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El iPad de Ferran Adrià

Equipado con un iPad y un delantal, Ferran Adrià lee su propio libro en un pdf. Como tutorial de cocina igual no tiene mucho valor, pero es innegable que ha inventado el cuentacuentos gastronómico.

El iPad de Ferran Adrià

Decía una amiga que después de tanto tiempo con el mismo novio, ya no hacen el amor, lo comentan. Una relación similar debe de tener Ferran Adrià con su profesión, porque observo que después de toda la vida siendo el cocinero de España, ya no cocina, lo comenta.

Los más jóvenes estamos acostumbrados a ver a Adrià hablar de cocina, pero nunca lo hemos visto cocinar, es todo cuestión de fe. Así que cuando la semana pasada anunció en Twitter que durante el confinamiento compartirá sus experiencias para echar una mano a los no profesionales, muchos interpretamos esas palabras como un regreso público a los fogones.

“Viva el rey del martesanto. El barrio entero pa ti”, le grité a la pantalla.

Cumpliendo su palabra, Adrià publicó un vídeo donde aparece en una cocina, equipado con un delantal, cuatro ingredientes muy básicos y un iPad. Con esas pocas cosas pedía pista porque no iba a hacer un plato sino menuses y menuses. Mientras decía esto, yo miraba la aceitera, una jarra de leche y la bandeja de cebollas que tenía en su encimera. Me vine arribísima e imaginé al gurú de la gastronomía deconstruyendo eso hasta convertirlo en unos salmonetes al jerez. “Viva el rey del martesanto. El barrio entero pa ti”, le grité a la pantalla. Lo que no esperaba es que mi Dios de cala Montjoi me desinflase tan rápido ese gran suflé mental que me acababa de montar: Adrià ha venido, una vez más, a hablar de cocina, no a cocinar.

Gestioné mi chasco con una bajona; otros lo procesaron en enfado y hubo una tercera categoría de twitteros cuya reacción me dejó muy desconcertada. Son los que yo denomino el grupo gastrofantasía. Un grupo de personas anónimas compinchadas para volverme loca.

Empezaron a poner comentarios eufóricos en el vídeo donde Adrià no hacía otra cosa que leer un pdf. Estos comentarios no se correspondían para nada con lo que yo estaba viendo, así que me sentí como la abstemia de un botellón en Ibiza: “Grande, maestro!”. “¡Espero más recetas!”. “¡Fabuloso! Eres el mejor”. ¡Pero qué dicen! ¿De qué Midsommar han salido éstos?, pensé. Me puse a investigar si existe un Twitter de pago, no sea que lo que yo estaba viendo fuese la versión restringida de los contenidos. Pero nada. Busqué esos vídeos enteros en noticias, googleé, reastreé YouTube, llamé a Netflix… Nada de nada. Tentada por trasladar mi preocupación al CNI o a Newtral, finalmente extraje yo sola mi propia conclusión: ¿Sabéis esos voluntarios de un show de hipnosis a los que les ponen unas gafas y ven al público desnudo? Pues los ferranliebers tienen esas gafas, porque está comprobado que ven cosas que tú y yo no podemos.

A pesar de todo, no sé qué tipo de glutamato tienen estas entregas porque no me pierdo una. Como vídeos de recetas no les encuentro atractivo, pero es innegable que Adrià ha inventado el cuentacuentos gastronómico. Me entretiene verle leyendo su propio libro y recomendando —porque él es un alma libre— que salgamos dos veces en semana a hacer la compra (sería muy cachondo que me diera ahora por ir al mercado con más frecuencia que antes del confinamiento).

Y cuando ya estaba hecha a la idea de que la máxima acción culinaria que le vería hacer sería cambiar un limón de sitio, Ferran Adrià, el rey del plot twist, me volvió a sorprender cocinando de verdad. Así, a bocajarro y sin avisar a nadie, hizo un postre. Yogur con mandarina y miel. Como giro de guión es sensacional: nos lee cómo hacer un cordero a la menta, pero nos muestra cómo volcar un yogur en un bol.

Ojalá le den cuatro o cinco estrellas Michelin.

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