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Para, mujer, para dejar de luchar

Foto: Vincent West | Reuters

Me piden un artículo para el 8 de marzo y me siento como el soneto que me manda hacer Violante. Todo lo que puede decirse sobre igualdad y feminismo ya se ha dicho. Se lleva diciendo cien años. Se ha protestado, se ha quemado en las fábricas, se ha luchado en los manicomios, se ha muerto y se ha amamantado. No estamos donde hace cien años, está claro, pero seguimos gritando las mismas consignas, y para mí, el feminismo en los países desarrollados, ese por el que vamos a parar el 8 de marzo, ya debería ser otra cosa. Ya debería ser una fuerza de la gravedad. Quizá lo es, espero que lo sea, aunque temo que las miradas injustas y las acciones desmedidas que provoca en los círculos reaccionarios frene de nuevo su avance. Espero que ya esté aquí, lo está, aunque temo que, a pesar de su valentía, corre el peligro de caer en la última valla, de salirse de la pista en el último segundo, de mandar a la red la última pelota. Porque somos mujeres, pero vemos las cosas muy distintas unas de otras y a veces tiramos en direcciones opuestas o hay quien tira hacia los hombres, cuando los hombres solo son personas y son las costumbres y las conductas sociales, las que deben caer.

Creo que es fácil tirar hacia el mismo lado si estamos unidas en los puntos básicos. Igualdad de salarios, igualdad de horarios, conciliación familiar, respeto. El feminismo es una lucha por la igualdad y que exista o no exista esta igualdad no es opinable, porque sigue sin existir y yo no votaré a un solo político que finja que no existe una carencia real de igualdad o que mire para otro lado. Ya está bien. Ya lleva cien años estando bien.

Ahora, como es Violante la que me manda hacer este soneto, pero yo no sé hablar de feminismo, ni siquiera deseo hablar de feminismo, voy a hablar de mi vida, que en eso sí que soy una experta. Voy a hablar de cómo mi madre se levantaba a las seis de la mañana para dejarnos la comida hecha antes de salir de casa, de cómo volvíamos solos del colegio, comíamos solos, mientras ella estaba en la oficina. De cómo durante muchos años, mi madre escribía a máquina sus crónicas en la mesa de la cocina, y no en una redacción, porque su jefe era su marido y no estaba bien visto entre los jefes del marido, que un hombre le diera trabajo a su mujer por muy competente que fuera la mujer. Como sigue sin estarlo hoy día, por cierto. Yo he trabajado codo con codo con mujeres así, que hacían el doble de trabajo que los demás para que no las acusaran de nepotismo. Tradicionalmente, se consideraba que las mujeres que trabajaban para sus maridos eran una suerte de inútiles que no hacían nada y ponían la mano para cobrar cuando, tradicionalmente, las mujeres que trabajan hoy y han trabajado siempre para sus maridos, suelen ser monumentos al esfuerzo y al sacrificio, les hacen el trabajo sucio, el trabajo pesado, de peón en la sombra, y encima, los apoyan con los hijos, la vida, las ideas, el esfuerzo, la moral y los enemigos, los ayudan a triunfar… para que el éxito y la fama y los premios, se los lleven ellos y en la crisis de la mediana edad les dé por cambiarlas por una chica más joven, más elástica y más independiente. Hoy sigue siendo así.

Podemos hablar de acoso sexual, aunque ahora no sé si está bien visto por mis compañeras que diga que a mí me metió la lengua hasta el píloro un profesor de natación repugnante, cuando yo era menor de edad. Yo le dejé porque tenía que firmarme unas prácticas y bueno, da igual, me too, no solo fue un beso con babas, pero al final, es cierto que acabas poniéndote en el papel de víctima si das muchos detalles, no porque lo seas, sino porque la sociedad te coloca ahí para volver a hacerte de menos tanto si lo cuentas como si no lo cuentas. De eso he tenido mi buena dosis, de acosos reales.

