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Ricardo Dudda

Cercas cancelado

«Según el relato independentista, los catalanes están oprimidos por los españoles y no existe la posibilidad de que haya catalanes (independentistas) oprimiendo a otros catalanes (no independentistas). Una vez construida esa idea interesada del privilegio, toda deshumanización vale»

Opinión

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Cercas cancelado
Albin Olsson Wikicommons

En España, se suele decir, no existen la política de la identidad ni la cultura de la cancelación; son importaciones anglosajonas. Es más o menos cierto. Adoptamos debates exclusivamente anglosajones (realmente solo estadounidenses) que difícilmente encajan en la cultura política española.

Es algo que ha criticado varias veces el escritor David Jiménez Torres: «los estadounidenses tienden a pensar que sus idiosincrasias tienen validez universal», pero «los europeos tampoco les damos muchos motivos para que salgan de su error». A veces parecemos una colonia: hablamos del logro de Kamala Harris olvidando las mujeres políticas en España, que llevan años en cargos importantes; reflexionamos sobre el racismo estructural como si tuviéramos el mismo pasado esclavista y de segregación que EEUU; debatimos sobre clase y género con términos importados de universidades elitistas estadounidenses.

En España no hay política de la identidad con la raza, aunque ha habido intentos de ello. Y la cultura de la cancelación no existe como en EEUU: no te echan de una universidad por cuestionar el concepto ‘microagresiones’, como le ocurrió hace poco a un estudiante en la Universidad de Virginia. Pero sí existen versiones locales. En España, la izquierda hace política de la identidad con el nacionalismo, que es una ideología victimista y del agravio. La verdadera discriminación positiva que hay en España se aplica a los partidos nacionalistas catalanes y vascos. Y un ejemplo de cultura de la cancelación española es el acoso en Cataluña a los anti independentistas: en las instituciones, en las universidades, en los medios.

El último ejemplo de esto último lo ha sufrido el escritor Javier Cercas. El otro día, tras una intervención suya en TV3 donde habló de Anatomía de un instante, su libro sobre el 23F que acaba de adaptar al teatro Àlex Rigola, Cercas sufrió una campaña de acoso. No tanto por su intervención en el programa sino por un vídeo que comenzó a circular en redes en el que el escritor de Girona supuestamente pide una intervención militar.

En el vídeo no dice eso, y varios medios han salido en su defensa, pero a sus críticos les importa poco la verdad. La diputada de Junts per Catalunya, Cristina Casol, dijo: «¿Qué hace en TV3 un promotor del levantamiento militar contra Cataluña? Esto no es libertad de expresión, es una televisión pública que da al fascismo una posición de privilegio». El periodista Enric Calpena lo comparó con un criminal de guerra: «Radovan Karadzic era un poeta reconocido antes de la guerra de Bosnia. Nikola Koljevik, vicepresidente serbio, era especialista en Shakespeare y fue quien dio la orden de destruir la biblioteca de Sarajevo».

Hay quienes afirman que la cultura de la cancelación no afecta a los privilegiados: ¿cómo le afecta a Woody Allen que lo acusen falsamente y sin pruebas de haber violado a la hijastra de Mia Farrow (una de las peores acusaciones que se me ocurren, ser acusado de pederasta)? Si es multimillonario y sigue sacando películas. Es una lógica delirante e inhumana. Algo similar piensan los que acosan a Cercas.

Según el relato independentista, los catalanes están oprimidos por los españoles y no existe la posibilidad de que haya catalanes (independentistas) oprimiendo a otros catalanes (no independentistas). Una vez construida esa idea interesada del privilegio, toda deshumanización vale. Cercas será siempre opresor por su condición de mal catalán, a pesar de sufrir el acoso del establishment independentista, a pesar de exigirle que se vaya de su propio pueblo, donde lleva viviendo desde los cuatro años.

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