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Marcos Ondarra

Irene Montero, monotemática

«Conviene precisar que Irene sabe lo justo de feminismo. Acaso lo que Beatriz y Boti le han contado -de lo que a ellas les han contado- acerca de Judith Butler, la performatividad y otras nociones que a la ministra le resultan abstrusas o directamente ininteligibles»

Opinión

Irene Montero, monotemática
Rafa Alcaide EFE

Todos tenemos nuestras monomanías. Así se observa en esta España que oscila entre quienes ven en la pandemia la mano negra de Soros/Bill Gates y quienes han heredado esa vocación zizekiana por vaticinar la caída del capitalismo per secula seculorum, poniendo en sordina la razón y la evidencia empírica.

Y entre medio, claro, los terceristas –Quintana Paz los llamaría moderaditos-, que creen que el remedio a todos nuestros males pasa por prescribir Chaves Nogales a nuestros infantes.

Decía que todos tenemos nuestras monomanías, pero no todos gozamos de 451 millones de dinero público para desarrollarlas. Este es el caso de Irene Montero, cuya última ocurrencia es que la pandemia ha supuesto una «clara impugnación al machismo y a los valores patriarcales». Y que por eso sus leyes saldrán adelante pese a la oposición de magistrados, académicos y, por qué no decirlo, todo ese país que no se ha dejado podemizar y que tiene algo más que serrín en la mollera.

Irene ha decretado que sus normas han de ser aprobadas contra todo y contra todos porque en su imaginario siempre habrá un policía, un juez o un obrero poco ducho en sororidad al que hay que dejarle clarito que sólo sí es sí y que la virtud del buen aliado radica en dejarse extirpar la presunción de inocencia.

Y es que si hay algo que quita el sueño a la ministra es eso: la lucha contra el heteropatriarcado en sus muy diversas expresiones, ya sea el color rosa, el cambio climático o el coronavirus. Podría decirse que, como el del chiste, Irene cogió un camino que ya ha terminado. Pero ahí sigue ella, monotemática, empecinada en ver machismo hasta en las gotículas que producen fiebre, tos seca y cansancio; quizá porque contagian sin perspectiva de género ni interseccionalidad.

Conviene precisar que Irene sabe lo justo de feminismo. Acaso lo que Beatriz y Boti le han contado -de lo que a ellas les han contado- acerca de Judith Butler, la performatividad y otras nociones que a la ministra le resultan abstrusas o directamente ininteligibles. Y así asistimos al enfado de las TERFs con el Ministerio de Igualdad, donde sexo, género y libre albedrío son uno y lo mismo.

Pese a la escasez de lecturas, Irene tiene una cosa muy clara: el yugo del heteropatriarcado aprieta mucho, quizá porque la experiencia es la madre de la ciencia y en Podemos las hembras han de hacerse a un lado cuando toca combatir a la «ultraderecha» (sic).

Simone de Beauvoir consignó que el problema de las mujeres siempre ha sido un problema de hombres, la ministra tomó nota… ¡y ya no pasa página! Volverán las oscuras golondrinas, que Irene seguirá piando. Piando contra el hombre, el rosa, el sentido común y la biología.

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