THE OBJECTIVE
Ángel Aponte

Las santas Pascuas

«Un rasgo de las Navidades españolas era el estruendo en las calles. Nada de renos con campanillas ni de solemnes silencios boreales y luteranos. Era la más pura y ruidosa alegría de vivir»

Zibaldone
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Las santas Pascuas

Las Navidades de antaño, cuando lo normal era ser pobre, estaban condicionadas por las cosechas, las sequías y los diluvios. Así fue en 1707 y 1708 cuando las crecidas cerraron los vados, se llevaron los puentes y se ahogaron muchos pobres arrieros con sus cabalgaduras. También se padeció mucho en las Pascuas de 1750, año en que los seises de la Catedral de Jaén, con tanto humor como desasosiego en sus desgobernadas tripas, cantaron un villancico en cuya letra se decía: pan, pan, pan / yo quiero comer / yo quiero mascar / yo quiero engullir / yo quiero tragar / pan, pan, pan / mi hambre es feroz / mi hambre es fatal / la mía es cruel / la mía es voraz […] yo diez cuarterones me atrevo a encajar / yo cinco molletes / me podré embocar / yo seis panecillos /  de a libra y no más / pues yo seis hogazas/ y sin desonzar. A pesar de todos estos achaques y penurias, la  tradición mandaba honrar las Pascuas con ciertos detalles y larguezas. Juan Antonio Viedma, escritor y corresponsal de guerra en tiempos de Isabel II, dijo que para encontrar la alegría en tales fechas había que conjugar los verbos pedir, dar, comer, beber, cantar y bailar en verso, prosa, música y mímica. Era el tiempo del aguinaldo, definido por Sebastián de Covarrubias, a inicios del siglo XVII, como lo que se presenta de cosas de comer o vestir por la fiesta de Pascua de Navidad. Mesonero Romanos, ya en el XIX, escribió, con gracia y acierto, que el aguinaldo es el obsequio con que solemos endulzar la memoria del nacimiento de Nuestro Redentor. No era un regalo más sino un gesto de generosidad por el que, en esos días sagrados, se renovaban vínculos y fidelidades. En la Navidad de 1817, según consta en sus libros de cuentas, el monasterio de San Martín de Madrid regaló, en concepto de aguinaldo, veinticuatro pavos y ochenta y cuatro barriles de ostras. Cada pavo costaba setenta reales, que era mucho si se tiene en cuenta el jornal de la época, y por cada barril de ostras se pagaron ocho reales. Hubo años en los que las ostras se sustituyeron por capones. En las Pascuas de 1818, los monjes también tuvieron el detalle de agasajar a las monjas de San Plácido con doce libras de chocolate para alegrar sus mañanas de invierno. El chocolate se podía tomar, además, sin escrúpulos de conciencia pues, según teólogos de probada autoridad, no rompía las vigilias siempre, eso sí, que no se sirviese muy cargado. Debe tenerse en cuenta que, hasta principios del siglo XX, la de Navidad coincidía con la cena de Nochebuena y no estaba permitido comer carne ni probar los mantecados hasta después de la Misa del Gallo. Los aguinaldos en plata o moneda menuda, también felizmente aceptados, se destinaban a cocineros, serenos, menestrales, mozos, criados, gente de escalera abajo y pobretería en general. Según el rango, la obligación y la edad se recibía, como es natural, más o menos. El paje del abad del monasterio de San Martín, en una de esas navidades fernandinas, percibió un generoso aguinaldo de cincuenta reales. En algunas partes de España, los nietos desfilaban en un besamanos ante los abuelos y recibían, como reconocimiento a tal homenaje, unas monedas. Lo cuento como me lo contaron los que lo vivieron y me lo imagino todo como una estampa del siglo XII o como el relieve historiado de un capitel románico.

«En el primer tercio del siglo XIX, se puso de moda entre los esnobs, quizás por influencia francesa, regalar por Navidad detalles más finos como cuadros, libros en ediciones cuidadas, cajas labradas, flores de estufa y demás caprichos»

Ya en el primer tercio del siglo XIX, se puso de moda entre los esnobs, quizás por influencia francesa, regalar por Navidad detalles más finos como cuadros, libros en ediciones cuidadas, cajas labradas, flores de estufa y demás caprichos. La juventud dorada, siempre descontenta y con spleen, consideraba que el aguinaldo a la antigua era un engorro, una prescindible monomanía de carcamales y desgraciados. En el Álbum de señoritas y correo de la modaen enero de 1853, se menciona la pesadilla del aguinaldo, quizá con cierta justificación por la pertinacia de los solicitantes y demás cataplasmas. Los elegantes preferían que los regalos navideños recibiesen el nombre de étrennes que, según su criterio, quedaba mejor. El ya citado Mesonero Romanos, reaccionario declarado en esto, no era partidario de tales novedades y así se lo hizo saber a un oficial francés de la Guardia Real, alojado en su casa por el año de 1824, que pretendía regalar por Pascuas nada menos que pájaros disecados sobre frutas y flores de cera, estampas enmarcadas o libros de Lamartine. Gran error, le dijo Mesonero, al tiempo que le recomendó obsequiar a sus amistades y compromisos con barriles de manzanilla, Peralta, Pedro Ximénez y otros diferentes autores, o bien con pavos, capones, mazapanes e incluso con sartas de chorizos, longanizas o tocino para los pucheros y así, cuando tuviese ocasión de visitar a los obsequiados, verá que toda la alegría del licor malagueño se ha trasladado a los semblantes, y toda la dulzura del mazapán se ha comunicado a los labios.

