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Vuelven las palmas a los balcones

Las páginas del ABC, rescatadas el año anterior de las garras de “la horda”, como llama al bando revolucionario, recogen con gozo la recuperación de la Semana Santa. “Manos femeninas recogen las palmas una vez bendecidas, y las llevan con unción a través de la ciudad, en la tibia mañana. Luego estas mujeres colocaban la hoja blanca y temblorosa sobre los hierros de los balcones para que ahuyentase del hogar los males del demonio, y atrajera los bienes de Dios”. Palabras, estas últimas, que evocan por una parte al color rojo, con toda su simbología, y por otro a la esperanza de un futuro preñado de pasado. La experiencia revolucionaria, con todo su sectarismo sincero y desenvuelto, con una voluntad de granito y las armas de la guerra, no fue capaz de secar el sentimiento religioso y el apego de los españoles a sus tradiciones.

En 1978 se aprobó la Constitución. Fue el día de San Nicolás, 6 de diciembre. Un santo que en la tradición foránea sale de España, y al que aquí no hemos hecho caso hasta que no ha vuelto barbudo, orondo, y rojo como la Coca-Cola. Se instauró como fiesta nacional y se borró el rojo del día de la Inmaculada, que es el siguiente 8 de diciembre. Las cofradías de Sevilla, como medida de protesta, guardaron las imágenes al año siguiente, y hurtaron a la calle su paso majestuoso, de lamento, piedad y alegría. Lo hicieron con el recuerdo de 1932, también un año después de aprobada una Constitución, cuando dejaron la celebración de la Pasión de Cristo sin procesiones. Finalmente, la Inmaculada sigue celebrándose.

La principal amenaza a la pública religiosidad de los españoles no son nuevos viejos sectarios, sino el desconcierto y la impotencia ante las seducciones y las razones de la modernidad.

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