The Objective
Fernando R. Lafuente

Divulgar no es vulgarizar

«El libro ‘Pequeña historia de la antigua Roma’, de Emilio del Río, está escrito para lectores entre diez y cien años. El reto es formidable, el resultado, impecable»

Opinión
Divulgar no es vulgarizar

Efigie de Julio César, primer emperador de Roma, esculpida por Nicolas Coustou. | Wikimedia Commons

Y qué mejor título para un soberano libro: Pequeña historia de la antigua Roma (Espasa, con simpáticas ilustraciones de Jvlivs) de Emilio del Río (Logroño, 1963), profesor de Filología Clásica en la Complutense y empeñado, felizmente, en que el mundo clásico (Grecia, Roma) no se pierda en el laberinto contemporáneo de la fugaz banalidad ambiente. Ahí están sus anteriores entregas, desde la mitología clásica; no debe olvidarse su formación en Oxford, a su Carpe Diem: Autoayúdate con los clásicos (Espasa, 2025) o Calamares a la romana (Somos romanos, aunque no nos demos cuenta), también en Espasa, 2021, entre tantos.

Toda su labor está encaminada a, una vez eliminada la hojarasca académica, atraer a la lectura, es decir, al conocimiento, del mundo del que en Europa (y América, como se verá) venimos. No es poco. Radio (RNE, Onda Madrid), prensa (La Vanguardia, Las Provincias), Emilio del Río es un infatigable divulgador de lo más difícil, acercar al mundo de hoy el mundo de ayer y de anteayer. Menuda labor. Entre los que no leen y los que (se creen) que lo han leído todo, hay un inmenso campo de estrellas. Estamos los demás. Algo mágico. La condenadamente maravillosa gente corriente.

Del Río posee el arte de escribir de manera que, trátese del mundo griego o romano, se le entienda. Recuerda esto de Borges: «En una página, según Stevenson, todas las palabras deben estar al mismo nivel». Y aquí lo están. Este libro, esta Pequeña historia de la antigua Roma, está escrita para lectores entre diez y cien años. El reto es formidable, el resultado, impecable. Y como si de un cuento de hadas se tratara, así comienza: «Érase una vez una aldea en el centro de la península itálica, Roma. A diecinueve kilómetros del mar, lo bastante lejos para que los piratas no pudieran alcanzarla, pero lo bastante cerca como para que su río la conectara con el mundo». Piratas, ríos, aldeas, alumbran un arranque que promete aventuras, deslizamientos por la Historia, nombres, hechos, conquistas (sí, conquistas) y civilización. La europea. Grecia, Roma, la tradición judía y el cristianismo constituyen las columnas vertebrales que configuran una civilización. Mezclada, confundida, anhelante, ambiciosa, culta, lo que nos cuenta del Río es la esencia de un continente. Que viajó a otras geografías allende las europeas.

El Viernes Santo, Carlos Granés publicaba en ABC, Pasión americana por el mundo clásico y recordaba cómo: «Esta tradición, que parecía haber desfallecido, hoy renace de la forma más vibrante imaginable con el colombiano Juan Esteban Constaín y su libro El hijo del hombre, un recorrido erudito y deslumbrante que rastrea el cruce de caminos entre el mundo griego, el romano, el judío, la tradición oracular y la tradición profética, que puso los cimientos del catolicismo. Son siete siglos de historia antigua que se beben como un shot de tequila y una nueva carta de amor, la mejor, de un americano al mundo clásico».

En Historia la clave es comprender, y comprender, como sabemos, no significa aceptar, solo comprender, para superar errores y subrayar aciertos: «Y otra gran lección: el fundador de la saga que dará lugar a Roma, Eneas, es un perdedor, un tipo que sale huyendo de Troya. En una sociedad como la nuestra, que no perdona el fracaso, conviene recordar esta gran enseñanza de los romanos: se aprende del fracaso y un perdedor puede conseguir hazañas y ser la base de un gran Imperio». ¿Quién teme a la historia contada? Aquí están todos: Los patricios, el senado y el pueblo de Roma. Todo empezó aquí, o buena parte de ello.

«Divulgar de la manera en la que hace y escribe Emilio del Río no es vulgarizar, es educar, instruir»

El libro está organizado, como corresponde, a un relato cronológico desde la aldea al nacimiento de un imperio (Augusto (44 a.C-19 d.C.), y por allí, los siete reyes y siete colinas (la monarquía), el duelo por el Mediterráneo, el nacimiento de una potencia política, las guerras civiles y la república, Julio César y el fin de tal república, los césares y, claro, la decadencia. Todo contado con amenidad, desparpajo, soltura, cercanía, en poco más de 200 páginas. Sí, divulgar de la manera en la que hace y escribe Emilio del Río no es vulgarizar; es, si se permite, educar, instruir. Y educar e instruir en estos tiempos es un lujo para todos. Además, metido el lector en sus páginas, descubre que tenía razón el gran director de cine francés Jean Renoir cuando afirmó sobre el pasado: «Mucho más tranquilo que el presente y más seguro que el futuro».

Viajemos con Emilio del Río al pasado; es una forma de viajar a un capítulo esencial de lo que somos, de lo que fuimos y, tal y como están las cosas, vete a saber de si de lo que seremos. No está tan claro. Dedicarse al pretérito imperfecto tiene sus ventajas. Moverse entre documentos, archivos, testimonios, relatos, episodios, gestas y sueños tiene sus riesgos, también. Al leer este libro, soberano por tantas cosas, uno recuerda a esos grandes divulgadores del mundo antiguo, Bowra y su Atenas de Pericles, Canfora y el mundo ateniense, Gibbon, más reciente, Nussbaum; en todos coincide una profunda convicción: alertar, enseñar, recordar, mostrar que el mundo no empezó ayer. Sin querer, todos, con Emilio del Río, denuncian, discretos, el adanismo del presente.

Y la decadencia, qué maravillosamente explicada en tan breves como elocuentes palabras: «Después del 235, la historia de Roma se vuelve confusa y ajetreada. El Imperio entra en una montaña rusa de emperadores, tipos a los que el ejército sube al trono un día y baja al siguiente, sin herederos claros, sin plan y sin estabilidad. Es un período de usurpaciones, territorios que se separan, fronteras que tiemblan y gobiernos que no duran nada. Hasta la caída del Imperio en el siglo V, lo que hay es básicamente una mezcla de crisis y caos con algún momento de calma entre tormenta y tormenta». Suele ocurrir que cuando alguien lee párrafos como el anterior diga para sí: «Hombre, esto parece una noticia de hoy». Y lo peor es que, tal vez, sólo tal vez, no tenga razón. Enhorabuena, Emilio del Río, filólogo clásico. Si Granés recomendaba cómo el libro de Costaín se leía como uno bebe un tequila, nada como el libro de Del Río para beberlo «con un vaso de bon vino», de La Rioja, claro, pero sólo esto para los mayores, los pequeños, limonada.

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