The Objective
Gente

La historia de amor de Ana Blanco y su marido entre Laredo y Madrid: «Yo soy mucho de reír»

La que fuera presentadora del Informativo siempre ha sido una persona discreta, a pesar de llevar casada varias décadas

La historia de amor de Ana Blanco y su marido entre Laredo y Madrid: «Yo soy mucho de reír»

Ana Blanco, en un 'photocall'. | Gtres

Ana Blanco es una de las periodistas con mayor reputación de nuestro país. Durante la mayoría de su carrera, la presentadora estuvo llevando las riendas del Telediario de TVE, convirtiéndose en uno de los rostros más conocidos de la pequeña pantalla. Todo esto ha hecho que Ana siempre haya mostrado esa cara más pública, más profesional y menos la personal. Aún así, estos últimos años han sido especialmente tranquilos, también en su parcela más íntima, sobre todo después de que le dijera ‘adiós’ a una etapa de lo más prolífica en el noticiero y abrazara la jubilación, de la que ahora disfruta entre Madrid y Cantabria.

La vida de Ana Blanco (Bilbao, 1960) es el mejor ejemplo de lo que significa la sobriedad y el rigor en la historia de la televisión en España. Durante más de 30 años, fue «la cara de la noticia», logrando algo casi imposible: ser una de las personas más famosas del país manteniendo, al mismo tiempo, un anonimato casi total sobre su vida fuera del plató. Antes de convertirse en periodista, Ana estudió Pedagogía en la Universidad de Deusto, pero su voz la llevó primero a la radio —tanto a Los 40 Principales como a Radio 16—. En 1990 se presentó a un casting de TVE para los informativos. Empezó un sábado en el Telediario de Fin de Semana y, desde entonces, no se movió de la pública hasta su jubilación.

La carrera de Ana Blanco en TVE

Ana Blanco, Mónica López y Jesús Álvarez en el plató de TVE. | Gtres

Ha presentado todas las ediciones del Telediario y ha cubierto los eventos más importantes del cambio de siglo: desde los atentados del 11-S —estuvo más de siete horas seguidas en directo— y el 11-M, hasta bodas reales, cambios de gobierno y la pandemia. En su estilo nunca buscó el protagonismo. Su sello era una lectura limpia, un tono calmado y una gestualidad mínima que transmitía una confianza absoluta al espectador.

Ana Blanco ha logrado lo que parece un milagro en la era de la sobreexposición: ser un icono nacional manteniendo su intimidad bajo siete llaves. Casada con el abogado y periodista Juan Carlos Bolland, su relación ha sido el pilar de una vida marcada por la sencillez. Quienes han trabajado con ella la describen como una mujer de una timidez protectora, que llegaba a Torrespaña, cumplía con un rigor quirúrgico y desaparecía sin dejar rastro en el mundo de las fiestas o los eventos sociales. Su icónico peinado, ese corte bob con flequillo que apenas varió en tres décadas, no era solo una elección estética, sino un uniforme de trabajo que le permitía mantener una imagen de estabilidad imperturbable ante las crisis que narraba cada día.

Fuera de los focos, Ana es una apasionada de la cultura y el deporte tranquilo. Es habitual verla, ahora con más frecuencia, practicando golf, una de sus grandes aficiones compartidas con su marido, donde encuentra el silencio y la concentración que el directo le exigía durante años. También es una ávida lectora y una enamorada de Madrid, ciudad que recorre con la libertad que le otorga no haber alimentado nunca el personaje más allá de la noticia. Curiosamente, a pesar de ser la cara más reconocible de la televisión pública, suele pasar desapercibida gracias a su actitud discreta; ella misma bromeaba con que, fuera del plató y sin el maquillaje de televisión, era simplemente «una vecina más» haciendo la compra o paseando por el Retiro.

