Nicolás Sesma

Un escaparate en Chueca

«Hará unos veinte años, en uno de los primeros paseos recién llegado a Madrid, un escaparate, cerca de la plaza de Chueca, llamó mi atención. Era una agencia de viajes que se anunciaba como 'Gay friendly'»

Opinión

Un escaparate en Chueca
Foto: Universidad de Columbia
Nicolás Sesma

Nicolás Sesma

Doctor en Historia y profesor titular de Civilización española en la Universidad Grenoble-Alpes.

Hará unos veinte años, en uno de los primeros paseos recién llegado a Madrid, un escaparate, cerca de la plaza de Chueca, llamó mi atención. Era una agencia de viajes que se anunciaba como «Gay friendly», especializada en público LGBTQ. Mi primera impresión, para qué negarlo, fue de sorpresa. No le veía demasiado sentido a gestionar esa clase de actividad en función de la orientación sexual. ¿Es que acaso existían distintas varas de medir a la hora de contemplar el Partenón de Atenas o el Coliseo de Roma? ¿Serían distintos los amaneceres y atardeceres para unos y otros? ¿Por qué fragmentar a los viajeros de esa manera? ¿No era una forma de recluirse ellos mismos en un gueto y retrasar la ansiada normalización?

Como le decía Libertad a Mafalda, en una de las inolvidables tiras de Quino, ya había sacado mi «conclusión estúpida». «Todo el mundo saca su conclusión estúpida cuando me conoce», parecía decir igualmente el escaparate. En un acto de prudencia, guiado por la premisa de que las propias entendederas no suelen ser suficientes para comprenderlo todo, decidí no darla por buena, y plantearle mis reparos a quien pudiera responderme con conocimiento de causa. Mi compañera en la Residencia de Estudiantes Ariadna G. García, cuyo poemario Construyéndome en ti era y es un valiente alegato sobre el descubrimiento personal y el pleno reconocimiento de la igualdad de derechos –y aunque ahora parezca pura lógica, en la época pre-Zapatero aquel combate distaba mucho de haberse ganado– era la persona adecuada.

Con infinita paciencia, sin gritarme indignada y llamarme insensible machirulo –gracias, Ariadna–, me comentó que hacía dos veranos había reservado un viaje organizado junto a su pareja. Desde el despegue, un par de chicos les habían preguntado con excesiva insistencia sobre su soltería, su grado de parentesco –¿hermanas, amigas?– y sus ganas de comer, cenar o, mejor aún, desayunar con ellos, para finalmente, al desvelarse la inesperada realidad, ser recompensadas por un incómodo vacío, únicamente roto por cuchicheos y risitas, durante todo el resto del periplo. El razonamiento era tan inapelable que no quedaba más que asentir. E incluso uno podía sentir la mirada del escaparate recordándote que tampoco hacía falta ser Einstein para haberlo deducido. Otro de los residentes terció a su vez, ¿y por qué no luchar, hacerse valer, abrir camino? Otra respuesta inapelable: lucho todos los días, en todas partes, con todo el mundo, pero, en ocasiones, sencillamente, quiero tomar algo tranquila, entonces, voy a una terraza en Chueca; o quiero viajar relajada, entonces, voy a una agencia especializada y sé que evitaré ciertos problemas. A veces, como decía Muchachada Nui, ni siquiera Manu Chao se levanta solidario.

¿Por qué les cuento esto? Porque recientemente, el pasado 30 de abril, se ha celebrado la ceremonia de graduación de la promoción de 2021 de la Universidad de Columbia, en Nueva York, y en algunas de sus facultades se había previsto que, además de participar en esta ceremonia general, se celebraran pequeñas ceremonias destinadas a colectivos específicos, como alumnos afroamericanos, LGTBQ, nativos americanos y latinos, entre otros. Al conocerse esta iniciativa, las críticas han arreciado y han sido, de hecho, bastante transversales. Es decir, y aunque etiquetar siempre sea problemático, no solamente han procedido desde el espectro más reaccionario, sino que también valiosos comentaristas del ámbito liberal y progresista han considerado que suponía una ruptura del principio de igualdad y del afán de universalidad encarnados por la educación superior. ¿Dónde vamos a parar con esta política de identidades? ¿No estará la universidad convirtiéndose en un escaparate de los tabúes que desvirtúan a la verdadera izquierda?

