a la debida distancia geográfica— por buena parte de la intelectualidad europea.

No parece así inocente que el tema de la película de Kiarostami sea la identidad: ¿quién es quién? O, si se prefiere, ¿quién es qué? ¿Podemos confiar en que los demás son quienes dicen ser? ¿Son honestos el juez, el policía, el cineasta? Más aún: ¿están los iraníes a los que gobiernan unos clérigos intransigentes actuando conforme al guion que el poder les obliga a interpretar? ¿Responde la propia República Islámica al deseo de la mayoría de los persas, que avalaron en un referéndum de dudosa limpieza el final de la monarquía y no han vuelto a ser preguntados al respecto desde entonces?

Va de suyo que la supervisión teocrática de la producción artística impide a Kiarostami dar una respuesta directa a estas preguntas; de ahí que su contestación sea metafórica o alegórica. Y es clara: los iraníes no son libres de realizar públicamente su identidad, ya que se lo impide la existencia de un credo oficial al que deben plegarse so pena de ser castigados. La película contiene asimismo crítica social; el farsante dice ser una persona interesada por las artes e incapaz de dedicarse a ellas por carecer de recursos. Cuando finjo ser director de cine, dice, una familia acaudalada me trata con respeto; una vez desenmascarado, me llevan a la cárcel. Ni siquiera las promesas sociales de la revolución, en suma, están siendo cumplidas: Irán no era China entonces ni lo es ahora.

Han pasado 36 años; Kiarostami ya no está con nosotros. Pero la teocracia iraní sigue en su sitio. Y uno se pregunta qué hubiera dicho Kiarostamí de una campaña militar que la Casa Blanca ha celebrado con un vídeo titulado «Justicia a la manera americana», en el que se combinan imágenes hollywoodienses —superhéroes, guerreros, bailarines— con tomas de los misiles que impactan sobre suelo iraní mientras oímos las frases agresivas de los sucesivos personajes —entre los que se encuentra Superman— al ritmo de una música estridente.

¿Son los bárbaros, después de todo, una solución?

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