The Objective
Fernando Savater

Reinserción

«Los asesinos etarras lo seguirían siendo aunque hubiesen cumplido sus años de condena, cosa que en la mayoría de los casos está lejos de haber sucedido»

Opinión
Reinserción

Ilustración generada con IA.

Las penas de cárcel, dicen las almas bondadosas, tienen como finalidad la reinserción del delincuente. Pues no, no es así. Las penas de cárcel son un castigo cuyo fin es disuadir a los delincuentes de seguir cometiendo delitos. Durante ese periodo punitivo se puede aleccionar a los presos con temas éticos o culturales, incluso enseñarles destrezas laborales que puedan serles útiles cuando acabe su condena. Pero su reforma moral es cosa suya, no depende del carcelero (este lo que debe procurar es que no se escape y cumpla su condena), ni del capellán de la cárcel, ni del ministro de Justicia. Eso sí, deben ser bien tratados: como ya he escrito en otra ocasión, los presos deben estar bien, pero sobre todo deben estar bien presos. No están de vacaciones forzosas, no están haciendo un máster en el que deben alcanzar buena calificación para recobrar la libertad. Están siendo castigados por haberse portado mal, para que aprendan que no les conviene reincidir y para que su ejemplo disuada a otros de imitarles. En este mundo tiquismiquis en que vivimos, en el cual se toleran verdaderas atrocidades, pero no que se llame a las cosas por su nombre, la palabra «castigo» subleva a los hipócritas o a los besugos. ¡Ah, se les castiga como venganza por lo que han hecho! Pues sí, es una forma de decirlo.

El castigo penal es una venganza social, institucionalizada, para sustituir a la incontrolable venganza personal que suscitan los agravios a la propiedad o integridad ajena. ¡Ah, pero dónde queda el perdón, la fraternidad, eso y lo otro! Pues miren, las leyes (y junto a ellas las multas y las cárceles que las hacen efectivas) están pensadas para que convivan sin demasiados destrozos personas corrientes, no santos. Precisamente, los santos son los que van a la cárcel en un mundo injusto porque se portan mejor que los demás. Pero les aseguro que, en la inmensa mayoría de los casos, las cárceles (y he sido huésped de alguna) no albergan santos ni mártires, sino personas como usted y como yo, arrastradas por malos impulsos o circunstancias desfavorables. También hay algunas fieras antihumanas: cuidado con ellas, son lobos que se hubieran comido sin dudar a san Francisco.

Vamos con lo de la reinserción de los presos. Sin ser el objetivo único o ni siquiera principal del castigo carcelario, es un resultado muy deseable. Acabada su condena y escarmentado por ella, el recluso vuelve a la sociedad contra la que atentó: que se reintegre significa que comprende la necesidad de los mecanismos legales, que está dispuesto a acatarlos y que solicita una segunda oportunidad social y laboral. Es justo que se le facilite sin que su pasado penal se convierta en un estigma imborrable que le cierre el paso a una vida normal. Pero la reinserción del delincuente no es una obligación ineludible de la sociedad, sino una posibilidad que nunca se debe cerrar… salvo que el propio interesado decida no aprovecharla. Hay algo que en el fondo del más oscuro de los calabozos siempre permanece libre: la propia voluntad personal.

Uno ha sido castigado por lo que ha hecho, pero no puede seguir castigado indefinidamente por no arrepentirse o por sus malos deseos para el futuro. Sin embargo, si la conducta pasada y la ideología irreductible del delincuente indican razonablemente que no ha dejado ni parece ir a dejar de ser un grave peligro para sus congéneres, la sociedad tiene derecho a mantenerle a buen recaudo hasta que se le pase el subidón o hasta que se muera. Desde luego, lo que está fuera de lugar es pedir a la sociedad que se modifique de modo que el transgresor se encuentre en ella perfectamente a gusto. Hay líderes sociales o educadores que pueden ir cambiando las perspectivas colectivas y a veces ciertos transgresores de buena voluntad pueden ser a su costa mártires –o sea, testigos- de esas transformaciones. Pero hace falta discernimiento con las normas: ya sabemos que, si se autorizase el libre acceso sexual a los niños de cinco años o menos, los pederastas vivirían en un nuevo paraíso y podrían levantar monumentos a los pederastas que ayer se pudrieron en la cárcel por adelantarse a él, pero de momento prefiero -preferimos- que las cosas sigan como están.

Todo lo anterior viene a explicar el enjambre de excarcelaciones de feroces asesinos en el País Vasco, conseguido por la colaboración entre el PNV, que sabe deberles muchas agitaciones de árboles para conseguir sus nueces, y el PSOE, que les debe un apoyo insustituible en el Parlamento. Los asesinos etarras lo seguirían siendo aunque hubiesen cumplido escrupulosamente sus años de condena, cosa que en la mayoría de los casos está lejos de haber sucedido. Tampoco se han arrepentido de sus crímenes ni se consideran culpables de ellos; más bien culpabilizan a sus propias víctimas. Y, sin embargo, por desgracia, tienen la reinserción más fácil que otros. No deben reinsertarse en una sociedad que rechaza y condena el recurso a la violencia, la de ayer, la de hoy y la de mañana, ni en la España democrática y plural que defendimos contra ellos, sino en una utopía criminal para la cual todo es bueno si puede leerse solo con el ojo izquierdo. La verdad es que quien debería reinsertarse en la cordura es la sociedad vasca.

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