Una jubilación discreta y mucho tiempo libre por delante

Su salida de la primera línea no fue un portazo, sino una retirada elegante y meditada. Tras dejar el Telediario en 2022, se volcó en el proyecto Todo cambia, una serie documental que le permitió salir de la pecera del plató para recorrer España. En este formato, la audiencia pudo ver a una Ana Blanco más relajada, capaz de conversar sobre la evolución de las costumbres, la tecnología o la familia, pero siempre manteniendo esa distancia profesional que es su sello de identidad. Fue su manera de despedirse, demostrando que su curiosidad periodística seguía intacta, aunque sus ganas de estar bajo la presión del horario de máxima audiencia se hubieran agotado.

El lado más personal de Ana Blanco.
Ana Blanco, en una imagen de archivo. | Gtres

A día de hoy, en enero de 2026, Ana disfruta de una jubilación que protege con el mismo celo que su carrera. No ha cedido a las suculentas ofertas para escribir memorias ni para participar en tertulias de análisis político; su silencio es su última lección de periodismo. Vive centrada en su familia, en sus viajes culturales por Europa y en el placer de ser, por fin, una espectadora más. Para Ana Blanco, la jubilación no ha sido un vacío, sino la conquista definitiva de ese anonimato que siempre persiguió mientras le contaba al país cómo cambiaba el mundo.

Laredo, su pequeño paraíso

La jubilación de Ana Blanco ha seguido la misma premisa que su carrera: la búsqueda de la tranquilidad y el refugio en sus raíces del norte. Aunque mantiene su residencia en Madrid, su vínculo con Cantabria, y específicamente con Laredo, se ha convertido en el eje de su nueva vida. Pasa la mayor parte del tiempo en la localidad cántabra de Laredo que no es solamente un destino de vacaciones; es «su lugar en el mundo». Aunque ella es bilbaína de nacimiento, desde hace años posee una casa en esta villa marinera cántabra, donde ahora pasa largas temporadas tras su jubilación. En Laredo, Ana es una vecina más. Se la ve paseando por la Playa de la Salvé —una de las más largas del Cantábrico— y disfrutando de la gastronomía local sin el estrés de los horarios de Torrespaña.

La localidad cántabra de Laredo. | Turismo de Cantabria

Allí encuentra el equilibrio perfecto; la gente de la zona respeta profundamente su privacidad, permitiéndole disfrutar de una vida sencilla, de compras en los mercados locales y cenas tranquilas frente al mar. Desde hace años, como decíamos, mantiene una relación con el abogado Juan Carlos Bolland, un prestigioso abogado, aunque también tiene formación como periodista. Esta doble faceta le ha permitido entender mejor que nadie el nivel de presión y la necesidad de discreción que requería la carrera de Ana. Quienes los conocen lo describen como un hombre culto, muy educado y con una gran pasión por la lectura y la navegación, aficiones que comparte con la presentadora.

Juan Carlos, su marido

Se conocieron en el entorno profesional en Madrid, cuando Ana todavía estaba dando sus primeros pasos en la radio. Por aquel entonces, ambos compartían círculos de amigos relacionados con el derecho y la comunicación. Lo que los unió fue una visión del mundo muy similar: ambos valoraban el éxito profesional pero despreciaban la fama vacua. Conectaron rápidamente por su sentido del humor inteligente y su amor por el norte de España. Se casaron en una ceremonia privada y, desde entonces, han formado uno de los matrimonios más estables del panorama nacional. Juan Carlos ha sido su mayor apoyo en los momentos de mayor tensión informativa —como la cobertura de las guerras o los atentados—, siendo la persona que la esperaba en casa para ayudarla a desconectar del mundo.

Han sido pocas las ocasiones en las que Ana ha concedido entrevistas. Es más, todo lo que sabemos de ella es por lo que ha contado su entorno. Pero, aún así, ha confesado que es «una persona tímida», aunque también es mucho «de reír». Ella misma ha reconocido que nunca pensó en «presentar un telediario». Y, sin embargo, «aquí estoy». Además, afirmó que se sentía muy «afortunada» por haber sido testigo de la historia de este país durante «20 años».

Publicidad