The Objective
Juan Francisco Martín Seco

Sánchez y la legalidad internacional

«De Gaza a Irán. A Sánchez le da igual una guerra que otra. Busca forjar un relato que sirva para tapar las tropelías de su Gobierno y le permita movilizar a su electorado»

Opinión
Sánchez y la legalidad internacional

Ilustración generada mediante IA.

Ser y parecer. En el sanchismo, lo importante es el parecer, el relato, tanto en la política interior como en la exterior, aunque los motivos siempre se encuentran en la política interior: permanecer en el poder a cualquier precio. En la política exterior, el relato consiste en hacer de Sánchez un paladín de la paz. El presidente del Gobierno ha desenterrado el antiguo eslogan «No a la guerra». Lo recupera, según dice, de la de 2003, pero en realidad es anterior, pertenece a todas las guerras precedentes, la del Golfo, la de Yugoslavia y la de Afganistán. Pero en todas ellas, incluyendo la de Irak de 2003, la contestación iba dirigida contra el Gobierno que, de una o de otra forma, había decidido la participación de España. Esta es la primera vez que el Ejecutivo se pone al frente de la manifestación.

En realidad, Sánchez no protesta contra la guerra, ni contra esta ni contra ninguna otra. Él es belicoso por naturaleza, desde el «no es no» al «muro». El «no» de Sánchez se dirige contra Trump. Los del mismo signo se repelen. Cree haber encontrado la fórmula para señalarse en el exterior y de esta manera ganar votos en el interior. En otros tiempos lo intentó de distinta forma, pensó que el camino era el acercamiento al quebrantado Biden y por eso lo perseguía por los pasillos, y se presentaba como miembro aplicado de la OTAN. Organizó con todo boato la Cumbre de Madrid del año 2022.

«La Cumbre de las alpargatas» la denominé yo en un artículo publicado con el mismo título (ver en www.martinseco.es). Casi toda Europa se congratuló de nuestro buen hacer de anfitriones. Recepciones, museos, cenas de gala, conciertos, representaciones, visitas a monumentos y hasta compra de alpargatas, todo lo necesario para hacer las delicias de los grandes mandatarios internacionales y sus esposas, e incluso de las nietas del emperador, que parecían haber venido a Europa de vacaciones. Lo paradójico es que los solemnes y deslumbrantes fastos obedecían a la reunión de una organización militar, que proclamaba estar en guerra. Ciertamente, una guerra especial, porque se efectuaba por apoderado. Era Ucrania la encargada de sufrir la desolación. Al tiempo que en Madrid se celebraban los festejos, el déspota ruso bombardeaba con más ímpetu las ciudades ucranianas.

No obstante, el que Sánchez se mostrase tan amante de la guerra, que obtuviese las fotos tanto tiempo deseadas, que Biden se portase con él con mucha cordialidad y que incluso se atreviese a coger a su esposa por la cintura, no le concedió una importancia política mayor dentro de la organización, ni siquiera sirvió demasiado, tal como pretendía, para ganar popularidad en España. Quizás por eso, aprovechando la llegada de Trump, decidió cambiar la estrategia y convertirse en el pepito grillo de la OTAN y de la Unión Europea.

En la Cumbre de La Haya de 2025 asumió una postura totalmente distinta. Sánchez comenzó el aquelarre enviando una carta al secretario general de la OTAN, en la que sostenía que España no puede dedicar el 5% de su PIB anual a los gastos de defensa, tal como exigía el presidente de EE. UU.

«A pesar de no tener presupuestos, es el presidente español que más está dedicando a gastos militares, lo que es un misterio»

Sánchez buscó claramente el enfrentamiento. Incluso lo intentó manifestar ostentosamente en la foto de familia, situándose en una esquina y a cierta distancia. Pero una cosa es el ser y otra el parecer, una el relato y otra la realidad; aunque a él no le importan las contradicciones, por eso firmó, como todos los demás líderes, el documento de conclusiones generales, comprometiéndose por tanto a cumplir el 5%, para manifestar a continuación en rueda de prensa que no se comprometía a lo que ya se había comprometido por escrito. En realidad, toda su actuación fue una farsa, en clave de política interna.

