David Blázquez

Una revolución existencial para Europa

El renacimiento de Europa que auguraba Zambrano no sucederá sin esa “revolución” primera y más esencial, que es la revolución existencial

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Una revolución existencial para Europa
Foto: YVES HERMAN| Reuters
David Blázquez

David Blázquez

Profesor en Comillas-ICADE y ensayista, si el ensayo es prueba y error. No se conoce lo que no se ama.

En pocos días volveremos a votar en unas elecciones al parlamento europeo. La fecha nos devuelve –aunque solo de manera relativa, debido a las recientes elecciones generales–  a las reflexiones sobre Europa: la inmigración y el miedo a los ambidiestros populismos europeos, las democracias iliberales y sus próceres húngaros o transalpinos, el futuro de la unión política y la sombra de Westfalia.

Para Hegel la verdad era la reconciliación entre lo general y lo particular, y en ese fregado anda Europa: entre lo general –Europa y su sentido– y lo particular –cada estado y sus bramidos.

Como apuntaba hace pocos días Iván Krastev en el New York Times, estas elecciones son la lucha entre dos nostalgias: la de quienes sueñan con estados nación anteriores al horizonte común y la de quienes, a fuerza de no entender que el deseo de pertenencia no es un sueño de la razón, desean más de esa Europa que nunca supieron que era, excepto crecimiento económico.

En su Agonía de Europa, María Zambrano hablaba del hombre como de “esa extraña criatura que no tiene bastante con nacer una vez”. Europa, como cada uno de los europeos, “necesita ser reengendrada”. A Europa no le basta lo anterior: ni la cerrazón de los estados que enfrenta a unos con otros, ni el universalismo cosmopolita que desvincula y deshumaniza, pretendiendo acallar los malestares a fuerza, únicamente, de subir la renta per cápita y el PIB.

La amistad entre Bruselas y las capitales, entre unas Roma, Berlín Madrid y París, o entre unos europeos y otros –la “amistad social” de la que ha habla el Papa Francisco– no vendrá de no sé qué proyectos diseñados con escuadra y cartabón. Lo vio bien Vaclav Havel hace ahora cuarenta años cuando, respondiendo a sus amigos disidentes, les advertía: “No se puede buscar la solución en un engarce técnico, es decir, en el proyecto exterior de este o aquel cambio, de esta o aquella revolución, sólo filosófica o solo social, tecnológica o política”. Todos los esfuerzos encaminados a sacar a Europa de su crisis solo desde esos enfoques naufragarán, si no parten de la única revolución verdaderamente pertinente y profunda: la que Havel llamaba “la revolución existencial”. Solo desde la estabilidad de lo más particular –la existencia humana concreta–  se puede construir un edificio firme. Y los ladrillos de Europa no son principalmente sus instituciones, el BCE o los parlamentos nacionales, sino cada uno de los 500 millones de destinos que la habitan.

Es el momento de votar y dar forma al Parlamento Europeo, pero es, sobre todo, el momento de identificar y recuperar esos espacios en los que la existencia humana concreta renace, se fortalece y, en definitiva, recupera la esperanza y el gusto de vivir. El renacimiento de Europa que auguraba Zambrano no sucederá sin esa “revolución” primera y más esencial, que es la revolución existencial.

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