La comisión de la verdad
«La capacidad de memoria, aunque parezca paradójico, fue una seña de identidad muy acusada durante el periodo de la Transición»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Las sociedades, como los seres humanos, necesitan tanto de la memoria como de su capacidad de olvido. Memoria para saber de dónde venimos; olvido para no ser secuestrados por los enfrentamientos, los odios y las pendencias del pasado. La capacidad de memoria, aunque parezca paradójico, fue una seña de identidad muy acusada durante el periodo de la Transición y se expresó en la determinación de evitar un pasado repleto de enfrentamientos y guerras civiles entre españoles.
Tristemente empeñados en recordar lo más negro de nuestro pasado, podemos volver a repetirlo, unos por ignorancia y otros porque se han convertido en «figuras de sal», que viven de la idealización de la II República, la Guerra Civil y la lucha antifranquista. Ya Américo Castro, trascendiendo los terribles episodios que le llevaron al exilio, decía: «Había perdido eficacia el mito del imperio universal sostenido por la fe católica… Una vez resquebrajada la voluntad colectiva en aquel siglo, nunca más volvió a restablecerse; en adelante, unos querrían una cosa y otros la contraria».
Puede ser que Castro fuera más un extraordinario inspirador que un historiador al que recurrir como única opción, pero su diagnóstico es confirmado por otros personajes referenciales. Menéndez Pidal cuenta la sorpresa de los generales franceses que comandaban los «cien mil hijos de San Luis» ante la saña con la que combatían los españoles entre sí.
Durante siglos no hubo nada superior que nos uniera, y transcurrieron los años —y aun los siglos— con una tendencia a vivir ignorando la realidad europea de progreso y de fortalecimiento de la nación y el Estado, separados de las creencias religiosas, después de cruentas guerras provocadas por la fe. Aislamiento, desdén por lo desconocido, una pobre y enfrentada vida pública y guerras civiles entrelazadas fueron el resultado. Los periodos de modernización se convirtieron en paréntesis infecundos y concluyeron abruptamente debido a nuestra incapacidad para la reforma y a nuestro rechazo a negociar… cualquier negociación era una derrota, un tiempo de debilidad a la espera de la revancha.
Nos basta recordar en ese sentido a Larra: «Aquí yace media España; murió de la otra media». Medio siglo después, Antonio Machado definitivamente remacha: «Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios: una de las dos Españas ha de helarte el corazón».
La frustración de la República, la Guerra Civil y la dictadura fueron el colofón de ese proceso, que había consumido las energías y la inteligencia de la nación. En el libro de Juan Francisco Fuentes, Hambre de patria, pueden recordar —los que conocieran— las vicisitudes de los exiliados republicanos; y los que no las conocieran, si lo leen, se sorprenderán con el canto de amor, nostalgia, mala conciencia y necesidad de reencuentro de los transterrados españoles.
Es suficiente recoger los testimonios de tres personajes de notable mérito, entre todos los que podríamos recabar de significación indudable. Dice Francisco Ayala: «Insensateces las hubo a porfía por parte de todos… venían encadenadas en series dialécticas, y una de las mayores, sin duda, fue aquella malhadada revolución del 34». «Quienes vimos acercarse la catástrofe no tenemos otra responsabilidad que la impotencia; unos y otros hemos pagado, y pagamos aún, las culpas del fratricidio», Martínez Barrio, presidente socialista de las Cortes, describiendo cómo habían sucumbido a la furia de una historia descontrolada. Y, por último, el presidente Azaña: «Las guerras civiles, pronunciamientos, destronamientos y restauraciones enseñan que los españoles no quieren o no saben ponerse de acuerdo para levantar por asenso común un Estado en el cual puedan vivir todos, respetándose y respetándolo».
Así transcurrió gran parte del siglo XX español. Pero, como suele suceder en Occidente, después de grandes tragedias humanas aparece un espíritu que unos calificarían de arrepentimiento y otros de superación. En una Europa penitente, que se fustiga por los pecados que ha cometido —y aun por los que no ha cometido—, conviene recordar que ese ambiente propicio para la reconciliación, después de los cataclismos bélicos, forma parte de nuestras características históricas. Porque se puede achacar a los europeos que hemos creado verdaderos monstruos, pero también se debe reconocer que nosotros mismos hemos sido capaces de enfrentarlos y derrotarlos.
