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Opiniones libres de algoritmos

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En el marco mental de TV3

Foto: ALBERT GEA | Reuters

La república no existeix, idiota, pero el nacionalismo violento actúa con tal impunidad en Cataluña que parece que el Estado tampoco. Ataques a las sedes de los partidos de la oposición, intentos de asalto al Parlament, amenazas a jueces, ataques a agentes policiales, totalización del espacio público con simbología partidista y ocupación de infraestructuras, vulnerando el derecho a la movilidad e, incluso, provocando heridos, son acciones de radicales.
Radicales y violentos, sí, pero no espontáneos, ya que desde la presidencia de la Generalitat se les anima y se les protege, se mantiene la agitación y la propaganda con recursos públicos, se crean instituciones paralelas a las democráticas, como el Consell per la República, y se niega la catalanidad a los catalanes no separatistas en sus discursos, formando todo ello parte del catálogo que el nacionalismo ofrece a los más de cinco millones de catalanes que no le votamos.

Esa es la estrategia del nacionalismo, la estrategia de la exclusión. Al no conseguir el apoyo de una mayoría social, pretenden expulsar o, al menos, silenciar al discrepante, sometiéndolo a un cada vez menos sutil clima de asfixia. Esta estrategia lo contamina todo: ateneos, colegios profesionales, clubes deportivos, sindicatos, patronales… toda la sociedad civil, porque el objetivo no es solo dejar a la oposición sin espacio, sino también dejar a la población sin otro tema que no sea el maldito monotema. Quieren que vivamos en la burbuja mental de TV3, aun cuando no estemos sentados ante el televisor, lo que es ciertamente preocupante. No hace falta leer muchas memorias del siglo XX europeo para saber que, cuando todo está politizado, la sociedad se encierra y la democracia muere.

Lamentablemente, la respuesta del gobierno de Sánchez a esta invasiva presencia del nacionalismo se ha limitado a un fugaz y bunquerizado Consejo de Ministros. El viernes 21 de diciembre los miembros del Gobierno español se fueron de Barcelona, quizá aliviados, pero dejando a muchos catalanes con la desprotección de siempre y con una preocupación añadida, la de comprobar que el sanchismo no ha aprendido nada, absolutamente nada, de lo que ha sucedido en Cataluña en los últimos tiempos. Así pues, me parece urgente que alguien le haga llegar a Pedro Sánchez el Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña (Ed. Deusto) donde, con elegancia y precisión, Juan Claudio de Ramón desenmascara las “recetas fallidas e ideas que no funcionan para resolver la crisis catalana”.

Ante la grave situación de desamparo de tantos ciudadanos en Cataluña, el gobierno de España debería abandonar los afectuosos gestos hacia los líderes separatistas -basta de “halagos” y “sobornos”- y defender la libertad y la democracia con firmeza. Debería iniciar una nueva etapa donde el Estado esté más presente en Cataluña. Sí, lo dice un liberal: más Estado es necesario en Cataluña. Lo es porque hay otra administración, la autonómica, que atenta sistemáticamente contra los intereses de sus ciudadanos, y porque es, en las actuales circunstancias, la única manera de recuperar rápidamente espacios de libertad y pluralismo. Además, los separatistas, desde su ilimitado narcicismo, suelen retar al Estado a que les seduzca. Pues bien, son pertinentes las preguntas que plantean nuestro autor: “¿cómo podría un Estado seducir a los catalanes si desaparece de Cataluña, como puede resultar atractivo un gobierno español sin margen para intervenir en la vida de los catalanes, y cómo podría hacerse digna de respeto y fuente de autoridad reconocida una administración estatal que tolera el incumplimiento de la ley?”

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