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Para cuando vengan tiempos malos

Ya han tenido impacto en el crecimiento las nuevas amenazas en la economía mundial: el populismo económico de Trump o los partidarios del Brexit duro

Foto: Rui Vieira | AP

Siguen sin despejarse las grandes incertidumbres que están comprometiendo el presente crecimiento económico. Y la inflación continúa bajo mínimos. De ahí que la tentación de sacar otra vez toda la munición para apuntalar la expansión y dar estabilidad a los precios sea muy grande. En un caso, por el afán de dejar un legado intachable y alcanzar los objetivos del mandato recibido. En el otro, por la presión de la proximidad de las elecciones presidenciales. Pero en ambos, el arsenal no sólo se ha visto diezmado tras años de generosos estímulos, si no que su eficacia ha sido puesta ahora en duda. Se trata del Banco Central Europeo (BCE) y la Reserva Federal estadounidense (Fed). Y de su capacidad de responder a las desafiantes, por inestables, circunstancias económicas sin erosionar su credibilidad ni comprometer su futuro margen de maniobra en caso de torcerse aún más las cosas. Sus anuncios de intervenir en los mercados, otrora más que suficientes para cambiar el ánimo de los inversores, no parecen hoy surtir el mismo efecto.

Tras haber gastado 2,6 billones de euros, el caso del BCE, y 4,25 billones de dólares en el de la Fed, de sus respectivas reservas durante los años que duró el programa de Quantitive Easing (expansión cuantitativa) y que terminó el pasado año en ambos casos, la irregular recuperación ha vuelto a poner el foco en la capacidad de respuesta de las dos instituciones. Ambas compraron activos por esas exorbitantes cantidades a las entidades financieras de sus respectivas zonas geográficas para dar liquidez al sistema financiero y reactivar el crédito, pero llenaron también sus balances de dudosos e incluso tóxicos activos, además de bajar los tipos de interés a mínimos históricos. Sus políticas lograron consolidar la recuperación, con más claridad en el caso estadounidense, pues la Fed ha subido incluso sus intereses anticipándose a las posibles presiones inflacionistas que podía traer el robusto crecimiento. A diferencia de la eurozona, donde las cosas han ido más lentas; el crecimiento ha sido más débil y, aun habiendo mantenido los tipos en mínimos, no se ha logrado alcanzar el objetivo del 2% de inflación fijado en el mandato de la institución.

Las nuevas amenazas que se ciernen sobre la economía mundial, en cuyo origen está el populismo económico de Donald Trump, con su política proteccionista en nombre de America First, o en los partidarios del Brexit duro que representa el nuevo primer ministro Boris Johnson, han tenido ya impacto en el crecimiento, como ha confirmado el Fondo Monetario Internacional. Pero sobre todo lo están teniendo en las previsiones de los agentes económicos. Lo que puede marcar una tendencia preocupante. Frente a estas inciertas expectativas, la política monetaria vuelve al primer plano. Todos esperan algún gesto de las autoridades monetarias que despeje el camino. Pero ni estas cuentan con las mismas armas ni las declaraciones del europeo Mario Draghi o el estadounidense Jerome Powell parecen tener la misma eficacia. Es más, en algunos momentos el mercado ha demostrado volverse en su contra. Sus avisos se reciben con más alarma que confianza.

El economista jefe de un gran banco estadounidense resumía así la cosa: “Safe the cut for a rainy day”. O lo que es lo mismo: “Guárdese la bajada para cuando vengan de verdad los malos tiempos”. Aplicado al caso de EEUU, la advertencia cobra sentido pues allí los datos son mixtos. El consumo y el empleo siguen siendo boyantes, pero las expectativas de ventas de las grandes compañías son las más bajas de los últimos nueve años. Y la Fed se encuentra en la encrucijada de anticiparse a ese bache aun a riesgo de calentar el consumo y los precios o de esperar a confirmar el enfriamiento de la economía. Y mientras sufre la presión de un presidente, Donald Trump, que no conoce los límites de su mandato ni entiende de la independencia de la institución y que anda preocupado de que sus posibilidades de ser reelegido en las presidenciales de 2020. Si la Fed baja los tipos de interés ahora, puede que la inflación aumente y que la institución queme los cartuchos que necesita gastar en el caso de que la economía se enfríe de verdad.

En el caso europeo, Super Mario ha dejado claro el pasado día 26 que antes de terminar sus ocho años de mandato en octubre piensa poner en marcha un importante paquete de estímulos que por fin acerquen la inflación al 2% o incluso por encima. Un objetivo fallido hasta ahora. El tipo que consiguió salvar al euro con su célebre frase de que haría “todo lo necesario para lograrlo y créanme será suficiente”, ahora está empeñado en lograr que los precios de la eurozona suban al menos el 2%.  Lo que no ha conseguido en ocho años, ¿lo puede conseguir en dos meses? En esa clave se ha leído su última intervención. Fue contundente, como cuando dijo eso de todo lo necesario, pero la realidad es que el efecto de sus palabras ha sido mínimo.

¿Será que la guerra comercial se va a librar en clave de guerra del valor de las monedas? ¿De los tipos de cambio? Si la inflación sube y los tipos de interés son bajos, el valor de la moneda baja porque la rentabilidad en los activos denominados en esa moneda es escasa o incluso negativa. A eso puede que aspire Mario Draghi. Europa es una superpotencia exportadora. Veremos. Lo que es cierto es que la munición con la que cuentan los bancos centrales a ambos lados del Atlántico está muy tocada y la eficacia de sus políticas está en cierta medida comprometida. ¿Será que está ganando la batalla el populismo económico a la tradicional capacidad de respuesta de las hasta ahora sacrosantas autoridades monetarias internacionales? En estos tiempos de incertidumbre, ¿qué sabe nadie? Como bien cantaba Raphael.

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