José Carlos Rodríguez

Un bello cadáver

«Un partido creado por intelectuales acabó siendo liderado por Albert Rivera, que esparció frases de autoayuda por las sedes de Ciudadanos. Bien, un líder como Rivera necesita reforzar su carácter con consejos de galletitas de la suerte. Pero quizás no fuera suficiente»

Opinión

Un bello cadáver
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José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

La narración de esta historia comienza como un episodio de CSI: con la melancólica contemplación de un bello cadáver tendido sobre el suelo. Ciudadanos ha sido lo mejor que ha producido la política española. Un movimiento creado no desde el centro, sino a izquierda y derecha, a favor de la libertad y la igualdad, pero también de nuestra Constitución, y en contra el nacionalismo. Una ideología que es semilla de enemistad civil, escarnio de la razón, y antítesis del Derecho.

Un partido creado por intelectuales acabó siendo liderado por Albert Rivera, que esparció frases de autoayuda por las sedes de Ciudadanos. Bien, un líder como Rivera necesita reforzar su carácter con consejos de galletitas de la suerte. Pero quizás no fuera suficiente. Rivera es un chico de derechas, que militó en el PP y que ambicionaba ocupar el lugar de Pablo Casado. Lo intentó, y a punto estuvo de conseguirlo. Recabó 57 escaños en el Congreso de los Diputados, sólo nueve menos que los 66 del Partido Popular. Con un PP en las peores circunstancias, liderado por un candidato con una capacidad electoral por descubrir, y obligado a reaccionar a diario por sus casos de corrupción, Rivera llegó todo lo lejos que podía por ese camino.

Se envenenó de balón, y continuó con una jugada que no se podía ya culminar. Hizo suyo el «no es no» de Sánchez contra su autor intelectual, en lugar de ser la alternativa constitucionalista frente a la izquierda extrema de Podemos, y los nacionalistas desbocados. La función política de Ciudadanos era esa: acabar con el chantaje nacionalista; ofrecer un apoyo entre la tecnocracia y la Constitución. Por un lado, mostraría a sus votantes, uno de cada seis españoles, que su decisión resultaba útil. Por otro, obligaba a Pedro Sánchez a mostrar a los españoles que su decisión estaba ya tomada.

Es más, el panorama político le empujaba hacia la izquierda, una ucrónica izquierda razonable, ilustrada, ¡española!, abandonada definitivamente por el Partido Socialista. No lo hizo, y allí comenzó su declive. Arrimadas sí se acercó al PSOE, pero sólo le sirvió de apoyo, no de alternativa a Galapagar y Estremera. Su decisión de entregar tres gobiernos regionales, quizás cuatro, al PSOE, sin obligarle a abandonar a sus socios, ha sido la torpeza definitiva. Sólo queda para alimentar el sueño eterno del centro político.

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