Y en esa línea —que no es exclusiva, pero sí meritoria—, en España, después de la muerte de Franco, abrimos un periodo de nuestra historia inédito. En los tres años posteriores a la muerte del general se produjo lo que unos consideran peyorativamente como la prolongación del franquismo con otros ropajes y otros conocemos como la Transición. En realidad, aquel periodo, conocido como un proceso de reformas, fue un tiempo de cambios radicales y sin comparación en nuestro pasado reciente, porque cambios de esa naturaleza siempre han ido acompañados de violencia, bien al contrario de lo que sucedió en España durante aquel periodo.
Franco muere en 1975. Juan Carlos designa a Adolfo Suárez en 1976, meses después de su proclamación. También en 1976, Suárez tiene el apoyo de los españoles —que no de los partidos políticos— para aprobar la Ley de Reforma Política. En abril de 1977 se legaliza el PC y en junio los españoles acuden a las urnas por primera vez en cincuenta años. En octubre del mismo año se aprueba la Ley de Amnistía, que certifica con solemnidad institucional la reconciliación de los españoles y legitima el proceso, que culmina con la aprobación de la Constitución en 1978.
Nunca habíamos vivido a tanta velocidad ni un periodo tan breve de tiempo había sido tan fructífero. Tal vez las imágenes que mejor representan todo lo acontecido son la del rey Juan Carlos con la viuda de Azaña en México y la de Carrillo, unos años antes en el exilio, con Fraga Iribarne, preboste del franquismo crepuscular y, a la vez, personaje imprescindible de nuestra democracia amplia e inclusiva.
No fue un cambio; fue un salto en nuestra historia de proporciones desconocidas. La inmensa mayoría de la sociedad española, entre el miedo y la ilusión, participó sin duda en ese gran cambio. Nos hicimos dueños de nuestra historia, nos abrimos al mundo, modernizamos el Estado y todo ello, por primera vez, con la participación de casi toda la sociedad.
No fue una solución de media España para la otra media; la organización de un Estado en el que cupiéramos la inmensa mayoría de los españoles la logramos, como pedía el Azaña postrero y desencantado, por asenso. Fueron minoría los que se mantuvieron izando la bandera de la ruptura, y estaban liderados, en aquel momento, por el entorno político de la banda terrorista ETA, que no solo siguió atentando contra bienes y, sobre todo, personas, sino que incrementó su actividad criminal según íbamos consiguiendo hitos de libertad y ciudadanía.
En algún artículo próximo escribiré sobre las consecuencias negativas de los excesos de confianza y de optimismo de aquel tiempo. Hoy me conformo con reivindicar aquel tiempo, aquel espíritu, aquella determinación de la que somos herederos y que, como sucede en ocasiones, podemos despilfarrar entre desidia, olvidos y revanchas mezquinas.
La reivindicación de aquel tiempo no es un ejercicio de nostalgia; es una obligación que nos impone la situación actual, porque en los momentos de mayor tensión, radicalidad y enfrentamiento, el Gobierno de Sánchez se ha empeñado en agitar con ira la camisa ensangrentada del pasado. No tuvo más sentido que el de volver a las dos Españas, aprobando una ley de memoria «democrática», permitiendo que la modificara a su gusto y la presentara a la sociedad española quien defiende, cuida y da lustre a los herederos orgullosos de la banda terrorista ETA, que hoy campean a sus anchas en el Congreso, mientras, obedeciendo a la soberbia y ambición de Sánchez, los socialistas hacen el trabajo sucio de abrir la puerta trasera a los presos de la banda terrorista.
Ahora dan el siguiente paso y crean una «comisión de la verdad», y hacen presidente de esa comisión, ni más ni menos, que a Baltasar Garzón, excluido de la carrera judicial y apasionado seguidor de todos los movimientos populistas iberoamericanos, a los que aconseja y de los que en parte vive.
El pasado, nuestra historia, el enfrentamiento con Israel —sin distinguir a la sociedad israelí de Netanyahu—, el ‘no a la guerra’, convertido en un arma arrojadiza contra el presidente de nuestro principal aliado, demuestran que la estrategia de frentes, de amigo-enemigo, de demócrata-facha, es un hecho tan artificial y voluntario como inevitable.
Ante esa estrategia, y en contra de aceptarla, debemos recurrir a la sociedad española, que mayoritariamente se comporta de manera tolerante y moderada, rechazando olvidar aquel tiempo en el que pudimos porque quisimos.
Adenda: supongo, por desgracia, que Andrés Trapiello puede escribir, siendo testigo, otro volumen tan imprescindible como el de «Las armas y las letras». Motivos le están dando, desde luego.