Puedo contar la historia de aquel tiparraco que me arrastró del pelo mientras blandía el cuchillo en mi cara. El primero que me hizo sentir como una hormiga, diminuta y mujer. Creo que esa fue la primera vez, a mis trece años, que pude comprobar lo que es ser físicamente débil y fue mi conciencia de ser más débil lo que hizo que desde ese momento modificara mi forma de relacionarme con los agresores. Pero ojo, señor juez, señor policía, señor padre, si yo no he luchado a patadas con otros muchos tipos, a los que he llegado a guiñar el ojo en complicidad, fue porque me quería viva, así que sería bonito que si hay denuncia, el beneficio de la duda de quién es o no un agresor, se lo demos, con generosidad, a la muchacha.

He salido de los encontronazos, como siempre salgo, fortalecida. Unas veces me he escapado de las situaciones incómodas propias de mi sexo con las tradicionales armas de mujer, otras me han relegado por ser demasiado fuerte y en general, los hombres de mi vida me han tratado con el máximo respeto. Es cierto, muy cierto, que hay hombres que no aceptan laboralmente que una mujer sea más inteligente que ellos. Lo dejo pasar. Ese puente nunca lo he sabido cruzar. No hay ley para eso. Los vestidos. Mmm. Bueno, a mí me gustaba ir sexy, sentirme sexy, ponerme faldas muy cortas y me importaba un pito que me llamaran puta. Me lo han llamado. Me han llamado de todo. Las mujeres y los hombres, pero sobre todo, me lo han llamado las mujeres. Poca sororidad ahí. Si cada vez que una mujer se pone ceñida y escotazo la vamos a criticar o por puta o por poco feminista, o por ser víctima del machismo dominante, pues miren, qué deja vu de adolescencia, ¿no? Como soy una inconformista y sospecho de todo, no me fío nada de este feminismo que todo lo saca de contexto, que para todo tiene una exclamación y que equivocadamente, en mi opinión, trata de reprimir lo cipotudo con lo vaginudo. Lo vaginudo me avergüenza y me hago pequeñita en el cine cuando las mujeres aplauden a una señora que arroja cócteles molotov contra una comisaría de policía, tomándolo como una reivindicación de igualdad. Lo siento, pero mis trompas de Falopio no son mi bandera. No pienso en ellas más de lo que pienso en un pulmón o en la parte estrecha del hígado. Mi bandera es la pirata, de toda la vida. Tampoco aguanto esa obsesión por ver el elemento denigrador en cada fotografía de Facebook, como la de Jennifer Lawrence en traje de noche y sus compañeros con abrigo y bufanda. Mira, si ella quiere pasar frío durante los treinta segundos que tarda el fotógrafo en disparar porque le pagan un pastizal por que se vea el modelo de Dior, pues déjala, que haga lo que quiera. Tampoco me importa nada el vestido de la Pedroche, porque todos sabemos que está hecho de la tela del traje del emperador y que la muchacha va desnuda, DES-NU-DA, y que se trata de ser trending topic, o de ganar cada año más dinero, no de tener una moral moderna, antigua o castellana. Si el feminismo va a basarse en la solución al dilema de si una señora debe o no debe dar las campanadas en maillot de patinadora, me bajo de opinar.

Aquí se trata de reivindicar que cesen las realidades no opinables. Se trata de lograr más derechos, no de perdernos en los mil recovecos del día a día de media humanidad. Porque somos más de la mitad de la humanidad, y eso es un montón de gente con sus miles de religiones, tradiciones y chaladuras.

Esto va de que sigamos dando por saco para que se promulguen leyes y se repartan multas, para que se hagan inspecciones en las empresas, para que la desigualdad se persiga en todos los ámbitos legales y normativos de la sociedad, para que la precariedad no alcance primero a las más débiles o las que no pueden escoger y va de que las madres no tengamos que sacrificar el amor y juguemos al mismo juego de los hombres con unos horarios europeos e igualitarios, va de que las mujeres que vieron a sus madres sufrir no sacrifiquen conscientemente su propia maternidad por miedo a no llegar a todo.

Yo voy a parar el 8 de marzo. Ese día no llevaré a mis hijos al colegio. No iré a comprar, para que el paro sea más visible. No escribiré una palabra. Es lo menos que se puede hacer cuando la causa es justa. Si eres mujer, para el día 8. Para, mujer, para dejar de luchar.

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