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Tarde, mal y nunca

Reconozcámosle a Rivera la capacidad de supervivencia y una alegría en guillotinar cabezas opositoras que nada tiene que envidiar a la de Robespierre

Foto: Ballesteros | EFE

Albert Rivera es un político experimentado. De hecho, lleva más de una década dedicándose al ejercicio parlamentario merced a un partido que nació, entre otras cosas (pocas más, ya que no cuela el piste de los tontos que sostienen que la inmersión lingüística en Cataluña fue fundamental, puesto que si así hubiera sido yo no habría firmado su manifiesto primero), para cercenar la política como profesión viciosa sirviendo de leal dique de contención ante el desbocado nacionalismo. Principalmente, para encontrar refugio ante la traición del PSC y la tibieza siempre acomplejada (antes de la aparición discreta de un tipo tan inteligente y divertido como es Alejandro Fernández) del PP. Y digo que Rivera es tan experimentado que tal vez se le haya pasado el arroz. Lo conocí cuando, con un corazón siempre disecado y una cabeza amueblada para medrar, se había olvidado, a los veinte años, de la firma de afiliación en el PP y empezaba su ascensión de sonrisa comercial y verborrea de universidad pagada en sectoriales del neófito partido Ciutadans. En esos años en los que uno todavía admiraba la casaca de cuero al frente del ejército rojo y las perspicaces críticas literarias de Trotsky.

Reconozcámosle a Rivera la capacidad de supervivencia y una alegría en guillotinar cabezas opositoras que nada tiene que envidiar a la de Robespierre. Aunque todo lo que huela a izquierda y socialdemocracia a nuestro hombre le saca de quicio y se pone muy rabioso. Como esos jugadores antipáticos que niegan el saludo al vencedor tras el deportivo encuentro.

Después de un mes a la bartola, ahora le urgen las urgencias y plantea unos mínimos de investidura que no engañan a nadie porque van destinados a salvar la cara en unas más que probables nuevas elecciones. Las estupendas ideas de su equipo de (in)comunicación.

Por no hablar de su cobarde deserción en Cataluña. La primera fuerza ilusionante que no tuvo redaños para plantear una investidura que se midiera con el zángano Torra. Todos a Madrid. Si yo pudiera también lo haría, es verdad. Pero no dejen de panyora a una trémula chica que levantaba el brazo porque no quería tener problemas en la oficina. Seamos serios. Y Rivera y sus ciudadanos no lo son.

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