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Una nube de incienso

Foto: Chris Karidis | Unsplash

Un amigo me avisó enseguida del artículo de Quintana Paz, por si quería rebatirlo. Se titulaba: “¿Por qué se acelera la decadencia de la Iglesia católica en España?”, así que afilé mis armas ultramontanas. Pero cometí un error fatal, de principiante. Leí el artículo. De modo que ahora, en vez de contradecirlo, lo voy a continuar.

Empecemos por su principio, por Orígenes. Realmente, se equivocó el hombre doblemente cuando, colocado en la tesitura de adorar un ídolo o retozar con un subsahariano, eligió lo primero. Supongo, en su descargo, que pensaría que la reserva mental era más fácil con el ídolo. Pero la idolatría subvierte el orden que nos permitirá arrepentirnos de cualquier pecado y niega a Quien podrá perdonarnos. La segunda parte del error es que Orígenes siempre puedo no escoger y desdoblar la opción en trinidad, que es nombre sagrado, para quedarse, si acaso, con el martirio.

Tiene razón Miguel Ángel Quintana Paz en que existe una decadencia estadística y de eco social de la Iglesia Católica en España, y el tridente jerárquico que él identifica tiene bastante culpa: en unos, la pasión por el nacionalismo; en otros, los flirteos con el marxismo cultural y, finalmente, en algunos una querencia a defender al partido conservador como si lo fuese. Podían no haber escogido nada.

Los sacerdotes y los obispos no deben hacer cálculos políticos ni mucho menos discursos partidistas. Han de hablar de Dios. El poeta sacerdote chileno José Miguel Ibáñez Langlois, que había definido la ideología como “esa metafísica de los tontos”, escribió sobre la temática del sacerdote: “su tema será el cielo el paraíso/ pida a Dios la palabra que lo diga/ sin matar de alegría al auditorio”. E insistía: “Se ruega a los señores sacerdotes/ no hablarles día y noche de la ilíada/ de la liberación latinoamericana/ la pavimentación de las cumbres andinas/ el infinito cambio de estructuras/ la deducción trascendental kantiana/ que parte del primer verso del Génesis/ y termina en el vote usted por X/ el american way of life”, etc. Y, ya metiendo también a los laicos, remataba con un llamamiento a la misión única: “si digo santos quiero decir santos/ no esa cosilla triste que se llama/ bondad decencia palomita azul”.

Ciertamente, los tics que señala Miguel Ángel Quintana están muy bien señalados y le habría ido mejor a muchos, como le habría ido mejor a Orígenes, negándose a escoger ninguna alternativa tan ídolo de barro. Por otra parte, la libertad de opinión dentro de la Iglesia es tan poderosa que en la práctica cívica deviene una debilidad, porque la incapacita como institución para la acción política y fomenta una gozosa división interna.

Con lo que no termino de estar de acuerdo es con la media verónica con la que acaba su artículo Quintana Paz. Habla de nuevas espiritualidades por surgir si la Iglesia insiste en su tridente (nada tridentino). Algo de eso ha pasado en Iberoamérica, sí. Pero la historia de la Iglesia nos demuestra que al final, en casos similares, en realidad las nuevas espiritualidades nacen desde la vieja Iglesia. Quizá ahora vengan del silencio (léase al Cardenal Sarah) y de la liturgia (véase Benedicto XVI). Basta recordar el escolio de rodillas de Nicolás Gómez Dávila: “Una nube de incienso vale mil sermones”.

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