Antonio García Maldonado

Un pedazo frágil y precario de ti mismo

"Uno se vuelve solipsista al vivir tanto tiempo en su memoria"

Opinión

Un pedazo frágil y precario de ti mismo
Foto: Joel Ryan
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

Como es habitual, durante los días previos a la concesión de los dos Premios Nobel de Literatura –el correspondiente a 2018 y al de este año– circularon por las redes los nombres de varios escritores a los que unos y otros daban por merecedores del galardón, o que ya habían estado cerca de lograrlo otros años. Uno de ellos era Julian Barnes, el autor inglés de libros como El loro de Falubert o El sentido de un final. Días antes, tras leer varias entrevistas con Fernando Savater al calor del libro sobre su mujer y el dolor por su pérdida, había buscado en mi biblioteca Niveles de vida, donde Barnes narra el desconsuelo y el duelo por el fallecimiento de su esposa. Con su mención para el Nobel, me animé a releerlo.

Hay patrones comunes en ambas penas: el de no encontrar ya un motivo para seguir escribiendo –o viviendo–, el de interpretar el transcurso normal de la vida cotidiana de los demás como una afrenta, el de sentirse desesperadamente incomprendido por quienes tratan de consolarlos, y el de la necesidad de volver a recordarlo todo puntillosamente, en busca de recuerdos y matices inadvertidos que quizá ayuden a mitigar la ausencia. Uno se vuelve solipsista al vivir tanto tiempo en su memoria, como reconoció el director José Luis Garci ante críticas que le decían que su última película, la recién estrenada El crack cero, era nostálgica, como todo su cine: «Yo no tengo vida interior, tengo vida anterior«.

Escribe Barnes: «Juntas a dos personas que nunca habían estado juntas. […] Después, tarde o temprano, en algún momento, por alguna razón, una de las dos desaparece. Y lo que desaparece es mayor de la suma de lo que había. Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible». Ante ese abismo, solo las viejas palabras sirven, dice. Muerte, congoja, tristeza, pesar, sufrimiento. Nada modernamente evasivo o medicinal. Algo que es difícil de asumir para quien observa esa pena y trata, torpemente, de ayudar: «Algunos reaccionaron como si la muerte del ser querido fuese únicamente una forma extrema de divorcio».

No recordaba que fuera un libro tan duro, tan desconsolado. No hay final feliz, por supuesto, tampoco lección que extraer más allá de que seguimos aferrados al amor, como expresaba un verso de una canción de Javier Corcobado: «Que amar duele, y no amar, mata«. La única hazaña del excurso de Barnes es haber comprendido o asumido que el suicidio no es una opción. El suyo es un duelo similar también al que C.S. Lewis narró en Una pena en observación, pero sin reencontrar la fe y salvar a Dios tras la experiencia del dolor.

Barnes descree, pero se aferra al exoesqueleto de la cultura, al saber acumulado de tantos dolientes que nos precedieron. Tras dudas y esfuerzos, acude al teatro a ver una representación de Orfeo y siente que algo renace. Lee a Samuel Johnson y entiende que el aislamiento es contraproducente, y va saliendo de su caparazón, de vuelta a una vida que, inevitablemente, ya es otra. Tras la muerte de su padre, el filósofo Javier Gomá publicó hace pocos años un monólogo bajo el expresivo título de Inconsolable, donde estos asuntos se tratan desde el punto de vista paterno-filial. Pero es en su reciente Dignidad donde describe con magisterio esta capacidad terapéutica de la cultura: «Sabernos bajo amenaza despierta un deseo elemental de supervivencia y libera unas irresistibles energías creadoras puestas al servicio de la construcción de una segunda naturaleza (cultural) que perfecciona la primera (material), haciéndola más bella, más justa, más significativa, en breve, más humana. He aquí el origen y la razón de ser de la cultura: levantar una ciudadela donde (provisoriamente) proteger al ‘animal consciente’ de la muerte bárbara, civilizar la naturaleza para hacerla a imagen de la originaria dignidad del hombre».

Quizá eso responda a las dudas que algunos plantean cuando un premio como el Nobel reconoce por igual a quien investiga contra una enfermedad mortal que a quien nos narra la desdicha de la pérdida. Todo, en el fondo, remite al mismo drama y a la misma derrota.

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