The Objective
Análisis

El postsanchismo ya está aquí

«Los últimos ‘believers’ del sanchismo empiezan a visualizar ya que su cabeza será la siguiente en la picota electoral»

El postsanchismo ya está aquí

Ilustración de Alejandra Svriz.

Sepa, caro lector, que si usted se engaña, Pedro Sánchez no lo hace. El presidente sabe perfectamente que este es el final, dure este lo que dure. Así lo explican los cada vez más sanchistas que ocultan ante el jefe sus conversaciones con medios proscritos en Moncloa, como THE OBJECTIVE. Lo sabe el presidente y lo saben sus socios, cuyos movimientos precipitados para orquestar un frente de izquierdas evidencian su desesperación ante el imparable despeñamiento de los miembros de su alianza Frankenstein. Son momentos de ingeniería política, de gurús y ‘compol’ (comunicación política), cuya receta ofrece una dosis de humo por cada tres de vanidad (Las proporciones se duplican si hablamos del vídeo de Iván Redondo). La retransmisión en directo del acto de Gabriel Rufián desde RTVE y otros medios de la corte, como eldiario.es, es también una evidencia de que detrás de Rufián y Santaolalla está obviamente la Moncloa, necesitada de «agitar el gallinero» de la izquierda, en palabras de Joan Baldoví. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas y altavoces escandalosos.

Esos socialistas que hablan entre bambalinas explican que «solo tenemos una oportunidad si se consolida una opción de un Sumar plurinacional y si Pedro Sánchez no es candidato». Ya se ha abierto la veda. No son los críticos, sino los sanchistas pata negra los que piden —sottovoce, eso sí—, que Sánchez dé un paso atrás y que no se presente a las próximas elecciones generales. La cascada de bulos, fake news y mentiras que publicamos los seudomedios sí merecen credibilidad para un PSOE que se pliega a la evidencia del declive del sanchismo, aunque con lecturas distorsionadas: «Pedro ha sido un buen presidente, pero un mal secretario general. Tiene que irse y que esto se regenere», explican con nulas esperanzas.

La confirmación esta misma semana por parte de Pedro Sánchez —«Me pienso volver a presentar»— no es casual. En un clima depresivo creciente, la afirmación de Sánchez no es un compromiso, sino una amenaza y un dique de contención a los críticos. Tras la revelación de Felipe González de que no votará al PSOE en los próximos comicios, el presidente intenta evitar que el partido caiga en el desánimo y se inicie una rebelión interna para forzar la convocatoria de unas elecciones generales, antes de las municipales y autonómicas de 2027. Los veteranos del partido presagian que, de no adelantarse los comicios, serán los alcaldes y candidatos autonómicos los que asuman la hecatombe en carne propia.

Los «represaliados» del sanchismo

Numerosos cargos actuales socialistas sostienen que debería ser Sánchez quien pare el golpe antes, «aunque sea unos meses antes», permitiendo un tiempo para la recuperación del partido en mayo de 2027. Huelga decir que la promesa de su candidatura, así como su agotamiento de la legislatura, tiene la misma validez que las dos anteriores promesas de que no adelantaría las elecciones generales. En sus siete años y medio de mandato, Sánchez no ha hecho otra cosa que adelantar las urnas, tanto en 2019 como en 2023. Y a lo que espera es a conseguir inflar lo suficientemente a Vox como para que sobrepase la barrera del 20%, retroalimentando a la otra cara de la pinza: el PSOE.

Sin embargo, nunca antes como esta semana Pedro Sánchez ha dejado tan claras sus intenciones: la movilización de cara a las generales de 2027. Preguntado en la India por las derrotas recientes y las próximas, obvió Castilla y León y Andalucía. Qué más da un barón más achicharrado o uno menos. No importa. El PSOE ya es plenamente consciente de que a su secretario general le dan igual las debacles en los territorios. No deja de ser paradójico, después de las molestias que se tomó en matar políticamente a Luis Tudanca, Susana Díaz y Javier Lambán en sus respectivas primarias territoriales, que ahora se desentienda de las urnas que verdaderamente importan, las de las elecciones, sobre todo teniendo en cuenta cómo se las gastaban los suyos para manipular los resultados de las consultas internas. En el PSOE también son ya conscientes de que tanto Tudanca como Juan Espadas o Pilar Alegría han pasado a engrosar las listas de los sacrificados, pese a haber sido fieles sanchistas en sus orígenes. Tudanca fue uno de los tres únicos barones socialistas que permaneció junto a Pedro Sánchez tras el Comité federal del PSOE en octubre de 2016, junto a Miquel Iceta e Idoia Mendia, a quienes también mandó Sánchez a los libros de historia.

«El postsanchismo ya ha empezado»

Los últimos believers del sanchismo empiezan a visualizar ya que su cabeza será la siguiente en ser expuesta en la picota electoral. Quizá por ello, Óscar Puente haya recuperado su perfil de Mr. Hyde, tras desprenderse del moderado Dr. Jeckyll, convencido de que no habrá muchos candidatos que tengan el respaldo de la militancia en el postsanchismo; Marlaska se contagia de sus formas versallescas, invitando al PP a decirle las cosas en la calle; y el partido airea los movimientos de Óscar López y Antonio Hernando para moverle la silla a Sánchez, mientras los hombres de Félix Bolaños (Fran Martín) airean las «miserables» palabras de López contra el difunto Lambán, con la intención de erosionar el liderazgo de la codiciada plaza de la secretaria general de Madrid, buscando un asidero para el futuro. «El postsanchismo ya ha empezado» me dice una de mis mejores fuentes en el PSOE. Unos tienen aspiraciones, otros albergan temores y unos terceros empiezan a buscar salidas profesionales. Pero nadie tiene dudas. Tampoco Sánchez. 

Lo ocurrido esta semana en el seno de la Policía Nacional es uno de los últimos naipes de un castillo que ya no existe. Con el juicio de Ábalos y Koldo a las puertas, Santos Cerdán, Begoña Gómez y el hermanísimo en capilla, el fiscal general del Estado condenado, dos sumarios secretos a punto de levantarse (financiación del PSOE y Plus Ultra), los nervios de Zapatero y la SEPI bajo la lupa, la dimisión del director adjunto operativo afín a Marlaska y amigo de Segundo Martínez y Paco Pardo (hombres de Bono y ZP), el fin de ciclo es solo una obviedad.  

Me decía un policía una semana que todos los ciclos políticos acaban con un escándalo policial: los GAL, el 11-M, el chivatazo a ETA, la Kitchen… Todos distintos, pero con un elemento en común: afloran en la decadencia, como anunciando que el final ha llegado y es urgente abrir las compuertas de la decencia para oxigenar el sistema, dándole paso a la alternancia que sustenta nuestra democracia. La caída del DAO esta semana es la confirmación del ocaso del sanchismo. Un cuerpo en estado vegetativo, que sigue mostrando constantes vitales pese a registrar un fallo multiorgánico generalizado. Mientras unos apuestan por esperar a que se apague y otros por desconectar la máquina y dejarlo ir, él sigue luchando por sobrevivir, dando los últimos coletazos. Pero hasta sus más cercanos han perdido la esperanza, y aunque no se atreven a decírselo, susurran en las esquinas de la Moncloa cuándo será el entierro y quién podría ser el ‘rey puesto’. El postsanchismo ya está aquí, aunque Sánchez esté todavía de cuerpo presente. Y la única certeza es que, hasta que no deje de luchar, la situación solo es susceptible de empeorar.

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