The Objective
El buzón secreto

Cualquier periodista (digan lo que digan) habría querido a Villarejo como fuente

El periodista no busca fuentes con ética envidiable, sino con información privilegiada

Cualquier periodista (digan lo que digan) habría querido a Villarejo como fuente

El comisario jubilado José Manuel Villarejo. | Maricel Blanch (EP)

José Villarejo es un comisario atípico que conocí en el año 1995. Me bastaron un par de citas para calarle, saber quién era, entender lo que representaba y, lo principal, cómo actuaba. Por eso me extrañó que su irrupción en la escena pública tantos años después causara sorpresa. Muchos debían disponer de la misma información que yo.

En la última semana se han reproducido algunos rifirrafes entre el comisario y periodistas parecidos a los que ya se han producido años anteriores. Villarejo es deslenguado, con un punto de agresividad basada en el convencimiento de estar en posesión de la verdad y siempre reacciona ante cualquier ataque. Me parece un sinsentido que mucha gente, dentro y fuera de la profesión, critique públicamente a los profesionales de la información que mantuvieron relaciones profesionales con él, como si se hubieran vendido al lado oscuro de la vida de este país.

Porque viví la época que va desde los ochenta, cuando surge el fenómeno Villarejo, hasta la pasada década, en la que cayó su figura, puedo afirmar que cualquier periodista que hiciera información más en profundidad habría hecho lo que fuera por tenerle como fuente informativa.

Que nadie engañe a la opinión pública: los periodistas buscamos la información más oculta, secreta, entre aquellos que la tienen, y con frecuencia son policías, guardias civiles, políticos o espías, con personalidades complicadas, difíciles de tratar, manipuladores, que siempre buscan algo detrás de cada historia que filtran.

A lo largo de mi carrera, las mejores fuentes que he tenido han sido personas con una personalidad poliédrica, que no me entregaban información sin buscar contraprestación, que me aceptaban porque sabían que publicaría lo que otros no harían. Y porque jamás de los jamases les delataría. Aún más, haría lo que fuera necesario para que nadie pudiera identificarlos como mis fuentes. 

Entre esas numerosas personas nunca estuvo José Villarejo, motivo que me da más argumentos para explicar que no entiendo los ataques a los periodistas que sí se relacionaron con él. El problema, si lo hubiera habido, habría estado entre los profesionales de la información. Aunque las fuentes sean fiables al cien por cien, la obligación del periodista es confirmar cada extremo de la noticia y nunca publicar ni mentiras ni asuntos dudosos. Si Villarejo hubiera mentido a algún periodista, o exagerado una información, es el periodista el responsable de no haberlo difundido. 

El policía, el periodista y el juez Garzón

Mi historia con el comisario comienza en mayo de 1995. Se montó un tremendo follón por la aparición de un dosier en contra del magistrado de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón. Dos años antes, había dejado de investigar las corruptelas del Gobierno para entrar en las listas electorales del PSOE, pero la nula materialización de las promesas de González le había desalentado de permanecer en política. Tras vivir un año esa pésima experiencia, había vuelto a vestirse de toga.

Villarejo había elaborado el Informe Veritas sobre aspectos sucios de la vida de Garzón, en el que aparecían mencionadas diversas personas relacionadas con él, entre ellas el prestigioso periodista Luis del Olmo. En los medios se hablaba mucho sobre ese dosier, pero nadie había leído su contenido. El director del semanario Tiempo era Pepe Oneto y el redactor jefe de Nacional, yo. 

Un día Pepe se acercó a mi mesa para preguntarme si conocía a Villarejo. Hasta esos días, apenas había oído hablar de él; sabía muy poco de su carrera.

—Pero, ¿al «Gordo» sí le conoces? —se refería a otro policía, Enrique García Castaño.

—Hemos quedado unas cuantas veces.

—Pues son troncos. Mira a ver qué sacas sobre Villarejo, lo que ha hecho hasta ahora. Me han contado que está en todo lo sucio que ocurre en España.

