Pedro Sánchez, líder del mundo libre
«Al día siguiente del ‘no a la guerra’, Sánchez ya estaba enviando una fragata para secundar los delirios napoleónicos de Macron»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Un presidente cuestionado en la política nacional por corruptelas, ambiciones de poder y malas gestiones está logrando revalidar su imagen gracias a la política internacional. Lo ha escrito Julián Cabrera en La Razón: «A Aznar, en pleno frenesí atlantista e internacional, le dijo uno de sus más estrechos colaboradores: ‘Presidente, menos Siria y más Soria’ [o sea, más política interior y menos política exterior]; a Sánchez lo que se le aconseja hoy es justo todo lo contrario, porque es en ‘Siria’ donde contempla la vía de escape y en ‘Soria’ donde abundan los problemas». Antes, la página internacional importaba poco; desde 2022 (con la guerra de Ucrania) abre telediarios. Y eso los magos de la mercadotecnia política lo saben.
Es en la política internacional donde Sánchez puede mostrarse como el contrapunto liberal-progresista al trumpismo americano y europeo; es en ese contexto en el que puede presentarse como el faro de la socialdemocracia en una Europa casi completamente tomada por las derechas (a excepción del Reino Unido, Dinamarca y poco más). Es en la arena global en la que puede exhibirse como campeón de la paz contra las subidas de gasto militar de la OTAN, contra la acción de Israel en Gaza o contra la guerra de EEUU contra Irán. Y en este papel ha pasado de su peor momento de popularidad a ser una estrella mediática en medio mundo, siendo admirado en cancillerías y prestigiosas portadas. Dicen: Pedro Sánchez es el único líder soberano de toda Europa; solo él puede detener a Donald Trump; es el De Gaulle español de izquierda del siglo XXI. Y a él le encanta.
Y no solo está recibiendo un rédito mediático o reputacional, sino que su estrategia le está saliendo bien en lo político-económico, tanto con el mundo musulmán (por ejemplo, Argelia) como con el mundo occidental (con el eje euroatlántico intentando cortejarle). En el plano español ha logrado frenar el descontento que había «a la izquierda de la izquierda», escenificando el pacifismo antiyanqui que habrían querido escenificar Sumar o Podemos. E incluso cierta derecha le mira con mejores ojos, en tanto valedor del patriotismo frente a las amenazas yanquis de ponernos aranceles o quitarnos Ceuta y Melilla. Todos estamos siendo «pesoizados».
Sin embargo, un factor clave del ser «pesoizado» implica el engaño y la decepción. Las propias siglas del PSOE señalan —decía Gabriel Rufián— «Pedro Sánchez Os Engaña» y, también —decía Santiago Armesilla—, «Partido de la Sumisión a la Oligarquía Extranjera». Si no se vende a unos, es a otros. Si no se vende a Israel, lo hará al socio israelí en nuestra región, Marruecos. Si no se vende al complejo militar-industrial para la guerra de Irán, lo seguirá haciendo para la de Ucrania. Y, si no se vende a EEUU en lo económico, lo hará a China.
Baste ver las patas tan cortas que tiene la rabieta sanchista de impedir a los «gringos» el uso de las bases de Rota y Morón para participar en la guerra de Irán: tímido obstáculo que Washington puede sortear de forma tan sencilla como salir de dichas bases y, antes de ir hacia Oriente Medio, hacer escala en alguna de las otras bases de EEUU —perdón, de la OTAN— en suelo europeo. Por no hablar de que, al día siguiente del ‘no a la guerra’, ya estaba Sánchez enviando una fragata para secundar los delirios napoleónicos de Macron en la región.
Pero es que toda la historia del PSOE consiste en esta especie de conatos de soberanía antiimperialista que acaban en nada, cuando no en lo contrario. Entre los primeros compases del PSOE en nuestra joven democracia estuvo aquella campaña de «OTAN, de entrada no» en los años ochenta. Se pasó de eso a organizar, con Felipe, un referéndum de permanencia completamente fraudulento —no se cumplió ninguna de sus condiciones— y acabar colocando en la cúspide de la pirámide atlantista al mismísimo Javier Solana, «el carnicero de los Balcanes», que quedó marcado en la historia como el abajo firmante de la guerra de Kosovo —intervención sin autorización de la ONU—, con el famoso bombardeo de Yugoslavia tanto sobre objetivos militares como sobre puntos civiles.
Jugarreta de semejante calibre volvió a repetirse con Zapatero, que inauguró su mandato con toda la fanfarria anti-Bush de retirarse inmediatamente de la guerra de Irak —porque era una guerra de agresión, no había armas de destrucción masiva, a España no se le perdía nada allí e Irak iba a quedar peor después de Sadam Huseín que antes—. Pues el de la ceja terminó su mandato metiéndonos en la guerra de Libia: una guerra de agresión, no había armas de destrucción masiva, a España no se le perdía nada allí y Libia quedó peor después de Gadafi que antes.
Y así fuimos llegando a los tiempos de Sánchez —que, a este paso, durarán mil años—, con sus sonoras negativas a dar más dinero a la OTAN, pero siendo el gobierno que más ha incrementado el gasto militar en la historia reciente de España (en coalición con Sumar, pero también estando en coalición con Podemos, que ahora disimulan), con una verdadera millonada que habría servido para construir decenas de hospitales públicos y miles de viviendas sociales. Es también el Sánchez de la batería de medidas de boicot a Israel: la mitad era inaplicable y la otra mitad, inmediatamente reversible (como el veto a la compraventa de material militar).
Los españoles llevamos décadas siendo pesoizados; al final ya se acepta como un rasgo nacional más, como los toros, la Semana Santa o los atascos en Madrid —que decía Ayuso—. Lo preocupante no es que España no vaya a despertar nunca de la pesoización; lo verdaderamente preocupante es que medio planeta —desde Argelia hasta el Wall Street Journal, desde el británico Starmer hasta el mandarín Xi Jinping, pasando por los mismísimos hutíes del Yemen y quién sabe qué recónditas tribus incontactadas del Amazonas o del África negra— esté siendo globalmente pesoizado.