Fernando Rueda: «Siempre que hace falta, el CNI supera ampliamente la legalidad»
El periodista presenta su novela ‘No me llames traidor’, en la que profundiza en la figura del exespía Roberto Flórez

El periodista y escritor Fernando Rueda | The Objective
El periodista y escritor Fernando Rueda (Madrid, 1960), especialista en asuntos de espionaje, estrena libro. No me llames traidor es la versión novelada de uno de los episodios más controvertidos del Centro Nacional de Inteligencia (CNI): el caso de Roberto Flórez, el único espía condenado hasta ahora en España por traición, después de que se descubriera que trabajaba para Rusia. El Tribunal Supremo confirmó en 2010 la pena de 9 años de prisión por vender documentos confidenciales.
Rueda se vale del personaje de Beto, alter ego de Flórez, con el que recrea su vida y sus misiones en el servicio de inteligencia, y el contexto en el que desarrolló su carrera. Además, el autor profundiza en los factores profesionales, personales y emocionales que pudieron influir en su decisión de cometer traición. La obra también revela cómo funciona el CNI, detallando los entresijos de los trabajadores de la Casa, como se conoce internamente a la institución, y de qué modo su mundo se vio sacudido al saber que había un topo entre ellos: las sospechas, la desconfianza y su determinación para atrapar al traidor.
PREGUNTA.- Su libro refleja tres versiones del caso. ¿Cuál cree que es más cercana a la realidad?
RESPUESTA.- Como periodista de investigación, verifico todo. Roberto Flórez niega sistemáticamente haber traicionado a su país, incluso después de la condena. Me llama la atención porque la realidad puede diferir de lo que percibimos. Se manipula con facilidad. El libro plantea tres verdades: la de Beto Romero, que es la de Roberto Flórez; la del servicio secreto, que es dura, porque ellos manejan miles de agentes y buscan a un traidor entre ellos; y la del periodista, que investiga y encuentra una tercera verdad que contradice las anteriores. Mi objetivo es relatar estas verdades y que el lector saque sus propias conclusiones.
P.- Su relación con Beto es curiosa. ¿Cómo se enteró de que pudo perjudicar su tapadera?
R. Al escribir la novela, descubrí que yo mismo había tenido una participación relevante en la historia de Beto. Para trasladarlo a la narrativa, introduje un personaje llamado Fernando Rueda. La novela es ficticia en personajes, pero el contexto es real. En 1997 escribí KA: Licencia para matar, lo cual podía perjudicar a Beto. Siempre escribo sin censura y ya cuando termino reviso qué incluir o sacar. Un día noté que a mi ordenador le había pasado algo raro. Cuando el libro se publicó, hubo una reunión de periodistas con el director del Cesid, Javier Calderón, a la que acudió Antonio Casado. Tras la reunión, Casado me comentó que a Calderón «no le parecía bien» lo que había dicho sobre sus hijos. Me sorprendió, porque en la versión inicial mencionaba que uno de sus hijos había tenido problemas, pero en la versión publicada no aparecía ninguna alusión, lo que confirmaba que se habían llevado mi libro.
P.- ¿Hasta qué punto la desmotivación de Beto pudo influir en su traición?
R.- Yo creo que en Beto coinciden varios motivos, pero uno importante es que cuando tienes un agente, debes cuidarle, mimarle e impulsarle. En el Servicio Secreto, a veces esas cosas no se hacen. ¿Eso es determinante para una traición? No lo sé. Ahora habrá unos 3.500 agentes; seguro que hay decenas desmotivados, cientos que consideran que les pagan mal y muchos que opinan que trabajar para este gobierno es una mierda. Si cambiara el gobierno, habría gente que pensaría igual.
P.- Usted menciona que a veces los servicios secretos superan los límites legales. ¿Cree que estas prácticas siguen ocurriendo hoy?