—No sé si sus compañeros polis me contarán muchas cosas —contesté escéptico.

—Seguro que sí… y también pregunta a tus amigos espías, seguro que le conocen. Hoy es jueves, la revista la cerramos mañana y quiero que tu historia esté en los quioscos el lunes.

—Pero Pepe…

—Si alguien puede hacerla en tan poco tiempo, eres tú; yo te echo una mano, hago unas llamadas y te cuento.

A lo largo de mi carrera he tenido la suerte de trabajar con grandes directores que me han enseñado mucho de la profesión, cada uno con sus propias aristas. Pepe acababa de poner en marcha una carambola que yo desconocía

Aparqué lo que estaba haciendo y telefoneé a mucha gente del círculo de las alcantarillas. Obtuve poca información. Noté que cuando les mostraba mi capote, las fuentes no querían entrar; algunas escapaban con discreción y otras directamente decían que era un cabrón, pero no querían enfrentarse a él. 

El viernes por la mañana, cuando debía cerrar sí o sí la historia, me tranquilicé al comprobar que Pepe le había guardado poco espacio y nada de una llamada en portada. Apareció por mi mesa y me contó varios asuntos de los que se había enterado. 

—Villarejo ha montado una agencia de modelos para follar él y montar trampas a gente que investiga.

—Pepe —me puse a la defensiva—, nadie me ha hablado de eso, habría que confirmarlo.

—No hace falta, es una información segura.

—Pero…

—Hazme caso, si no, jamás te lo habría dicho. Date prisa, cierra el tema y me pasas una copia.

Publicamos la historia sin darle gran realce tipográfico. El mismo lunes, por la mañana, Pepe se me acercó feliz

—Me acaba de llamar Villarejo; viene esta tarde a la redacción. Cuando llegue, te aviso y te pasas por mi despacho para que te lo presente.

Todavía no podía imaginarme lo que había detrás de la historia y lo que pasaría en el despacho de mi director, quien solo en ese momento me había reconocido que le conocía desde hacía tiempo.

Por la tarde, fui al despacho del director y me encontré con Pepe hablando de pie con dos tipos altos, robustos, fuertotes, vestidos del color del luto. Noté una fuerza desmedida en los apretones de manos y sentí extrañeza cuando Pepe salió de inmediato como alma que se lleva el diablo «para que podáis hablar tranquilos».

Villarejo y su pareja policial intentaron descubrir quiénes eran las fuentes que me habían facilitado la información. Les interesaba especialmente quién se había ido de la lengua en el asunto de las modelos. Entendí que no debía implicar a Oneto y, además, jamás había delatado a una fuente y no iba a hacerlo en ese momento. Mi silencio los llevó a intentar amedrentarme como si estuvieran en un interrogatorio. Comprobado el fracaso de sus manipulaciones, Villarejo me ofreció convertirse en mi fuente para evitar que «los cecilios» —como llamaba a los agentes del Cesid— me intoxicaran como habían hecho, según él, hasta ese momento. Me quedó claro que había interpretado que el contenido de mi historia procedía del servicio secreto.

Cuando se fueron y pude estar a solas con Oneto, le llamé cabrón y él sonrió ampliamente.

—Tranquilo, hemos conseguido una copia del Informe Veritas; gracias a tu historia me lo ha traído Villarejo.

Una semana después, quedé con el hombre de negro en el Vips de enfrente del Grupo Zeta, en la calle O’Donnell. Cuando llegué, él salió de un vehículo cuya marca nunca he retenido porque me interesan bastante poco, pero posteriormente he confirmado que era un Porsche. Me dijo que no le gustaba dejar su coche aparcado en la calle y prefería que habláramos dentro. Supe que debía tener cuidado con lo que decía, porque ya me habían alertado Oneto y un policía de que Villarejo siempre grababa todas las conversaciones que mantenía, fuese quien fuese la persona con la que estaba reunido.

Nunca fui su colega, ni me convertí en uno de sus periodistas amigos. No me importó, tenía abiertas otras fuentes apasionantes en el mismo mundillo. 

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