¡Vascos, qué raros sois!
«Los nacionalistas vascos no son ‘raros’, bueno sería: son incurables aprovechateguis»

Ilustración generada por la IA.
Fue Jorge Luis Borges quien señaló que los grupos humanos suelen preferir como representantes característicos a quienes menos se les parecen. No hay nadie más distinto a un cauteloso y estreñido inglés que el abrumador William Shakespeare, palabrero y arrebatado, con muchos más puntos de parentesco con la locura que con el common sense. Y resulta casi una broma de pésimo gusto que el Guernica, esa cosa tan fea y retorcida, carente de la noble nitidez del martirio y obra del único artista español al que la Guerra Civil traía completamente sin cuidado (bueno, tampoco le interesó lo más mínimo la llegada de los primeros hombres a la Luna; la empatía no era el rasgo distintivo del pajarraco), haya acabado siendo el retrato con mayor parecido a nuestra tragedia fratricida. Sorprendente, algo así como si el fastidioso mingitorio de Marcel Duchamp hubiera sido titulado traviesamente Leningrado y, a partir de ese momento, figurase en todos los catálogos como la vera efigie de ese episodio inolvidable de la Segunda Guerra Mundial.
En un artículo reciente, que une sin flaqueza lo informativo y lo literario, Andrés Trapiello surtió al lector de algunas claves para entender por qué el Guernica acabó titulado así en vez de llamarse con el nombre de cualquier otra ciudad española o europea. Uno de los mayores responsables del malentendido, el siempre enredador José Bergamín, solía contarme semanalmente cómo llegó el adefesio a llamarse así y por qué terminó convertido en símbolo de lo que ahora representa. Inútil es decir que nunca me daba dos versiones iguales de semejantes derivas desconcertantes… La mejor intuición de lo que era el famoso cuadro la tuve antes, a mis 14 o 15 años, cuando en un reacomodo familiar me correspondió por primera vez un cuarto propio… ¡y sin ser Virginia Woolf! Decoré ese espacio exclusivamente personal recurriendo a lo que todos los de mi generación consideraban nuestro rasgo distintivo: una gran fotografía melancólica de Joan Baez y una reproducción bastante más grande de lo prudente del Guernica. Por supuesto, no me pregunté si me gustaba o no, lo mismo que no me pregunté semejante cosa por un Sagrado Corazón que me recordaba mi amado paisaje de la Concha donostiarra.
Se produjo una pequeña fuga de agua en el techo y un cordial proletario vino a repararlo. Su desenfado me preocupó un poco, porque tapaba y destapaba la obra maestra picassiana sin las muestras de latría que yo consideraba indispensables para manejar el fetiche. De modo que me instalé sentado en mi cama y, de vez en cuando, lanzaba un gruñido de advertencia o de estímulo según calculaba los peligros que corría la pieza del malagueño. Logré impacientar al artesano que reparaba mi cuarto, de modo que me advirtió con cierta sorna: «Tranquilo, chaval, que no voy a estropeártelo. Y si se lastima un poco, pues nada: pintas otro y santas pascuas». Nunca he recibido más concisa y veraz lección de estética y nunca la he agradecido menos.
Desde que, años más tarde, mi amigo Javier Tusell, un excelente funcionario y muy buena persona, logró traer el Guernica a España con los debidos parabienes, el Gobierno vasco, que contemplaba con gran estoicismo los crímenes de ETA como algo incómodo pero inevitable, empezó a dar la tabarra —¡su gran especialidad!— para que la gigantesca caricatura fuese entronizada en la villa mártir que le daba nombre. Le tocó soportar la borrasca —impulsada, entre otros, con las mejores intenciones por mi amigo Agustín Ibarrola— al entonces ministro de Cultura Jordi Solé Tura, que se asustó un poco al ver que también yo (solo por apoyar a Ibarrola) suscribía aquella majadería del Guernica Guernicara. Jordi me invitó a comer y me explicó la cosa. «Mira, Fernando, esta tarde tengo sesión en el Congreso. Hace un rato se me ha acercado el portavoz del PNV y me ha dicho que luego va a ponerme de vuelta y media por el asunto del Guernica. Por favor, Jordi, no me hagas ni caso. No tengo dónde meter ese trasto, ni servicio de seguridad para protegerlo. Si me pones ese bebé en los brazos para hacerte el simpático, me hundes para siempre». El trauma de ver por una vez a un peneuvero diciendo la verdad casi colapsa al bueno de Jordi, que naturalmente no cedió a los cantos de sirena, aunque fuesen aurreskus. Hasta Urtasun, ese hombre genial, parece haber entendido por una vez que el PNV, como las brujas de Macbeth, miente diciendo la verdad.
Pero fíjense con qué argumentos reclaman ahora el cuadrito. Se trata de una «compensación», de una «reparación» de esas que los españoles nunca vamos a hacer por las buenas a los vascos. ¡Con lo que han sufrido! Ahora mismo padecen una fiscalidad a la medida (¿cuánto quieres pagar? Pues eso mismo… y quédate con la vuelta) y disfrutan de todos los derechos en materia penitenciaria. Libertad para Amboto y que los votos no le falten a Sánchez. Y yo me pregunto: ¿Cuándo el Gobierno Vasco va a reconocer que su fascismo disfrazado de identidad patriótica tiene una deuda enorme con el resto de España, de la que tantos beneficios obtiene? ¿Cuándo se decidirán a pagar el descubierto que tienen con todos sus compatriotas? ¿Cuándo liquidarán tantos crímenes —muchos más, por cierto, que los muertos en Guernica— que los chicos de la gasolina nos han obligado a tragar como quien hace un simpa y sale corriendo? Hace bastantes años, en una pintada en una universidad andaluza, leí la frase que sirve de título a este artículo. Pero los nacionalistas vascos no son «raros», bueno sería: son incurables aprovechateguis. Y de eso no tiene la culpa Pablo Picasso.