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Opiniones libres de algoritmos

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Y líbranos de Twitter

Foto: elkekarin | Flickr bajo Licencia Creative Commons

El cobre conduce la electricidad y Twitter la mentira. Lo hace a velocidad lumínica, incontrolable, epidémica. Teníamos motivos para suponerlo. Lo corrobora un estudio en la revista Science, que pone la lupa en 126.000 historias compartidas por tres millones de usuarios a lo largo de una década. “Sea cual sea la métrica tenida en cuenta –dice un resumen–, la falsedad domina de forma invariable sobre la verdad en Twitter: las noticias falsas y los falsos rumores llegan a más gente, penetran más profundamente en la red social, y se propagan con mayor velocidad que las historias veraces”.

La mentira alada y la verdad paticoja: un dato terrible y preocupante. La democracia es, en buena medida, el gobierno de la opinión pública, y un país cuya opinión se alimenta de embustes no tarda en someterse al arbitrio de un demagogo. Habremos de hablar largamente sobre el asunto, pero hoy querría volverme no sobre los graves peligros sino sobre esas humanas servidumbres que también menudean en la popular red social. Las faltas leves, los pecadillos, aquello, en suma, que Judith Sakhlar llamaba los vicios ordinarios: esas normalísimas quiebras morales que toda sociedad liberal padece y disculpa al tiempo. Porque ¿no es acaso también Twitter un privilegiado escaparate de esas nuestras pequeñas venalidades diarias?

Me refiero a la doblez, la mezquindad, la gazmoñería, el esnobismo o la jactancia. ¿Quién no ha caído, por ejemplo, en eso que Max Weber llamó el «clerical vicio de querer tener razón» en Twitter? Un lugar donde es fácil que un prometedor diálogo derive en logomaquia insufrible. Aún más habitual es la vanidad, y esa forma particularmente irritante de vanidad que es el exhibicionismo moral. Twitter es una constante invitación a caer en el humanísimo vicio de querer complacer: el lugar menos apropiado del mundo para intentar seguir el consejo, también de Sakhlar, de no dejarse llevar por «el glamour de las buenas causas». Y claro: hacemos profesión de una virtud que es más fácil que nos quepa en el #hashtag que en el corazón.

Oh, sí, se aprende mucho del ser humano frecuentando Twitter. Un observatorio en vivo de nuestra menesterosa naturaleza. Un lugar donde también, conviene decirlo, se ve a mucha gente dando muestras de bondad y educada contención. Por poner un ejemplo entre tantos, pongamos el de Joseba Louzao, que daba la clave el otro día, ¡en un tuit!: «Las redes sociales destapan nuestras contradicciones. En vez de callarnos, hablamos más y más. Y nos destapamos más». Huelga decir, lector, que yo también he pecado. Me he descubierto siendo –o estando a punto de ser– vanidoso, mezquino, esnob o contradictorio. Te ruego por ello indulgencia. Y es que todos somos, como decían con realismo los inquisidores, culpables de algo. Por eso, de todos los papeles que Twitter nos invita a desempeñar, el que menos sabio me parece es el juez. Y no me apetece, cuando sea mi nombre el que aparezca en la lista de los condenados, tener que subir a un cadalso que yo mismo haya ayudado a construir.  

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