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José Sacristán, a sus 88 años: «De niño viví en una frontera clara entre la pobreza y la miseria»

El actor madrileño sigue en activo y puede presumir de tener una espectacular carrera en el mundo de la interpretación

José Sacristán, a sus 88 años: «De niño viví en una frontera clara entre la pobreza y la miseria»

José Sacristan, en una imagen de archivo. | Gtres

José Sacristán es uno de los actores de referencia en nuestro país. Sacristán, a sus 88 años, sigue al pie del cañón, abordando cada uno de los proyectos que le llegan tanto en el teatro como en la televisión. Su carácter, la actitud que muestra en su día a día, viene de aquellos momentos de infancia que le marcaron para siempre. «En mi infancia había una frontera muy clara entre la pobreza y la miseria. Éramos pobres, pero no miserables. Mi abuela y mi madre hacían milagros para que el hambre no nos quitara la alegría de jugar en la calle», contó en una ocasión.

Su padre fue encarcelado durante la Guerra Civil, lo que hizo que su infancia estuviera marcada por sus visitas a prisión. «Recuerdo las visitas a la cárcel de Ocaña para ver a mi padre a través de unos locutorios con doble reja. Yo era un niño que no entendía de ideologías, pero entendía perfectamente el dolor de ver a mi padre encerrado por sus ideas. Aquello me dio una medida de la libertad que no he olvidado nunca», apostilló. Y es que su pasión por la actuación comenzó en el corral de su casa de Chinchón. «Me ponía las plumas de las gallinas y jugaba a ser otro. Ser actor fue mi manera de no aceptar la realidad que me había tocado vivir, de inventarme un mundo donde no hubiera rejas ni cartillas de racionamiento», comenta.

La infancia de José Sacristán

José Sacristán y su actual mujer, Amparo Pascual
José Sacristán y su actual mujer, Amparo Pascual

Su madre provenía de una estirpe de «labradores y de gente que se ganaba el pan con el lomo doblado». Es más, su infancia olía a «mula, a rastrojo y a aceite de máquina. Eso te da una estabilidad económica mental que ninguna fortuna puede comprar: saber cuánto cuesta ganar un duro». Así, con el paso del tiempo, se acostumbró a vivir con lo justo. Fue en esos primeros años de vida donde se forjó su identidad como hombre y como artista. Él se define a sí mismo con orgullo del «hijo de la Nati y el Venancio», narrando esos años de posguerra con una mezcla de crudeza y ternura poética.

Su madre siempre fue «su cómplice», su «alegría». Es más, «no había un sitio en el que se estuviera mejor que a su lado». La Nati era quien alimentaba su fantasía, la que le cantaba fandanguillos y granainas como canciones de cuna, y quien más tarde le compraría cromos de artistas a una peseta el sobre, alimentando su sueño de «ser cromo» algún día. Su padre fue un joven campesino republicano a quien la guerra «le jodió vivo». Venancio pasó los primeros años de la vida de José en prisión —en Ocaña y otras cárceles—. Por eso, el actor se crió principalmente con su abuela y su tío.

«Conocí a mi padre a los seis años»

José Sacristán nació en Chinchón.

Sacristán ha recordado recientemente el impacto de conocer a su padre a los 6 años —hacia 1942—. Fue en una estación de tren en Madrid; su madre lo vistió de madrugada, entre lágrimas de la abuela, para llevarlo a conocer a ese hombre que salía de prisión pero que tenía prohibido volver a su pueblo. Describe a su padre como alguien a quien le era «imposible reclamarle ternura», no por falta de amor, sino porque estaba marcado por la derrota y el dolor. Su padre quería que José fuera un «hombre de provecho» (mecánico), no un «titiritero». Chinchón fue un lugar que siempre marcó su memoria.

Ha confesado que había casas y calles por las que su abuela le hacía «pasar de largo», lugares que exhalaban un aroma a victoria de unos y derrota de otros que un niño no entendía, pero presentía. El corral de gallinas fue su primer escenario Allí se ponía plumas de gallina para jugar a ser un Comanche o un guerrero, escapando de la realidad gris de las cartillas de racionamiento. Su infancia fue humilde hasta el extremo. De hecho, ha contado anécdotas de sus primeros años como actor donde el hambre de la infancia aún coleaba. En sus primeras obras, cuando los actores usaban pollo o pan de atrezzo —el decorado—, él esperaba a que se apagara la luz para «trincar el pollo» y comérselo, ya que era su única cena real.

Unos años de vida marcados por la Guerra Civil

El momento en el que conoció a su padre fue de lo más impactante. «No había amanecido todavía cuando mi madre me vistió. Yo notaba que nos íbamos, que nos íbamos a Madrid. Mi abuela lloraba, mi tía lloraba… Había una sensación de tragedia y de esperanza al mismo tiempo que un crío de seis años no sabe nombrar, pero siente en los huesos», ha contado. Sacristán no tenía «una imagen viva de él, solo el relato de mi madre». «Recuerdo verlo allí, de pie, con una maleta de madera y una mirada que venía de muy lejos. Mi madre me dijo: ‘Este es tu padre’. Y lo que vi fue a un hombre humillado por la victoria de los otros, pero que mantenía una verticalidad que me impresionó», apostilló.

Ahora, José Sacristán es uno de los rostros más conocidos de nuestra televisión. Antes de eso, trabajó como mecánico de coches en un taller de Madrid. Mientras arreglaba motores, ahorraba cada peseta para ir al cine. Debutó en el teatro en la década de los 60 con la compañía de Lope de Vega. Su físico, delgado y de rasgos marcados, no encajaba con el galán de la época, pero su voz y su verdad lo hacían magnético. Durante mucho tiempo, adoptó un papel secundario que fue evolucionando. Con la llegada de la democracia, su carrera dio un giro radical. Se convirtió en el actor fetiche de directores que querían contar la nueva España. Protagonizó películas fundamentales como Asignatura pendiente (1977) de José Luis Garci, que capturó perfectamente el sentimiento de una generación que recuperaba el tiempo perdido.

José Sacristán vivió una infancia marcada por sus padres.

Entre sus obras maestras, nos encontramos con La colmena, La vaquilla o El viaje a ninguna parte. Sacristán desarrolló un vínculo indestructible con Argentina, donde es una leyenda. Su interpretación en Un lugar en el mundo le convirtió en el referente del hombre íntegro, de principios inamovibles pero derrotado por el sistema. Todavía, Sacristán sigue muy activo en el teatro y en el cine. Su voz, que ha ganado en gravedad y textura con los años, es considerada por muchos como «la mejor voz de la escena española».

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