The Objective
Carlos Granés

Preferiría no hacerlo

«El autoritarismo se disfraza de rebeldía para transgredir los consensos liberales de posguerra»

Opinión
Preferiría no hacerlo

Ilustración generada por la IA.

Hay ciertos libros que solo esperan el aliento del lector para revelarse como una misteriosa profecía. Puede que hayan sido escritos hace 100 años, 200, incluso más, y, sin embargo, parecen la flecha de Artemisa: un haz que acierta e ilumina aspectos de la existencia actual, los dilemas y las preocupaciones del presente, las actitudes, los tipos humanos y las pasiones que forman parte del paisaje cotidiano. Son libros que siempre se leen de forma diferente porque parecen escritos para todos los presentes o, como decía Italo Calvino, porque nunca acaban de decir lo que tienen que decir. Eso es lo más parecido a un milagro: una revelación que solo se insinúa y siempre deja cabos sueltos, una verdad ambigua que revela tanto como oculta.

Los clásicos son, por eso mismo, una materia viva que no solo acepta mil lecturas e interpretaciones, sino toda suerte de juegos y experimentos. Daniel Gascón lo ha demostrado con ingenio y humor, sello de la casa, en Los nuevos Bartleby, una relectura y una reinterpretación actualizada de Bartleby, el escribiente, la novela corta o el cuento largo que Herman Melville escribió en 1853. Este personaje, lo sabemos, encarna una actitud que por momentos parece la expresión más pura de la rebeldía y, en otros, lo contrario: la más desesperante apatía o la renuncia a la acción y hasta a la existencia misma. A Bartleby lo define una frase que parece ser una filosofía de vida y una forma de estar en el mundo, pero también —uno ya no sabe— una torpe estrategia de defensa o un ineficaz recurso adaptativo: «preferiría no hacerlo».

Esa extraña respuesta ante las exigencias de la vida, sobre todo las laborales, es un desplante al poder y una forma de sabotaje; también, y al mismo tiempo, un síntoma de desapasionamiento o la antesala al gran letargo, al escepticismo radical y al desprecio de cualquier impulso vitalista. La ambivalencia fascinante que irradia este personaje le permite a Gascón preguntarse cuáles son los Bartlebys contemporáneos, cómo y en qué campos se manifiesta esa actitud de protesta y de renuncia o, mejor dicho, quiénes se abstienen hoy en día y qué es lo que prefieren no hacer.

El mundo contemporáneo es un escenario muy distinto a ese siglo XIX que inspiró la historia de Melville y, sin embargo, ahí están esos nuevos Bartlebys, adaptándose o desadaptándose —uno tampoco resuelve esta cuestión— a este nuevo orden mundial, donde el futuro se muestra amenazante, la cultura se deja someter al buenismo bienpensante —la religión laica de la causa noble— y el autoritarismo se disfraza de rebeldía para transgredir los consensos liberales de posguerra. Ante este panorama, el tono es pesimista y la respuesta es bartlebiana: resistirse a hacerlo como forma de rebeldía o de indiferencia.

Gascón pone varios ejemplos: los miles de trabajadores que, después de la pandemia, decidieron dejar de trabajar (cuatro millones en Estados Unidos); el rechazo al contacto físico, a lo espontáneo y, en general, a la vida social; el declive del apetito sexual y del consumo de alcohol, así como de la urgencia por ascender y triunfar en el ejercicio profesional. Preferir no hacer todas estas cosas tiene explicaciones lógicas, como el encarecimiento de la vivienda, que frustra las expectativas de vida y relativiza el esfuerzo laboral, o los nuevos tabúes en torno al sexo y a la vida íntima, que aparecen de pronto ensombrecidos por las conductas machistas o las iniquidades. También el retraimiento que producen las nuevas tecnologías, entre ellas la IA, que enciende mil alarmas y, entre ellas —si antes no ha colapsado el mundo—, la posibilidad de quedarnos sin trabajo. El cambio climático también produce pesadillas y ansiedades e instiga fantasías decrecionistas: a no producir mercancías y a no contaminar; de paso, a no reproducirse, a no dejarse llevar por las ambiciones, a no sacrificarse en vano y a no salir de casa. ¿Para qué molestarse? Mejor no tomarse el trabajo: «I would prefer not to».

La apatía y la renuncia anticipada de los nuevos Bartlebys son un desplante al mundo contemporáneo, pero también el reconocimiento de la impotencia y un síntoma de aversión al riesgo. Bartleby ejerce el sabotaje reduciendo su presencia hasta la insignificancia. Perturba queriendo no perturbar. Haciéndose invisible, se magnifica. Es la paradoja que encarna este personaje: su deseo de inexistencia contamina la existencia de quienes lo rodean.

Gascón ha detectado que la atmósfera de pesimismo favorece la aparición de nuevos Bartlebys, y quizás no hay un síntoma más claro de ese estado de ánimo que la curiosa forma en que la palabra «resiliencia» se ha instalado en el discurso público y en la mentalidad contemporánea. Hay que ser resilientes, se nos dice, y hasta el presidente escribe manuales sobre el tema. Lo curioso es que, si la virtud más necesaria en la actualidad es la resiliencia, será porque el espacio público se ha convertido en una jungla y los políticos se muestran incapaces o se niegan a mejorar la convivencia. Si transitar por la vida cotidiana y hacer lo que siempre se ha hecho es hoy un desafío constante, una prueba de estrés y un examen para el carácter, ¿cómo no asumir la máxima de Bartleby? «Preferiría no hacerlo», por supuesto. Preferiría alejarme de todo y no ensuciarme con las pequeñas miserias de la política.

Publicidad