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¿Tiene límites la libertad de expresión? Respuesta corta: no

Muchos me han reprochado un tono excesivamente ditirámbico en mi artículo En defensa de la libertad de expresión hace quince días aquí en The Objective. Abogar en pro de esa libertad está bien, vienen a decirme, pero ¿qué hay de sus razonables limitaciones? “Toda libertad tiene límites”, “tu libertad acaba donde empieza la mía”, “está bien la libertad, pero no el libertinaje” y otros cuantos proverbios de similar jaez solían acompañar tan amables amonestaciones.

Como firme partidario de la libertad de expresión, agradezco que la gente haga uso de ella justo para lo que ese artículo (y Stuart Mill) defendían: para ayudarnos a avanzar en el conocimiento. Pues es cierto que en ese artículo omití la espinosa cuestión de qué límites legítimos podrían imponerse a la libertad de expresión. Y es cierto también que ahí se juega gran parte de este asunto. Pocos hoy en día se atreven a condenar de plano tal libertad; ¡ah!, pero a la hora de definir sus presuntamente razonables límites pueden a menudo dejarla tan recortada como una mujer tras pasar por manos de Jack el Destripador. (Y Jack también pensaba que eso era lo razonable).

Ahora bien, si no abordé el problema de los límites de la libertad de expresión en aquel texto es por lo que el título de este explicita: porque creo que no existen. Uno tiene derecho a dejar que fluyan sus ideas sin importar lo tremendamente feotas que nos parezcan a los demás. De hecho, las ideas más originales son justo aquellas que nadie se ha atrevido a pensar antes, a menudo porque la presión social nos lo impedía. Sería absurdo usar esa presión social, con sus ofendiditos y escandalizaditos, para coartar tales ideas y el progreso que pudieran proporcionarnos (ya sea al apoyarlas, ya sea al aprender a rebatirlas).

Esto parece especialmente importante recordarlo hoy, en que tantos límites espurios se intenta imponer a esta libertad. No ya, por supuesto y como siempre, en los países autoritarios, sino en medio de nuestro democrático Occidente; y no solo por parte del poderoso Estado, sino de más y más gente que se une a la batalla contra la libertad de expresarse… de los demás.

Gente como los directivos de Google, que acaban de despedir a un biólogo, James Damore, por expresar ideas científicas que no les gustan.

O como los universitarios de Middlebury, que atacan al politólogo Charles Murray mientras este intentaba dar una conferencia que al final debió cancelar (y, de paso, le tuercen el cuello a un profesor que le acompañaba pero, curiosamente, era el encargado de oponérsele en el debate).

O como el Estado canadiense, que corta toda financiación científica al psicólogo Jordan Peterson, antiguo profesor de Harvard, justo cuando este cobra fama por opinar contra el proyecto gubernamental de multar a quien no use con cada persona el apelativo que esta elija entre los más de 70 géneros que hoy Facebook reconoce.

O como los casos que semana tras semana reporta The Heterodox Academy, asociación fundada en EE. UU. por Jonathan Haidt, preocupado por la creciente dificultad para expresar en sus universidades ideas que no coincidan con las de la mayoría (en varias disciplinas, el profesorado se adscribe en un 95 % a la izquierda). Una reciente encuesta de esta organización, por ejemplo, apunta a que los estudiantes conservadores y centristas sienten a menudo auténtico pavor a que los profesores les penalicen por dar sus verdaderas opiniones en clase, a diferencia de los izquierdistas: algo que sin duda impide que la universidad sea el espacio de libre debate que debería ser.

En medio de tan umbroso panorama, no viene mal empezar por un contundente “no” ante la pregunta de si estamos legitimados para, repletos de bondad, censurar las opiniones que nos disgustan. Ahora bien, seguramente al lector le están viniendo a las mientes casos en que sí le parece razonable prohibir que se digan ciertas cosas: por ejemplo, negarle el derecho a un gracioso a gritar “¡Fuego!” en un teatro repleto para provocar una aglomeración y, posiblemente, muertos y heridos en la estampida (el ejemplo es de Oliver Wendell Holmes). O prohibir que un mafioso entre en mi negocio y me explique que, si no le pago cierta cuota mensual, tiene la opinión de que muy probablemente los cristales de mi escaparate se quebrarán pronto (y quizá mi familia sufra algún quebranto más). O impedir que, ante una airada multitud que protesta por el problema X, su cabecilla grite desde el estrado que el culpable de su problema X es un señor que entonces pasaba por allí, y anime a los concurrentes a darle al malhadado el palizón que se merece.

