Beatriz Manjón

Volver a casa

«La Navidad será este año tabla y a la vez naufragio, como el turrón, como algunos amores»

Opinión

Volver a casa
Foto: S&B Vonlanthen| Unsplash
Beatriz Manjón

Beatriz Manjón

Gallega sin escalera. Periodista. Coleccionista de rechazos editoriales. Mis mejores páginas son, ay, las que no escribo. Intento vivir a salto de cata.

Se nos ha colado un ratoncillo en casa. Estoy como un niño con allegados nuevos. Sus supersónicas apariciones me distraen mientras aguardo el reencuentro con las croquetas de mi madre, reiteradamente aplazado desde que Andalucía restringió el movimiento entre ayuntamientos. Ahora se mantiene entre provincias, pero nadie puede, ay, perimetrar la nostalgia.

A fecha de hoy, España es un país que permite viajar, por ejemplo, de Dubái a Málaga, PCR negativa mediante, pero que no contempla el desplazamiento con test de Marbella al Puerto de Santa María, como no sea en patera. Y así vamos tejiendo y destejiendo planes según manden por la tele los políticos, que en verano eran redentores —«dejad que los turistas se acerquen a mí»— y ahora parecen mi peluquera: en lugar de sanear las puntas, optan por cortar por lo sano.

Quizá el secreto de vivir esté en salir, cada día, de la placenta del sueño igual que se nace: sin proyectos; pero cómo no ilusionarse con los amarguillos y alfajores de Sobrina de las Trejas que atiborran la mesa navideña con sus envoltorios de colores, como condecorándola. A veces lo superfluo es lo imprescindible. En esta alegría infantil por los manjares de Pascua no veía Chesterton frivolidad, sino una demostración del verdadero sentido de la Navidad: un momento del año en el que pasan cosas que no ocurren siempre. «La frivolidad —decía— es el intento de alegrarse sin nada sobre lo que alegrarse». De eso ha de ser rescatada la Navidad.

Esta Nochebuena, en casa de mis padres, de seis hermanos seremos tres —los que podemos guardar cuarentena—, pero sonará el villancico de sus anécdotas, porque lo importante no es lo que se ve sino lo que se recuerda, como sentenció Valle-Inclán. Echaremos de menos nuestro paseo por Medina Sidonia, algún café en el bar Vicente, las risas amplificadas y esa mesa suplementaria donde los niños han ido creciendo sin que quisiéramos darnos cuenta, porque nada envejece más que los años de los otros. Aunque hoy vivir sea desaprender lo que se suponía que era vivir, siempre nos quedará el todos a cubierto de una mesa bien puesta, el olor a serrín del belén, el viaje espacial del corcho champanero y esas palmas silenciosas que se tocan al prensar los polvorones.

La Navidad será este año tabla y a la vez naufragio, como el turrón, como algunos amores. Confinarse parece la mejor opción para escapar del virus, de cenas ventiladas que más bien serán ventiheladas, de la cinta métrica y de la mariscarilla, la mascarilla con olor a marisco. La euforia con la que se está retransmitiendo la llegada del hombre a la vacuna y la traicionera sensación de seguridad de los test nos condenará a empezar el año —si no a acabarlo— centrándonos de nuevo en la vida interior, que también tiene sus restricciones: una estaría más a gusto en la de Goethe.

Hay épocas, escribe Louise Glück, en las que solo la certeza da alegría. En esta Navidad de Schrödinger, con más luces y menos luces a un tiempo, marco en el calendario la mía: la familia. El éxito es querer volver a casa, a una mesa, a una cama. Este 2020, además de querer será poder.

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