The Objective
Jon Viar

Wokismo y pendulazo

«En un contexto donde los cómicos se autocensuran por miedo a ofender a una u otra minoría (o para obtener una subvención), el humor blanco es el único posible»

Opinión
Wokismo y pendulazo

Ilustración de Alejandra Svriz.

La actualidad se desvanece en el vacío de las redes sociales. Corrupción política, integrismo religioso, activistas de uno u otro «bando» al servicio de la polarización, apología del terrorismo… Y en medio de este caos —con el pendulazo que llega tras el wokismo— cada vez es más habitual encontrar en las redes ataques a la Ilustración y elogios al Antiguo Régimen. Cualquier idealización del pasado es una oración, una fantasía del presente, un grito contra lo real. ¿Vivimos un regreso al pasado con esta la resaca del wokismo? Se habla mucho del desprestigio de la democracia liberal, de la «Ilustración oscura», de los diversos populismos con vocación totalitaria que resurgen. Se habla también del papel de los medios, o de cómo los discursos populistas se han infiltrado en los partidos convencionales. Y en esta sociedad del espectáculo en la que el insulto se ha normalizado y el sectarismo se desborda por ambos lados, ¿cuál es el papel de los artistas? ¿Dónde están los cómicos de la legua? ¿Por qué estamos tan desubicados? «Y a mí qué me importa» – dirán muchos de ustedes. Puede que tengan razón, pero párense a pensar en ello porque quizá sea más relevante de lo que creen. 

El mundo se cae a pedazos, pero la ficción lleva mucho más tiempo en crisis. Mientras la actualidad política está impregnada de «fango», populismo, xenofobia y sectarismo (no hay más que dar un paseo por la red social X), en la ficción todo debe ser correcto, pulcro, inclusivo, diverso, inofensivo y domesticado. En el drama encontramos un supuesto realismo social marcado por los clichés. La lucha de clases es sustituida por la lucha de los pueblos, los sexos, los géneros o cualquier otra cosa. Por eso sorprende ver de vez en cuando propuestas inteligentes como Altas capacidades, de Víctor García León, que sí aborda los problemas reales de la gente de a pie. En el terreno de la comedia lo que nos encontramos es el humor blanco, aunque algunos también hablan del «post-humor». El crítico de cine Jordi Costa es el creador del término. Según Costa, «el posthumor es la comedia donde la risa ya no es la prioridad y en la que prima la incomodidad, el malestar por encima de otras cosas». Ante una secuencia quieres reírte, pero no sabes si debes hacerlo, ya que podrías ofender a alguien. Pepe Pelayo profundiza sobre el asunto: «el posthumor es molestar u ofender a alguien, sin importar si es gracioso o no. Es el que está lejos del humor blanco y el único que funciona en estos tiempos». Opino que el posthumor está mucho más presente en la realidad que en la ficción. ¿Y el humor blanco? Este sí que lo conocemos. Es el que está permitido.

En Wikipedia aparece la siguiente definición de humor blanco: «es un tipo de humor que no contiene connotaciones ni denotaciones negativas, (por ejemplo: burla, ironía, machismo, cinismo, sexismo, racismo, etc)». Y continúa explicando que este tipo de humor es también llamado «humor familiar», ya que se entiende que pueden disfrutarlo niños, adolescentes y adultos. ¿Qué significa exactamente eso de que pueden disfrutarlo «en familia»? ¿Será que pueden reír todos juntos sin sentirse culpables? ¿Será que no es pecado? La humorista española Ana Morgade afirmaba hace tiempo que «el humor blanco es un invento de quedabienes. Para hacer reír es necesario ofender, deformar, mentir y exagerar. El humor no es inofensivo». Y no le falta razón. En un contexto donde los cómicos se autocensuran por miedo a ofender a una u otra minoría (o para obtener una subvención), el humor blanco es el único posible. Curiosamente, solo Santiago Segura —que tan bien se mueve en ese humor blanco familiar— consigue con Torrente sortear el catecismo y convertirse en hereje. 

Ricky Gervais llegó a decir que la risa es como hacer cosquillas al cerebro. La risa, liberadora, puede ser cruel, pero los artistas hoy debemos cuestionar las supersticiones dominantes que nos imponen desde las universidades norteamericanas (sin caer tampoco en el pendulazo reaccionario que ya se percibe). Difícil equilibrio, ya que algunos de los más encendidos críticos del wokismo son firmes partidarios de los valores más tradicionales y reaccionarios. ¿Y dónde quedamos los artistas en este contexto? El temor a ofender nos paraliza. El miedo a opinar nos aterra. Todo lo que nos rodea está pensado para domesticar lo salvaje. Vivimos inmersos en un nuevo orden social, fragmentado, castrante y no precisamente racional. Y entonces, con la razón dormida aparecen los monstruos que quieren volver al pasado. 

Vuelvo entonces a la pregunta inicial; ¿cuál es el papel de los artistas? Predomina la servidumbre (voluntaria o involuntaria). Hay excepciones como Juanma Bajo Ulloa, que habla con una libertad y un sentido común inusual y se atreve a denunciar la «Inquisición woke». Sin embargo, muchos artistas se han convertido en voceros del poder político y del discurso dominante renunciando a su libertad creativa. ¿Es creíble el artista que solo critica a unos y traga con todo lo que hacen los «suyos»? ¿Es verdadero? ¿Es posible una ficción que muestre descarnadamente los síntomas del malestar en lugar de pontificar sobre causas ideológicas? ¿Cómo hemos llegado aquí? No lo sé. Lo único que sé es que, si no hay catarsis, habrá psicosis. Y la catarsis se hace imposible cuando, desde el poder, lo que se pide a los artistas es que parezcan rupturistas sin serlo en absoluto. Y entonces, ¿dónde quedó el bufón? Angélica Liddell dice así: «El bufón puede desprenderse de su máscara, el hipócrita la lleva incrustada».

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