Sánchez no dudó en hacer una montaña de algo que tenía muy poca entidad. Seguro que muchos líderes europeos mantenían grandes reticencias sobre los planteamientos de Trump, así como que el gasto en defensa pueda o deba fijarse en ese 5%. Pero el compromiso adquirido por todos ellos en La Haya era a diez años vista. Pensaron como Keynes, con buen criterio, que a largo plazo todos muertos, o al menos que Trump y muchos de los presentes en la cumbre no estarán ya al frente de sus países. Eludieron por tanto el enfrentamiento directo, sabiendo que la senda de aproximación al porcentaje fijado no está marcada y que las cosas pueden cambiar día a día.

Esta misma postura es la que debía haber adoptado Sánchez, sin que ello hubiese supuesto ningún problema, pero él prefirió el choque con la finalidad de hacerse el superhéroe de la paz, tal como le denominan sus ángeles. No obstante, a pesar de no tener presupuestos, es el presidente del Gobierno de España que más está dedicando a gastos militares, lo que constituye un verdadero misterio.

Es esa misma finalidad la que le llevó a utilizar la guerra de Gaza, poniéndose al frente de la manifestación para suspender la Vuelta Ciclista a España, apartar a nuestro país de Eurovisión y sobre todo a la prohibición de todas las relaciones comerciales en armamento y material militar. Sánchez, al regreso de sus vacaciones de 2025, venía con una idea fija: utilizar para sus intereses la guerra. En una declaración institucional y de forma solemne, anunció nuevas medidas contra Israel. Lo anunciado tan enfáticamente carecía de todo contenido novedoso. La mayoría de las normas, mejor o peor, ya estaban en vigor como mínimo desde octubre del 2023. Otra cosa es que se estuviesen aplicando por completo, ya que el problema no es legal, sino de instrumentación técnica.

«Lo único que pretende es forjarse en el interior una imagen de ser el único que se atreve a enfrentarse con Trump»

La medida estrella consistía en la aprobación urgente de un real decreto-ley que consolidase el embargo de armas a Israel. La norma era totalmente innecesaria. El Gobierno puede manejar el comercio exterior como crea necesario y no precisa de ninguna ley para ello. Tras muchas vueltas, el decreto-ley fue aprobado para dejar las cosas tal como estaban; incluyó tantas salvedades que resulta inútil. Como cierre, estipulaba que el Ejecutivo se reservaba la libertad de incluir excepciones en los casos que supongan un «menoscabo para los intereses generales nacionales”. En la época de la globalización, con fuertes conexiones mercantiles entre todos los países, no es fácil de la noche a la mañana establecer vetos comerciales a algún o algunos países.

Y de Gaza a Irán. A Sánchez le da igual una guerra que otra. Lo único que pretende es forjarse en el interior una imagen de ser el único que se atreve a enfrentarse abiertamente con Trump, un relato para el consumo interno que, por una parte, sirva para tapar los múltiples desafueros y tropelías cometidas en estos años de gobierno y, por otra, que le permita movilizar a su electorado en franca deserción. Algo que le dé respiro y le conceda forjarse alguna esperanza de recobrar lo mucho perdido, una rama a la que agarrarse.

Lo importante es la representación, aunque esta choque con la realidad, con las circunstancias y con las limitaciones existentes. Sánchez actúa como si no existieran, y pudieran cumplir lo que promete. Por eso, lo que lo que se ha producido ha sido un auténtico vodevil. El presidente del Gobierno, al tiempo que resucitaba el eslogan del «no a la guerra», prohibía a EEUU el uso de las bases en lo referente a la contienda con Irán. Trump contestó con todo tipo de amenazas. De bravucón a bravucón. Solo que el segundo es el presidente de la primera potencia mundial, mientras que el primero es de un gobierno inestable y de un país que pinta muy poco en la esfera internacional. Las consecuencias pueden ser muy negativas para España.

Después vinieron los dimes y diretes. Reunión de la Pájara con el embajador americano y toda una serie de desmentidos por ambas partes. Lo cierto es que los barcos y los aviones siguen entrando y saliendo de las bases y que la mejor fragata de la Armada Española se dirige a la zona de conflicto. Eso sí, sin ningún permiso del Congreso. Una cosa es el relato, que es en lo que se queda Sánchez para su propaganda, y otra los hechos.

