The Objective
Antonio Elorza

Trump, un error tras otro

«Su imperio de la fuerza responde a unos intereses personales que funde fraudulentamente con los de EEUU y lleva a la destrucción de la humanidad»

Opinión
Trump, un error tras otro

Ilustración de Alejandra Svriz.

Nos encontramos en un país y en un mundo sometidos a una bipolaridad de obligado cumplimiento. Es el fruto de unas estrategias y unos intereses parciales poco acordes con la naturaleza efectiva de los problemas. En las décadas de confrontación entre el bloque soviético y el «mundo libre», existían, por supuesto, muchos elementos que introducían dosis crecientes de complejidad, pero la gran partida del poder mundial era cosa de dos jugadores. Estados Unidos y la URSS, ambos con sus cortes de «países satélites». Y esa estructura del conflicto obligaba a cualquier otro actor político, fuera colectivo o individual, a tomar posiciones atendiendo a esa bipolaridad.

En dos décadas, todo ha cambiado. Frente al fallido intento de la era Bush de capitalizar el desplome soviético instaurando una hegemonía propia, «el gran siglo americano», se ha impuesto una fragmentación de los espacios de poder y de conflicto a escala mundial. Por sí solo, el reto islamista, yihad mediante, desde el 11-S, ya creó una alternativa incontrolable y con una creciente carga amenazadora, no solo para el poder político y militar, sino para el sistema de valores occidentales. Resurgieron los imperios, el ruso en el plano militar, a pesar de su fracaso económico, y sobre todo el chino, impulsado desde la fórmula económica antes impensable de un capitalismo de Estado, metido en la camisa de fuerza política del Partido Comunista. Y como bien dejaron claro Xi Jinping y Putin en febrero de 2022, en un pacto que supuso el aval chino a la invasión de Ucrania, el reto está planteado por ambos, frente a un adversario bien definido, a afrontar en todos los órdenes y en sus dos caras: la hegemonía (norte)americana y la supremacía de los valores occidentales.

En suma, nada de «fin de la historia» ni de la consiguiente expansión de la democracia, bajo el paraguas USA, al resto del mundo. La ilusión se ha disipado con rapidez. Lo cual no significa que, a pesar de la amenaza bien visible y del enorme desgaste sufrido a partir de 2008, el sistema de intereses que subyace a esa cosa llamada «Occidente» no siga siendo válido en lo esencial, y por consiguiente, merezca ser defendido. Formamos parte de sociedades con un cierto grado de bienestar y de protección contra una desigualdad en aumento, con libertad política y de expresión, respeto de la pluralidad de las creencias y en condiciones -eso sí, cada vez más precarias- de sostener la competencia tecnológica y financiera con el resto del mundo. Miremos hacia el exterior y juzguemos.

Dentro de la inseguridad generalizada del último cuarto de siglo, la piedra angular de la política europea era la alianza con la superpotencia, a cambio de asumir su liderazgo. Los primeros problemas surgieron pronto, una vez eliminado el control de Afganistán, cuando George Bush Jr. decidió acometer la eliminación de Sadam Husein, la conquista de Irak, arrastrando tras de sí a los aliados europeos. Asistí a una convención de cierto nivel en Italia donde se discutió el tema y pude comprobar la extrema irritación del portavoz del Departamento de Estado, Michael Ledeen, al comprobar que no entendía cómo Francia no compartía la decisión norteamericana. Y la violencia con que expresó su condena. Lo veía como una traición al Líder, con mayúscula, y un olvido intolerable del sacrificio sufrido por su América el 11-S.

