Anna Grau

Pobre Trapero roto

"Siempre supe que Trapero acabaría mal. Lo supe desde que vi cómo entre todos le ponían por las nubes en plan Clint Eastwood del 'procés'"

Opinión Actualizado:

Pobre Trapero roto
Foto: Fernando Villar
Anna Grau

Anna Grau

Anna Grau es periodista y escritora y ha sido todo eso en Barcelona, NYC y Madrid.

Parece de canallas meterse con la Policía al día siguiente de un atentado. Por eso pocos días después del 17 de agosto de 2017 muchos nos mordíamos la lengua, la mano y el hígado antes de decir lo que pensábamos: que un poco por su inexperiencia total en asuntos de terrorismo, y otro poco porque antes morir que coordinarse con la Guardia Civil o con la Policía Nacional, los Mossos d’Esquadra se habían comido el atentado de las Ramblas, un atentado que acaso se pudo prevenir o por lo menos minimizar. Sobre todo tras los avisos de la CIA. Y tras el descubrimiento de tantas bombonas de butano en la casa de Alcanar. Por no hablar de los terroristas abatidos en el sitio cuando a lo mejor se pudo tirar no a matar sino a herir para luego interrogar… Duele escribir estas cosas, duele incluso pensarlas, por eso muchos nos callábamos.

Hasta que empezó el circo.

Yo no me lo podía creer: ¿no solo no se daban por enterados de su insuficiencia, sino que encima lo presentaban como un exitazo del separatismo? ¿Era real la rueda de prensa del entonces conseller de Interior y actual condenado por el 1-O, Joaquim Forn, diferenciando institucionalmente entre “víctimas catalanas” y “víctimas españolas”? ¿Era concebible que la manifestación a favor de las víctimas se convirtiera en un festival de pitadas al rey? Por no hablar de las ignominias publicadas más recientemente contra el CNI.

Recordemos que el verano del 17 era el verano inmediatamente anterior a los famosos plenos de la vergüenza en el Parlament de Catalunya, cuando se mascaban las “leyes de desconexión” y otras astracanadas que sus mismos promotores no sabían muy bien por dónde coger. Hasta que el atentado pareció quitarles los últimos complejos. Yo escribí el 29 de agosto un artículo que principiaba así:

“Hace solo una semana advertí aquí, aquí mismo, de que en Cataluña está incubándose un huevo de odio que el desdichado atentado en las Ramblas amenaza con romper incluso antes de tiempo. Antes de que los políticos puedan desdecirse de muchas de sus barbaridades, reinventarse todo lo que se tienen que reinventar de aquí al 1-O. Y de que los pobres Mossos d’Esquadra puedan salir del puente de cuerda colgante como el de las películas de Indiana Jones en el que, insisto, se balancean expuestos a caerse de culo a todos los abismos, el mayor Trapero el primero…”.

Siempre supe que Trapero acabaría mal. Lo supe desde que vi cómo entre todos le ponían por las nubes en plan Clint Eastwood del procés. En especial tras espetar su muy celebrado “bueno, pues molt bé, pues adiós”… a un periodista que amenazó con irse de una rueda de prensa si las respuestas en catalán no se traducían, por lo menos, al castellano.

¿Dije Clint Eastwood del procés? Igual me quedo corta. Pasen y vean el musical que le dedicaron en el programa de sátira/propaganda política Polònia en TV3… Atención al siguiente vídeo, que no tiene desperdicio…

Una de las cosas más crueles del procés es cómo ha mercadeado con el afán de cualquiera de integrarse en la comunidad en la que vive, y de prosperar en ella, para plantar la semilla del diablo de la exclusión. En la Cataluña pujolista, al hijo de un taxista de Valladolid le bastaba con aprender catalán para aspirar a todo. Ahora con eso no tienen ni para empezar. Ahora para ser un buen catalán, un catalán de éxito, hay que renegar de lo que has sido o eres. Hay que ir contra algo o alguien.

Igual que la white trash americana cree dignificarse odiando a los negros y no aceptando que son libres e iguales ante la ley, existe una white trash catalana que obtiene su única autoestima de machacar lo español. Y de negar lo evidente. Los peores levantan una oleada de bajeza que arrastra a los ingenuos, incluso a veces a los mejores. Hay en Trapero algo que conmueve. Un destello de apagadas cualidades que en cualquier otra circunstancia, momento o destino habrían podido brillar y hacer de él un gran policía. Quién sabe si hasta un gran hombre. Cualquier cosa menos otro juguete roto del separatismo institucional. Otra víctima del procés. Qué caro se paga a veces ser uno de los nuestros.

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