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Salida de emergencia

Foto: ALBERT GEA | Reuters

Uno de los tópicos más insidiosos de cuantos ha generado el procés es la afirmación de que los políticos han engañado a la gente, como si lo reprochable, antes que el intento de golpe de Estado, fuera la ineficacia de los golpistas. “Habéis jugado con nuestras ilusiones”, claman los dolientes, limitando la responsabilidad de los Mas, Puigdemont o Junqueras al hecho (¡im-per-do-na-pla!) de no haber obrado con la solvencia que la empresa requería.

Ni que decir tiene que tales ilusiones son legítimas, como legítima, entiéndase, es la incontinencia del anciano. Un independentismo, ay, de buena fe. El corolario de semejante análisis se resume en la necesidad de gestionar la frustración colectiva, sin que sepamos, por el momento, si el Estado va a tener que costear el psicólogo a dos millones de tarados. Siempre Boadella.

Los partícipes de la teoría del engaño suelen arracimarse en torno al proteico mundo de la equidistancia. Tras una vida declinando la realidad en sesudos ensayos, hoy invocan fantasmagorías como el honor o la seriedad para explicar lo ocurrido en Cataluña. Cualquier evasiva es útil si sirve al propósito de salvar al pueblo y, sobre todo, salvarse ellos. ‘También yo me lo creí’, imploran.

Lo que creyeron se resume en que el Sí del referéndum llevaría a la independencia y el mundo la reconocería. ‘Fue lo que nos dijeron’, se excusan. Así la tonta en mitad de la orgia.

Mas no hay cuidado. Ante la imposibilidad de celebrar su agudeza, la afición llorará su humildad, entreteniendo la espera de su próximo panfleto: yo fui una esclava del 1-O.

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