Conviene recordarlo hoy, cuando de forma aún más agresiva, y con unas posibilidades de fracaso mucho mayores, Donald Trump exige de Europa, de esa misma Europa a la cual acaba de castigar, que lo secunde a ciegas en su guerra contra Irán. El hombre es como es, y ni sus balandronadas ni sus medias verdades y mentiras deben asustar. El problema reside en la proliferación de opiniones que en Europa, y entre nosotros, dan por moneda contante su supuesta estrategia vencedora, y no solo eso, sino que adoptan el discurso trumpiano, considerando enemigo a todo aquel que disiente de sus opiniones. Como consecuencia, se lanzan a la ofensiva en dos direcciones convergentes. La primera, que existe una crisis irreversible en Europa al no ser capaz de asumir las consecuencias de la terrible amenaza representada por Irán, lo cual desautoriza toda apelación al Derecho Internacional. La segunda, de acuerdo con lo anterior,  no importa que Trump sea mejor o peor, se equivoque más o menos: es nuestro líder, Irán es el peligro absoluto y, por consiguiente, su razón al atacar está fuera de dudas. Cuestionarlo es tanto como dinamitar desde las ideas el orden de Occidente. La crítica, y no digamos la oposición a esta guerra, hunde el barco.

«El intervencionismo americano ha actuado de Vietnam a Irak como un gran organizador de desastres»

La cuestión previa es de qué y de quién hablamos en este caso. Dejémonos de generalidades y de valoraciones gratuitas de una situación con datos concretos bien elocuentes. Ningún demócrata duda de que la teocracia iraní es un régimen insoportablemente opresor, que su «guía de la Revolución» es culpable de una criminal represión, casi ayer mismo, y que por ello su eliminación puede ser juzgada como un acto de justicia. Hay, sin embargo, como advertíamos, dos objeciones insostenibles para avalar con ello la acción de Trump (y Netanyahu).

La primera concierne al procedimiento: los defensores de Trump acumulan pruebas de que el Derecho Internacional es incumplido sistemáticamente, y por consiguiente, que carece de sentido referirse a sus normas para valorar lo ocurrido. La segunda es de estricto realismo: el hecho de que Trump disponga de toda la fuerza militar del mundo, que no dispone, no le exime de haber cometido un tremendo error en la forma y en el tiempo de su intervención. Aquí la piedra de toque no es un código jurídico, sino los antecedentes de un intervencionismo americano que, según la fórmula conocida, ha actuado de Vietnam a Irak como un gran organizador de desastres. Y por muchas innovaciones técnicas que haya introducido en su armamento, Trump parece no haber aprendido nada de ese pasado.

En cuanto a la juridicidad, lamento ser un discípulo de Raphaël Lemkin, el creador del concepto de «genocidio», lo cual me induce a pensar que el incumplimiento de las normas protectoras del Derecho Internacional puede justificar la desesperación por ello y, ante su vulneración sistemática, llevarnos a expresar, a gritar, la exigencia de ese cumplimiento. Incluso a aceptar las excepciones de procedimiento imprescindibles para que tenga lugar, como sucedió al final con los bombardeos a Serbia que la obligaron a soltar la presa de Kosovo. Como hubiera sucedido en Irán, si Trump interviene a tiempo para suspender la masacre ordenada por Jamenei. En el pasado, tras una serie de concesiones, en 1939, Francia e Inglaterra reaccionaron frente a la ocupación de Dantzig, al precio de desencadenar una guerra mundial.

Si me salto un semáforo, el guardia tiene derecho a sancionarme, a usar la fuerza contra mi infracción, pero no a disparar contra mis ruedas por su santa voluntad o a multarme porque le da la gana, exigiéndome una mordida. Ajustado o no en cada caso concreto, el uso de la fuerza debe estar sometido al requerimiento del derecho. A quienes en todo caso ven en el personaje de Trump un remake de Chisum, interpretado por John Wayne, el Gran Protector que no repara en medios para imponerse a los malvados, habría que recordarles que en sus actos no se limita a acabar con impresentables (Maduro, Jamenei); protege a sangre y fuego al impresentable Netanyahu, cuya agresividad bíblica es potencialmente también suicida para Israel, y no solo en Gaza, también en la represiva e ilegal, mortífera ocupación de Cisjordania. Y al impresentable Putin le deja hacer. Luego, su imperio de la fuerza responde a otras motivaciones, a unos intereses personales que funde fraudulentamente con los de Estados Unidos, y su conversión en regla de comportamiento universal, la negación completa de Kant, lleva en línea directa a la destrucción de la humanidad. Tomando el título de la película concursante a los Oscars, a una guerra tras otra.