R.- El CNI, siempre que hace falta, supera ampliamente la legalidad. La Guardia Civil y la Policía son estrictas porque su objetivo es detener delincuentes. El servicio secreto, en cambio, busca información estratégica para el gobierno, incluso si sobrepasa normas legales. Por ejemplo, la operación con Corinna Larsen, amante del rey Juan Carlos, se realizó sin orden judicial por considerarse una amenaza al Estado. Su misión es proteger la seguridad nacional, no aplicar la ley como los cuerpos ordinarios. Y en determinados momentos se necesitan hacer cosas no ajustadas a la legalidad.
P.- ¿Considera que esto es ético?
R.- Nadie se ha planteado si esto es ético o no. Así funcionan las cosas. Un servicio secreto tiene su lógica cuando realiza determinadas operaciones. Por ejemplo, cuando el CNI utiliza el virus Pegasus para obtener información de teléfonos de independentistas, lo hace con la orden de un juez debido a la norma aprobada en 2001, que establece control judicial. Antes actuaban sin autos del juez. En determinadas misiones, ellos no pueden pedir una orden judicial porque el magistrado no la concedería. Uno de estos casos es el de Corinna Larsen, que es espiada sin orden judicial porque es una amenaza al Estado. Y cuando se plantea una amenaza al Estado, el servicio secreto no le da vueltas.
P.- En el libro menciona que los empleados del CNI pensaban que era imposible que tuviesen un topo. ¿Sigue vigente esta mentalidad o ha cambiado?
R.- Ha cambiado. El servicio secreto siempre activa mecanismos para evitar infiltraciones. Los espías no hablan con extraños sobre secretos, pero sí entre ellos, generando confianza, aunque oficialmente no deberían. El CNI es el organismo de España en el que hay más divorcios. Les han enseñado a no confiar en nadie, y mantener la reserva con su propia familia. Por ejemplo, cuando un agente llega a casa a las dos de la madrugada, después de haber bebido varias copas, su pareja no puede preguntarle de dónde viene porque es secreto. Al final, sólo te sinceras con tus compañeros.
P.- El caso de Bárbara Rey fue otro escándalo. ¿La relación entre el CNI y la Casa Real ha cambiado o podría repetirse algo similar?
R.- El escándalo fue para la Casa Real, no para el servicio secreto. El problema lo genera el Rey, cuando mantiene una relación con esa artista, y ella quiere dinero a cambio de guardar silencio. En el CNI actuaron para evitar riesgos al Estado. Si alguien chantajea al Rey, deben intervenir. Este protocolo se aplicó también con Corinna Larsen y con otros problemas posteriores. A lo mejor lo han vuelto a hacer y todavía no lo sabemos, porque de estas cosas nos enteramos tiempo después.
P.- La relación diplomática con Estados Unidos no pasa por su mejor momento. ¿Afecta esto a la colaboración entre los servicios de inteligencia?
R.- Siempre afecta. Ha afectado a la relación del CNI con la CIA, pero también a la relación con el Mossad, el servicio secreto israelí. La seguridad del Estado depende de la inteligencia, no solo de armas, y a veces determinada información puede dejar de fluir, como presión. Ahora bien, Estados Unidos es nuestro aliado, pero hace tres años nos metieron un topo; eso no se hace con un aliado, eso se hace con enemigos. Ahora con Trump nuestra relación ha cambiado mucho.
P.- ¿Cuáles son los principales temas de información compartida entre aliados?
R.- Todo es secreto, aunque se sabe que existe lo que llaman la lista de la compra. Habitualmente, hay un delegado y un cooperante de la CIA, y aquí un jefe de la división que se reúne periódicamente. Todo tiene un valor y se da a cambio de otros datos. Además, hay clubes especializados donde se comparte inteligencia sobre determinadas materias, como el terrorismo yihadista. También hay intercambio de información con Rusia cuando conviene. La prioridad siempre es proteger los intereses nacionales.
P.- ¿El espionaje tradicional ha cambiado con la tecnología, satélites y vigilancia electrónica?
R.- No ha cambiado en esencia. La mejor información sigue proviniendo de agentes humanos infiltrados en grupos objetivos. Los satélites no reemplazan la presencia física de espías. Los agentes en terreno proporcionan información que la tecnología no alcanza, como reuniones secretas de terroristas o negociaciones delicadas.
