The Objective
Victoria Carvajal

El estrecho que estrangula al mundo

«El fantasma de la estanflación vuelve a proyectarse sobre la economía mundial. Mientras Ormuz siga cerrado, su sombra será cada vez más alargada y peligrosa»

Opinión
El estrecho que estrangula al mundo

Imagen creada con inteligencia artificial.

Era su mejor escudo. El que le ha permitido cometer atrocidades contra sus propios ciudadanos, continuar con su programa de enriquecimiento de uranio y financiar al terrorismo de la región. Un enclave tan estratégico para la estabilidad económica mundial que obligaba a Estados Unidos y Europa a resignarse al uso del embargo económico como única arma de presión al régimen.

La principal razón por la que ninguno de los antecesores del presidente Donald Trump se atrevió a declararle la guerra. Tan relevante que la única instrucción clara que ha dado el nuevo líder supremo es el mantenimiento de su cierre porque sabe que es su más poderosa arma de presión a la comunidad internacional. Se trata del estrecho de Ormuz. Ese cuello de botella cuyo cierre por parte de Irán, como represalia a los ataques de Estados Unidos e Israel sobre su territorio, ha provocado la mayor disrupción de la historia en la oferta de petróleo. Su bloqueo amenaza con provocar no solo un shock energético global, sino también uno alimentario.

Es esa capacidad para tener como rehén a la economía mundial, además de la dificultad para decapitar al régimen de los ayatolás, la gran diferencia entre la intervención de Estados Unidos en Venezuela y la de Irán. Teherán no es Caracas. Lejos de ser una operación quirúrgica como la venezolana, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán tiene un colosal potencial desestabilizador. No solo en la región, sino en todo el mundo. Y cuanto más se alargue el conflicto, más devastadores serán sus efectos.

Para contrarrestarlos, al menos por unas semanas, la Agencia Internacional de la Energía anunció esta semana que sus países miembros habían acordado usar 400 millones de barriles de petróleo de sus reservas estratégicas (el mundo consume 103 millones diarios, de los que un 20% pasa por el estrecho hoy cerrado). La preocupación de la AIE debe de ser considerable porque esa cantidad duplica los más de 182 millones que puso en el mercado tras la invasión rusa de Ucrania de 2022 hace cuatro años. Es un mecanismo que solo se ha usado cinco veces desde que la agencia se creó en los años setenta a raíz de las sucesivas crisis del petróleo. El organismo ha advertido de que el mercado de crudo se enfrenta a un desafío sin precedentes debido a que el mundo está viviendo la mayor disrupción en la oferta de petróleo de la historia.

El anuncio hecho por la Agencia Internacional de la Energía sobre las reservas estratégicas ha logrado aplacar la subida del petróleo en los mercados. Desde el estallido de la guerra, el precio del barril de crudo Brent de referencia en Europa ha aumentado un 30%. El del gas, un 50%. Y es que Catar es el quinto productor del mundo de gas natural licuado. Un 20% de lo que consume el mundo pasa por el estrecho de Ormuz. Y aunque la mayoría del gas va a China, India, Japón o Corea del Sur, una parte llega también a Europa. Y su encarecimiento afecta a todos.

La guerra ha puesto de nuevo en evidencia la falta de autonomía del viejo continente. Parece que la crisis de desabastecimiento de gas y crudo que sufrió a raíz de la invasión rusa de Ucrania de 2022 no ha servido apenas para disminuir su dependencia energética. Y la Unión Europea ofrece ahora las mismas recetas que entonces: paquetes de ayudas fiscales para contener los efectos del encarecimiento de los combustibles. Con el riesgo de desequilibrar unas cuentas públicas que están aún lejos de alcanzar el equilibrio. ¿Hasta cuándo puede Europa permitirse dar la misma respuesta cada vez que haya una crisis energética? ¿Cómo conseguir una mayor autonomía? Algunas autoridades europeas reconocen ya el error de reducir la producción de energía nuclear y se abre la puerta a aumentar su peso en Europa. Es una buena noticia.

Pero no solo la seguridad energética está comprometida. También la alimentaria. La región es uno de los mayores productores de amoniaco y urea, además del gas natural, materias primas todas ellas imprescindibles para producir fertilizantes. Un tercio del comercio mundial de urea y un 20% de amoniaco pasan por el estrecho de Ormuz. La interrupción de su tráfico puede asestar un golpe fatal a la agricultura mundial, especialmente al hemisferio norte, donde ahora empieza la temporada de la siembra. De forma que al aumento del precio de los carburantes se sumaría el de los fertilizantes, poniendo en peligro la campaña —con los efectos más a largo plazo que ello implica— y la capacidad del mundo para alimentar a su población. Pues el efecto de la escasez de estos fertilizantes en el precio de los alimentos puede ser devastador.

A los principales bancos centrales se les complica la tarea. Al shock energético amenaza con sumarse el alimentario. Tras varios años haciendo equilibrios para cumplir con su mandato de contener la inflación en el entorno del 2% sin dañar en exceso el crecimiento, temen que las economías cuya estabilidad procuran se vean de nuevo inmersas en una espiral inflacionista. De forma que no solo tendrán que interrumpir sus rebajas en los tipos de interés, sino que es probable que tengan que volver a subirlos. Tras reaccionar tarde a los efectos de la crisis de la oferta en la salida de la pandemia y el shock en los precios de la energía provocado por la agresión rusa a Ucrania, esta vez parecen estar preparados para responder con antelación y evitar que los precios se disparen por encima del 10%, la tasa más alta de los últimos 40 años, como ocurrió entonces.

El fantasma de la estanflación (estancamiento económico e inflación) vuelve a proyectarse sobre la economía mundial. Mientras el estrecho de Ormuz siga cerrado, su sombra será cada vez más alargada y peligrosa.

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