En efecto, en todos esos ejemplos (y varios más) sí que resultaría razonable prohibir al gracioso, al mafioso y al cabecilla que hagan lo que hacen; y castigarlos por su comportamiento. ¿Va esto en contra de lo que he dicho sobre los no-límites de la libertad de expresión? No, porque en todos esos casos no estamos en realidad ante la libre expresión de ideas por parte del graciosillo, del mafioso y del cabecilla. Para aclarar esto un poco más, debo explicarle al lector algunas nociones básicas de filosofía del lenguaje; pero prometo que seré lo más breve posible.

Veamos: el lenguaje sin duda sirve para expresar ideas, y es ahí donde debe fluir carente de límite alguno, sin importar lo muy bondadoso que se nos presente el limitador (que, por cierto, siempre se nos presenta de manera bondadosa, ya sea nombre de la moral, la religión, los Derechos Humanos, la fraternidad universal o la defensa de los débiles). Pero el lenguaje no solo sirve para eso. Como diría uno de los principales filósofos del siglo XX, J. L. Austin, el lenguaje también sirve para “hacer cosas con palabras”.

Creo que con un ejemplo se entenderá mejor esto. Cuando yo le prometo a alguien que mañana iré a instalarle internet en su casa para que pueda disfrutar de The Objective, no solo estoy expresándole una opinión sobre el mundo. Estoy también haciendo algo: comprometerme a ir. Eso que hago (mi compromiso) suena a una buena acción en el caso que acabo de poner (al fin y al cabo, gracias a mí podrá mañana leer nada menos que The Objective).

Pero también podría ser una mala acción. Fijémonos en el caso que adujimos antes del mafioso: cuando él viene a decirme que o le pago o mañana mi escaparate estará roto, tampoco está solo expresando ideas sobre el mundo (como haría, por ejemplo, una pitonisa o un meteorólogo que predijeran que mañana una granizada romperá mi cristal). En realidad, está haciendo algo con sus palabras: está amenazándome. Prohibir sus amenazas no sería, pues, limitar su libertad de expresión: sería limitar su capacidad de hacer otra de las cosas que se puede hacer con el lenguaje, aparte de expresar ideas: amenazar.

J.L. Austin estaba convencido de que muchos de nuestros problemas filosóficos venían de que no habíamos aprendido a distinguir entre estas dos funciones del lenguaje: una para constatar hechos u opiniones sobre el mundo, otra para hacer cosas en el mundo (Austin llamó a esta segunda función “performativa”). De similar manera, creo que muchas dificultades para entender la libertad de expresión provienen también de ahí, de no distinguir entre expresar ideas y hacer otras cosas con el lenguaje: algunas de ellas, perfectamente censurables.

Así, es fácil entender que el graciosete que grita “¡Fuego!” en el teatro para causar pánico no está tampoco “dando su opinión”; ni el que incita a apalizar a un ser humano está solo expresando “cómo opina que estará de dolorido el cuerpo de la víctima dentro de un rato”: están haciendo otra cosa (participar en la acción que creará cuerpos doloridos un rato después de sus gritos). Tampoco el que se pone a gritar en un cine o una conferencia, impidiéndonos a los demás disfrutar de ellos, está “expresando opiniones”: está produciendo ruido. Y hacerle callar no será ir contra su libertad de expresión, sino negarle el derecho a impedirnos a los demás escuchar. O, por poner un ejemplo más, el que se pone a persuadir a una niña de siete años de que mantenga una relación sexual con él, tampoco está “contándole sus ideas”: está insinuándosele, y esta es una acción que podemos perfectamente optar por prohibir.

En suma: cuando usamos el lenguaje para “hacer cosas”, naturalmente muchas de esas cosas que se hacen podrían ser ilegales o incluso punibles. Pero ello no afecta en modo alguno al derecho a usar el lenguaje para expresar opiniones, que debe permanecer ilimitado. Incluso aunque esas opiniones creen luego reacciones de ofensa en la gente: esas reacciones son ya cosa del ofendido (la prueba es que unos se ofenderá y otros no), no es la acción concreta que realizó el que meramente opinó.

Permítame el lector (como no estamos en Canadá, no preciso decir también lectora, lectore, lectoro y lecturu) que concluya este artículo con un pequeño acertijo. Su fin es comprobar si ha comprendido a J. L. Austin sobre el lenguaje “performativo”. Ahí va:

En esta última frase del artículo afirmo que con ella acabo este artículo; ¿hago entonces acaso, amigo lector, un uso performativo del lenguaje al decir que termino cuando de hecho termino?

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