THE OBJECTIVE
Arman Basurto

Patrias

«Todos, en mayor o menor medida, jerarquizamos el valor de la vida en base a unos parámetros personalísimos»

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Patrias

Patria es, en general, un buen título para cualquier cosa. Es sonoro, escueto, y consta de una palabra que es difícil que no lleve aparejada una carga connotativa importante para quien la escuche. Pero Patria es, sobre todo, un título excelente para una obra que glose lo acontecido en el País Vasco durante las últimas cinco décadas. El título pone el foco sobre el nacionalismo, sí, pero no solo: da una medida exacta de cuál fue el elemento que se situó por encima de la jerarquía de valores de todo un sector de la sociedad vasca. Podía haber sido cualquier otra causa (o tal vez no), pero resulta indudable que, en este caso, el vellocino de oro fue la patria.

Si partimos de la base de que las sociedades occidentales de herencia cristiana conciben el derecho a la vida como un absoluto (con muchos matices), y que el respeto a este derecho se sitúa en la cúspide de la jerarquía de valores de nuestra sociedad, no resulta difícil intuir cuáles son los peligros que comporta subordinar dichos valores a un horizonte emancipatorio escogido de forma arbitraria.

Aramburu acierta, a mi juicio, situando esta cuestión en el centro de la novela. Su relato de lo sucedido es ecuánime, pero no falsamente equidistante; y es decididamente condenatorio, pero no tiene miedo de hacer un ejercicio de empatía para comprender las motivaciones de quienes terminaron apretando el gatillo. Si el autor pudo condensar todo ello (y relatarlo sin perder la brújula moral en ningún momento) es precisamente porque en ningún momento huyó el rostro a la piedra angular de la barbarie etarra: el sacrificio de toda una jerarquía moral en aras de un fin nacionalista.

Pero hay igualmente en Patria ejemplos que muestran cómo todos relajamos en un momento u otro esa jerarquización interior que sitúa a la vida ajena en la cúspide de la pirámide. Son cuestiones pequeñas, matices si se quiere, en absoluto comparables a la enajenación patriótica que lleva a asesinar a una persona a sangre fría. A estas pequeñas cuestiones podríamos llamarlas pequeñas patrias, y por desgracia han estado muy presentes en el discurso de quienes se situaron frente al terrorismo y su atroz banalización de la vida humana.

Ahí va un ejemplo: en la novela de Aramburu, el muerto (que no es otro que el Txato), era una bellísima persona.

Ello conduce a una afirmación algo obvia: ETA mataba a buenas personas. Desde un punto literario, tiene todo el sentido buscar maximizar la empatía del lector construyendo un arquetipo como el del Txato: su trayectoria como trabajador, su vida familiar… incluso los gestos de ternura que en ocasiones sus amigos no tuvieron con sus propios hijos. Pero lo que puede ser útil para un narrador puede ser igualmente peligroso para quien busque extraer claves morales del texto. ETA mató a buenas personas, sí. Pero también a personas odiosas (y no me refiero a los años de la dictadura). Que el Txato fuese una buena persona no convierte en más atroz el crimen que acabó con él. La acción de asesinarlo hubiese sido idénticamente reprochable si este hubiese sido un pésimo marido, un padre ausente, o tal vez un jefe despótico. Asumir lo contrario incluso de forma implícita (como se hace con frecuencia en los análisis que se hicieron del libro, y en los que hoy se hacen de su estupenda adaptación para la pequeña pantalla) nos conduce por un terreno resbaladizo.

Volvamos ahora la mirada a otros rasgos más claramente vinculados a la fanfarria patriótica. El Txato era vasco. Era, de hecho, lo que coloquialmente se entiende por muy vascoEuskaldunabertzale, del pueblo de toda la vida… se trataba de un hombre que era prácticamente la barra de iridio de ‘lo vasco’. De hecho, el mismo personaje se pregunta, en un momento de la novela, cómo es posible que aquello le estuviese sucediendo a él, siendo todo un abertzale. Hasta ahí bien. Son las tribulaciones lógicas de un hombre en una situación como la suya. Pero la cuestión de los atributos nacionales del Txato conduce a preguntas menos amables: si el asesinado hubiese sido un acaudalado banquero de Neguri que despreciaba la lengua vasca, ¿hubiera generado su crimen un menor grado de empatía? ¿Hubiera sido menos monstruoso el crimen si el muerto, en vez de ser abertzale, hubiese sido un monárquico a la manera de Gregorio Balparda? Y lo que es más inquietante, ¿habría alcanzado Patria el grado de consenso del que disfruta actualmente en la sociedad vasca si el asesinado no hubiese sido el Txato, sino un Delclaux cualquiera?

Son preguntas pertinentes, algo difíciles seguramente, pero cuya urgencia viene probada por la facilidad con la que el sesgo manifestado en el libro se traslada a la vida real. Todos los años, en el aniversario del atentado de Hipercor, las crónicas periodísticas suelen hacer un cierto hincapié en que los fallecidos eran de clase trabajadora. Es un énfasis levísimo, casi como el aleteo de una libélula, pero lleva inevitablemente a que el lector avezado se pregunte con qué palabras aparentemente superfluas se rellenarían las columnas si el que hubiese saltado por los aires hubiese sido el parking del Corte Inglés de Pedralbes, en lugar del Hipercor de Avenida Meridiana. El mismo Otegi, sin ir más lejos, se refirió en una ocasión al atentado para decir que nunca tuvo que haber ocurrido, e hizo, cómo no, énfasis en que se trataba de «gente trabajadora humilde haciendo la compra». A pesar de la polvareda que acostumbran a levantar las declaraciones del líder espiritual de la izquierda abertzale, aquella observación pasó sin pena ni gloria ante los ojos de la opinión pública.

Todos, en mayor o menor medida, jerarquizamos el valor de la vida en base a unos parámetros personalísimos. Nuestras reacciones a las catástrofes o a las muertes de personajes famosos así lo atestiguan. Pero lo que es un rasgo de humanidad (el carácter soberano y algo arbitrario de la empatía) no debe conducir a un debilitamiento del valor absoluto de la vida. Las jerarquías que con frecuencia se establecen entre víctimas, y que generalmente no tienen mayor finalidad que el impulso loable de ensalzar a algunas (sin ser conscientes del menoscabo implícito a las demás), pueden terminar contribuyendo a ensanchar algunas de las grietas por las que todavía hoy corren el riesgo de caer sociedades como la vasca, y a diluir lo absoluto de la condena que merecen según qué actos.

La construcción del personaje del Txato es solo un ejemplo de ello, y no es óbice para que la obra de Aramburu haya sido netamente positiva para la sociedad vasca. Pocos testimonios más fieles se han escrito sobre el padecer silente de las víctimas, y muy especialmente las que vivían en pueblos pequeños. Por eso, sería ridículo convertir al escritor donostiarra en chivo expiatorio de algo que todos hacemos en mayor o menor medida. Acabar con los sesgos inconscientes que nos llevan a categorizar el mal absoluto debe ser un esfuerzo personal. Miremos dentro de nosotros mismos. Seguramente nos queden muchas otras patrias por descubrir.

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