Miremos este escaparate con un poco más de atención. Licenciarse por la Universidad de Columbia, como por cualquier otra de la llamada Ivy League, no es sencillo. Cada caso es único e irrepetible, pero digamos que, además de las mínimas aptitudes académicas, tres son las vías principales para acceder a ella. En primer lugar tener dinero, pues el precio de las matrículas es absolutamente prohibitivo. Y puedes endeudarte si te aceptan, pero tienes que estar muy seguro de ti mismo y del mercado de trabajo que te espera para hacerlo. Huelga decir que, si no tienes red de seguridad familiar, será todavía más improbable que lo hagas. En segundo lugar, poseer un talento especial, un elemento que la naturaleza reparte de manera equitativa entre todos los países y colectivos del universo, pero que no siempre se abre paso si quien lo atesora no cuenta con profesores que lo detecten y encaucen, instituciones que ayuden a desarrollarlo y un entorno familiar favorable para cultivarlo, así como para disipar las dudas que siempre acaban por surgir. En tercer lugar, pasar por el ejército, pues es bien conocido que unos años en la frontera entre las dos Coreas, cazando talibanes en la frontera afgana o dando vueltas en un barco de guerra por el mundo te proporcionan un cheque y unas plazas reservadas para veteranos en las universidades.

Excepto en el tercero de los supuestos, el porcentaje de personas afroamericanas y latinas en las universidades de élite, en especial en el caso de los alumnos masculinos, es sencillamente ridículo. Sin victimismos, pues existen muchísimas familias afroamericanas y latinas con dinero y también de clase media, pero ello no evita que su número de alumnos sea ínfimo en comparación con sus porcentajes respecto a la población general. En cuanto a las personas LGTBQ, su situación está ampliamente normalizada en las grandes ciudades y en muchos Estados, pero en la América profunda la orientación sexual es todavía motivo de graves rupturas y pérdidas de apoyo familiar.

Teniendo en cuenta estas circunstancias, se comprende la extraordinaria importancia que tienen para los estudiantes y sus familias las ceremonias universitarias. Más incluso que para muchas bodas, a las graduaciones se invita a la familia y los amigos y lanzar el birrete al aire se convierte en motivo de orgullo y, para muchos, símbolo de reconocimiento y ascenso social. Después de tanto esfuerzo y tanta inversión económica, sencillamente no te apetece que nadie te lo fastidie, ni a ti ni a tu familia, con una mirada o un comentario condescendiente u ofensivo. Por añadidura, las comunidades minoritarias necesitan referentes e historias de éxito académico, no solo que les ofrezcan becas para hacer deporte. Visibilizar este éxito es más factible en estas ceremonias específicas, que además no implican ausentarse de la celebración general. Por cierto, y también por añadidura, si alguien piensa que estas son las únicas ceremonias paralelas que se organizan, se equivoca. Si algo fragmenta la universidad norteamericana son las selectas hermandades masculinas y femeninas a las que se entra por cooptación de clase, y de las que se sale con unas agendas que tienen bastante más valor que el propio título universitario. Pero esa fragmentación no parece que moleste tanto.

Dicen que los excesos de la política identitaria han llegado a Europa, y que la importación del racialismo, el poscolonialismo y la política de género ponen en peligro la cohesión social. Los excesos de lo políticamente correcto pueden preocuparme, claro que sí, pero también me preocupaba que, a finales de los años noventa, cuando estudiábamos en la Universidad de Zaragoza, de entre los miles de personas que nos paseábamos por el campus hubiera un solo estudiante de etnia gitana, o que, en las licenciaturas selectivas de la Universidad francesa, los estudiantes surgidos de las «hordas de la banlieue», como las llaman los simpáticos militares ultras, sean una anécdota. A cada cual que decida si estas realidades son más graves que el hecho de querer celebrar una graduación por tu cuenta.

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