‘No me llames traidor’, el agente doble y las tres verdades
Las preguntas claves: ¿por qué razón traicionarías a tu país? ¿Y qué movería a tu país a traicionarte?

Portada de 'No me llames traidor'. | HarperCollins
«Juego, esa palabra clave con la que Beto envolvía el mundo del espionaje en el que vivía, y que sus autores preferidos, antiguos agentes secretos, consideraban un mundo frustrante, en el que la gente terminaba hastiada y buscaba una vida alternativa».
Beto es Beto Romero, un guardia civil captado por el servicio secreto, con un don de gentes pocas veces visto, capaz de convertirse en un destacado agente de campo que, como la mayor parte de sus compañeros, soñaba con cumplir grandes misiones al servicio de su país. La historia de Beto es el eje central de mi nueva novela No me llames traidor (Harper Collins), inspirada en el caso de Roberto Flórez, el único agente español condenado por traicionar al CNI y a España con el espionaje ruso.
En el proceso de creación de la historia, disfruté especialmente con la investigación en profundidad sobre la vida del asturiano y de todo el proceso que envolvió su caso. Me llamó la atención, absorbió mis pensamientos, se convirtió en una obsesión, intentar comprender los motivos que llevaban al que todos consideraban un traidor, al que un tribunal declaró culpable, a mantenerse firmemente en la postura de que nunca había sido un traidor. Había cometido pecadillos, pero nunca, nunca, había vendido secretos a la Rusia de Putin y tampoco había cobrado por ello.
De esta obsesión —la del espía y también la mía— surgió la necesidad de hacer un thriller en el que la verdad no fuera un bien absoluto, en el que yo me encargara de respaldar las evidencias de cada una de las partes. Luego, el lector, el amo y señor del libro una vez publicado, decidiría a quién creer.
¿Hubo una conspiración contra el traidor?
Tenía dos versiones de lo sucedido delante de mí, que documenté con profusión. La de Beto Romero, su verdad, en la que recorre su vida, expresa sus sueños, muestra sus fortalezas y debilidades, explica sus éxitos y, a su manera, reconoce aquello que no le ha salido como esperaba. No entro en si tiene razón y es inocente, pero acepté la posibilidad de que hubiera podido existir una conspiración en su contra, que pasaran cosas extrañas, que alguien manipulara la realidad.
La segunda versión es la del servicio secreto. Hice un ejercicio de inmersión para comprender a sus mandos, visualizar la frustración que sintieron ante la situación dramática de moverse en un pajar ocupado por 3.000 agentes y no dar con la aguja traidora. Me metí en el mundo de los que bauticé como «cazadores de traidores», los oficiales de inteligencia encargados de apresar a ese ser deleznable. Visualicé su ansiedad, sus enigmas éticos, su obligación desapacible de dudar de muchos de sus compañeros con el objeto de conseguir su fin. Todo valía para pillar a la rata renegada y conseguir una condena.
Disponía de dos versiones que se contradecían. Mi apuesta fue dar un paso más en ese relato sobre el precio de la lealtad y el poder corrosivo de la duda. Indagué mis propias respuestas a los hechos que ambas partes describían, utilizando las herramientas propias del periodismo de investigación. Me encontré con una tercera versión que se alejaba de las anteriores y ofrecía datos novedosos, distintos, sorprendentes —alguno de ellos me llevó a considerar lo inocente que había sido hasta ese momento—. Fue un intento de descifrar la línea que separa al héroe del Judas.
No me llames traidor es una novela en la que se abren tres ventanas sobre la historia de Beto Romero, un espía que pagó el precio más alto. Cada verdad contradice a la anterior y lleva a una batalla en la partida final, un desenlace, en el que el verdadero riesgo es creer que tienes el control.
El espionaje es un juego de intrigas, manipulación y sacrificios personales. Llevo 35 años en ese mundo y sigo pensando que los personajes son inauditos y el ambiente opresivo, que la traición es algo habitual —igual que lo es en nuestra vida pública y privada— y que nada es tal y como nos lo cuentan. Mientras escribía el libro, hice dos preguntas a mucha gente: ¿por qué razón traicionarías a tu país? ¿Y qué movería a tu país a traicionarte? Este es el secreto que os quería contar sobre No me llames traidor: un solo narrador, tres fuentes de inspiración y una verdad imposible.