«Otro rasgo de las Navidades españolas era el estruendo en las calles. Nada de renos con campanillas ni de solemnes silencios boreales y luteranos»

Otro rasgo de las Navidades españolas era el estruendo en las calles. Nada de renos con campanillas ni de solemnes silencios boreales y luteranos. El paisaje sonoro de las Pascuas madrileñas de mediados del XIX estaba formado por chicharras, castañuelas y zambombas, por los pregones de ciegos, con sus pliegos de villancicos y pastorelas, por la lotería y el reclamo de vendedores de figuricas de barro para los belenes. Las calles eran animadas, además, por los visitantes de los pueblos que venían a la Villa y Corte, con su cantarilla de arrope, para pasar la Nochebuena con sus familiares. Los fieles acudían en alegre comandita a la Misa del Gallo, en la que no siempre prevalecía el recogimiento: al entrar ¡qué gresca! / y dentro ¡qué horror!, escribió Bretón de los Herreros sin sombra de irreverencia. También era costumbre en la noche del cinco de enero, para esperar a los Reyes, que niños, muchachos y gente de poca formalidad alborotasen con cencerros, hachones encendidos y vino a discreción. Era la más pura y ruidosa alegría de vivir.

«Las criaturas, los fríos y los hielos del tiempo en que se escribieron hace ya mucho que duermen en Dios y en el olvido»

Un capítulo obligado era el de las felicitaciones. Lo propio de las fechas era visitar a las amistades para dar las Pascuas. El pueblo solía hacerlo en la Pascua de Navidad y el señorío prefería cumplir en la de Reyes. Era obligado, salvo que se estuviese de luto, ofrecer a los visitantes un modesto refrigerio con licores, vino dulce y repostería navideña. Las felicitaciones por escrito, en Pascuas y entradas de año, eran consideradas una muestra de cortesía y buena crianza. Los que no tenían costumbre de escribir cartas de esta naturaleza, o no dominaban las fórmulas protocolarias adecuadas, podían salir del paso con el Formulario de cartas y billetes (1728) de don Justo Pereira que ofrecía modelos de felicitaciones de un barroquismo inocente y pataratero.  En la década de 1820 se vendían también tarjetas para dar días y Pascuas que contenían ilustraciones, letras y partituras de valses, contradanzasy muñeiras. En estos días he leído y releído algunas cartas, viejas de siglos y guardadas en archivos, y que, si ustedes lo tienen a bien, podrían ser el parabién que yo les dedicaría estas Navidades. Así, citaré la felicitación remitida en la Navidad de 1690 por Diego de Covarrubias, desde Ostende, para el duque del Infantado: «Cumplo con la obligación de acusar a Vuestra Excelencia las Santas Pascuas de Nacimiento de Nuestro Señor y principios de Año nuevo con los buenos deseos de que sus estaciones las pase Vuestra Excelencia  con todo gusto y felicidad». En el mismo año y desde Nápoles, don Manuel Rodríguez de Vivar escribía también al Duque: «deseare en el alma aya Vuestra Excelencia logrado muy felizes Pascuas del Nacimiento del Hijo de Dios con las prosperidades que este su más humilde criado de V.E. le desea». Unos treinta años después, en diciembre de 1722, doña Leonor María de Córdoba felicitaba a mi señora y mi amiga la duquesa de Béjar: «con el motivo de las próximas Pasquas de Nuestro Redeptor que te anuncio, con vivos deseos de que las toques, todas las felicitaciones que su Divina Magestad pueda comunicarte». El día de Reyes de 1748 los regidores de Villlavieja felicitaban a su señor y le deseaban para el año entrante muchos aumentos espirituales y temporales al tiempo que le daban cuenta del envío de dos jamones pidiendo perdón de su cortedad y atrevimiento. El 25 de diciembre de 1785, desde Valencia, don Cristóbal Fernández de Córdoba escribía, con empaque y elegancia, a un pariente: «Con fuerza te estimo la expresión de Pasquas […] te las deseo felices y completas de satisfacciones para obsequiarte con mi rendida obediencia». Ya nadie habla o escribe así y bien que lo siento. Ya en la Navidad de 1831, sor Josefa María del Rosario, capuchina de Andújar, cumplimentó al duque de Montemar «con la felicitación de las próximas Pascuas del Santo Nacimiento de Nuestro Divino Salvador, con los fines y entradas de año y Pasqua de Reyes, el Soverano Rey Pacífico se las conceda a Vuestra Excelencia colmadas de ambas felicidades y llenas de las mejores satisfacciones». Y nada más. Sólo queda decir que las criaturas, los fríos y los hielos del tiempo en que se escribieron hace ya mucho que duermen en Dios y en el olvido.

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