The Objective
Alma Ezcurra

Un Gobierno que confíe

«Como Gil de Biedma, hoy los españoles nos vemos en la necesidad de conjurar el pesimismo y transformarlo en esperanza»

Opinión
Un Gobierno que confíe

Ilustración generada con IA.

Escribió Gil de Biedma que «de todas las historias de la Historia, sin duda la más triste es la de España, porque termina mal». Se ha citado mucho, como ejemplo de un pesimismo nacional secular, y casi de un malditismo: aquel que condenaría a los españoles a la decadencia y al mal gobierno. Pero a menudo se olvida de que el poeta va remontando el vuelo con el paso de los versos, como quien se insufla ánimo a sí mismo, hasta concluir que no hay demonios, sino hombres, y que la historia bien puede ser otra. 

Como Gil de Biedma, hoy los españoles nos vemos en la necesidad de conjurar el pesimismo y transformarlo en esperanza. Sé que no es sencillo. Nos duele lo que vemos cuando miramos alrededor. Las grandes tragedias, como los accidentes de tren por falta de mantenimiento en las vías, que han dejado decenas de víctimas, y las que parecen más pequeñas en comparación, pero también cuestan vidas, como las interminables esperas en unos centros de salud saturados y sin profesionales suficientes, o los baches en unas carreteras que antaño fueron motivo de orgullo. Y los hay que no quieren aceptarlo, pero, en el fondo, todos sabemos que estas cosas tienen una misma explicación. Que el apagón y la pérdida de poder adquisitivo, el galopante paro juvenil y el estancamiento de los salarios responden a una misma causa: los españoles padecemos un Gobierno que no está a la altura.

Un Gobierno que desconfía del policía, y por eso le niega los medios para desempeñar su labor; que desconfía del juez, y por eso procura amordazarlo; que desconfía del autónomo, del currante, y por eso lo esquilma a impuestos; que desconfía del empresario, y por eso lo criminaliza; que desconfía del periodista, y por eso entorpece su tarea; que desconfía del médico, y por eso depaupera sus condiciones. Un Gobierno, en fin, que desconfía de su propia Nación, y por eso no merece gobernarla.

Y ahí está el contraste que importa. No el de las siglas ni el de los programas electorales. El contraste entre quienes perciben al ciudadano como un problema a gestionar y quienes creemos que es una persona capaz de decidir, de prosperar por sus propios medios, de equivocarse y de levantarse. Ellos quieren tutelar España; en el Partido Popular queremos liberarla: de trabas, de impuestos abusivos, de una burocracia que devora el tiempo y la energía de los españoles. El resultado de su modelo es siempre el mismo: el ciudadano paga más y recibe menos.

Por eso, el proyecto de Alberto Núñez Feijóo no propone un Estado que lo resuelva todo, porque sabemos que el Estado no puede —ni debe— resolverlo todo. Propone, en cambio, un Estado que funcione donde debe funcionar: en la seguridad del ciudadano, en la calidad de sus servicios, en la defensa de la libertad, el orden y la ley. Un Estado que no ocupe el espacio que corresponde a las familias, a los trabajadores, a los emprendedores. Que confíe en ellos. Que les deje hacer. Porque allí donde los gobiernos han respetado a la persona, las naciones han florecido. De nuevo: conjurar el pesimismo; transformarlo en esperanza.

«El apagón y la pérdida de poder adquisitivo, el galopante paro juvenil y el estancamiento de los salarios responden a una misma causa: los españoles padecemos un Gobierno que no está a la altura»

El poema de Gil de Biedma con el que comencé este texto se llama Apología y petición, y podría ser también el título de este artículo. Un elogio a un pueblo honrado, solidario, sacrificado, pero prisionero de un Gobierno que antepone el interés personal al bien común; y una petición que bien puede calcarse de la del poeta: que España expulse a esos demonios; que sea el hombre el dueño de su historia. Y las mujeres, oiga.

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