«Sánchez en su discurso acude continuamente a la legalidad internacional. Cosa curiosa para alguien que desprecia la nacional»

Sánchez se ha apresurado a afirmar que las dificultades económicas que se puedan presentar a los ciudadanos, a partir de ahora, no son culpa suya, sino de la guerra. Pero de lo que sí va a ser culpable es de las posibles consecuencias negativas que vayan a derivarse del enfrentamiento particular con Trump, por hacerse el gallito de la oposición. Y en cualquier caso, la responsabilidad a la hora de tomar medidas en los momentos de dificultades es de quien gobierna. No vale tirar balones fuera y distribuir la carga sobre las otras fuerzas políticas, bajo la forma de un pseudodiálogo con ese gran economista que es Bolaños. Bien es verdad que para la portavoz del Gobierno una única medida basta: gritar «no a la guerra».

Sánchez en su discurso acude continuamente a la legalidad internacional. Cosa curiosa para alguien que desprecia la nacional, que lleva toda la legislatura, no ya sin aprobar presupuestos, sino ni siquiera presentarlos, tal como exige expresamente la Constitución.

Por otra parte, deberíamos abandonar ese buenismo de creer que fuera de los Estados nación existe alguna legalidad que tenga eficacia en la práctica. Baste recordar que Rusia, EEUU, China, Gran Bretaña y Francia —los ganadores de la Segunda Guerra Mundial— son miembros permanentes, con derecho a veto, del Consejo de Seguridad de la ONU. Es fácil de comprender que muy pocos acuerdos puedan ver la luz. Si no son frenados por EEUU, lo serán por Rusia, o si no por China. En el orden internacional únicamente existen negociaciones, equilibrios de fuerzas, imposiciones del más poderoso, etc. Todo lo demás es cháchara para justificar lo previamente decidido o acordado. Pero no es que el orden internacional haya cambiado. Siempre ha sido así, solo que invocamos la legalidad internacional cuando nos conviene.

Julián Marías, en su artículo ¿Quién manda en el mundo?, recogido en el libro de ensayos La justicia social y otras justicias, afirmaba, ya en 1975, que después de tres décadas de vida de la ONU, esta no había servido para resolver ningún problema; es más, añadía que, si en la siguiente década no se solucionaban sus lacras, se convertiría ella misma en un problema y un obstáculo para el propio orden internacional. Y pasaba posteriormente a describir los fallos de esa organización.

«En los aproximadamente últimos 30 años, la legalidad internacional ha sido la OTAN»

Y en febrero de 2008 escribía yo en Estrella Digital (ver en www.martinseco.es): «Kosovo y su reciente proclamada independencia nos han confirmado una vez más que la legalidad internacional es pura entelequia o, más bien, un instrumento de las grandes potencias para imponer su voluntad. Cuando les conviene, recurren a ella para justificar sus actuaciones; y cuando no, se saltan las reglas que ellas mismas, mediante un teatro hábilmente montado, se han dado. Durante muchos años, la legalidad internacional no era más que el inestable equilibrio entre dos bloques antagónicos. Hoy, que uno de ellos se ha derrumbado, lo único que permanece es la voluntad del otro; en definitiva, la ley del más fuerte que, si es posible, se escuda en instituciones internacionales convenientemente manejadas, y si no, se impone con descaro y sin subterfugios».

En los aproximadamente últimos 30 años, la legalidad internacional ha sido la OTAN (Guerra del Golfo del 90, Yugoslavia, Afganistán, Irak de 2003, etc.). Quizá el único cambio actual consiste en que están surgiendo nuevas potencias y que el voluble Trump está poniendo patas arriba a la Organización Atlántica. Zapatero se pavonea ahora de haber retirado las tropas de Irak, pero olvida decir que las mantuvo en Kosovo y Afganistán. Y hay quien, para pagar a Sánchez su importante nombramiento en la Unión Europea, refrenda con pasión la actual postura del presidente del Gobierno del «No a la guerra», mientras que en otra época, se implicó activamente en la cacería contra los altos cargos del Ministerio de Cultura que se habían atrevido a firmar un escrito criticando la participación española en la Guerra del Golfo de 1990.

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