«Trump ha estrenado un nuevo tipo de imperialismo, calificable de intervencionismo de improvisación»

Aun cuando dejásemos de lado el Derecho Internacional, todo indica que la guerra contra los ayatolás, por lo que hemos visto, lleva antes a la catástrofe que a la victoria de los aliados. Trump ha estrenado un nuevo tipo de imperialismo, calificable de intervencionismo de improvisación. Salió bien en Venezuela, porque allí se trató de una agresión pactada, donde buena parte del grupo dirigente chavista deseaba librarse de Maduro. Pero en Irán tropieza con un hueso duro, incluso en su plano de superioridad natural, el militar, como se ve por el obstáculo casi infranqueable de Ormuz, que al parecer le cogió tan por sorpresa como la diversificación de ataques iraníes a países con bases USA.

Y hay algo más, como pudo observarse en Irak para Bush: el islam procura a la sociedad agredida unos grados de cohesión y resistencia que no solo impiden el triunfo del agresor. Acaban generando monstruos, como sucedió con el Estado Islámico. En Irán, basta con reproducir a gran escala la estrategia terrorista apuntada en tiempo de Jomeini,

Pensemos en lo contento que estaba Trump por la muerte de Jamenei, un líder impopular, sin excluir a los suyos, a quien ha transformado en mártir, abriendo paso a la figura chií del «imán oculto», salvador de la comunidad aun sin presencia física. El blindaje comunitario está asegurado. «La conquista de Bagdad puede resultar demasiado cara» —anoté desde El País en enero de 2003—. «Conviene no olvidar que el Mensajero de Alá no venció a sus adversarios de La Meca en el campo de batalla, sino haciéndoles la vida imposible». Y aquí y ahora, ni siquiera habrá conquista de Teherán. Confiemos que, por un golpe de realismo, Trump acabe soltando la presa que no es tal.

En una circunstancia como la actual, la conciencia crítica es más necesaria que nunca y nada tiene que ver con la lógica impotencia provocada a la UE por la acción de Trump, que además ahora exige todas las ayudas para evitar el fracaso. A quienes exhiben como respuesta al mismo la fe del carbonero, con la exigencia de secundar a Trump haga lo que haga, y se equivoque lo que se equivoque, la respuesta sería que ciertamente la UE tiene que mostrarse solidaria en esta dificultad, reconocer que, por desgracia, la derrota de Trump sería también nuestra derrota, pero exigiendo con toda la diplomacia que se quiera, una rectificación de fondo.

«Resultan incuestionables tanto el apoyo de la guerra de Trump a Sánchez, como el explícito de la trama internacional trumpista a Vox»

Hemos olvidado cómo la OTAN siguió a Estados Unidos en Afganistán, luego Trump pactó con los talibanes una rendición vergonzante, y los aliados y el pueblo afgano fueron simples sujetos pasivos de su arbitrariedad. Eso no debe repetirse en Irán.

Están, en fin, los daños colaterales. Son las siete de la tarde del domingo y resultan incuestionables tanto el impagable apoyo de la guerra de Trump a Sánchez, como el explícito de la trama internacional trumpista a Vox, para consolidar su intransigencia, luego para apuntalar a Sánchez. Estamos embarcados en una nave de los necios. Por ello, en un tiempo tan difícil como el actual, la unamuniana fe del carbonero tiene atractivo: permite seguir confiando en el liderazgo que nos ha sido impuesto en Occidente, y que es incuestionable. La duda parece el vacío.

Pero más vale seguir otra advertencia de Unamuno: «Un loco puede ser tan avisado como para ocultar su locura, y volver entonces loco a todo el mundo».  En eso estamos. Tiene sentido entonces repetir la conclusión de mi artículo precedente: «Jamenei en enero cometió un crimen contra su pueblo. Tal como ha ejecutado su acción militar, Trump, algo más grave: un trágico error. En cuanto a Pedro Sánchez, protagoniza otro episodio de entrega de los intereses del país, para él rentable. Beneficiario: Putin».

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