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Mi yo salvaje

Yo me paré el taxi

«Me subí el pantalón mojado de su lefa caliente. Hay algo en lo repulsivo que tienta mi fantasía»

Yo me paré el taxi

Montaje. | Unsplash

Me había absorbido la pantalla del móvil lo suficiente como para no haberme dado cuenta de que estaba tarareando en voz alta ni de que el taxista era un hombre guapo. Una voz grave que me hablaba sobre música y me llevaba a casa en un coche blanco, como si fuera un caballo. Este podría haber sido el final de este cuento. Si después de risas y complicidades varias contara que salí del coche dejándole mi Facebook y que él salió detrás, me puso contra la pared, me subió la falda, bajó mis bragas y me la metió, estaría mintiendo. Si dijera que fue lo que deseé y que al día siguiente encontré un texto relatando esta misma idea en el messenger, estaría empezando a decir la verdad.

– ¿Estás en tu casa? Mira por la ventana.

Un Saúl que me inspiraba peligro había entrado en mi vida. «Joder, sabe dónde vivo» , pensé al comprobar que no se lo inventaba. Estaba allí aparcado en la esquina, con el morro del coche sobre la acera. «Baja, quiero follarte», soltó sin vacilar. Curiosa como un gato, bajé los peldaños despacio, reconsiderando cada paso como una nueva opción de echarme atrás. Este improvisado Saúl había rechazado la negativa del « imposible, estoy sin duchar» y también la de « dame diez minutos y estoy». Saúl dijo que bajara y que no iba a esperar. Bajé en pijama, sucia, con un abrigo y una coleta repentina que dignificaban un poco mi día de sofá, patatas y vacío existencial. Abrí la puerta gélida del portal y salí exhalando vaho. La sed de aventura me moviliza y acalla el miedo en todas sus versiones. Desde que le oí hablar en el coche supe que era una mala idea. Seguía sabiéndolo.

– Hola.

Saúl me apoyó en el coche, me abrió el abrigo, sorteó el elástico del pijama, metió la mano en mis bragas del día anterior, la paseó por toda la vulva y metió dos dedos doblados llenándome la vagina de incertidumbre.

Sacó la mano, se chupó los dedos y me besó. Me dejé hacer como una marioneta cuando me giró, me bajó el pantalón hasta donde lo enganchaba las curvas de mi culo y sentí su glande hinchado empujando fuerte desde atrás. Mariposas no, un enjambre entero de abejas pinchaban el deseo fuerte en mi estómago. Cosquillas de feria hiperventiladas se repartían desde la cabeza al ombligo; de las manos a las rodillas; de pies a piel. Sentí cómo mi culo se abría para recibir una polla desconocida sobre el capó de un taxi en la esquina mal iluminada de mi propio bloque. Su aliento en el cuello me arañaba y un «zorra» mal avenido me hizo despertar.

– ¡Para!

Paró y me siguió paseando su glande por todo el culo. Se soltó la polla, que aunque sólida y firme, no se erguía. La sentí robusta, dura y gruesa entre las piernas. Las cerré y apreté los muslos para que pudiera restregarse, pajearse, correrse y me dejara respirar; una santa, una monja, una pajillera social. En mi mente: mis bragas sucias, mis vecinos, su pene impuro, mi futura vagina enferma. En mi cuerpo: mis bragas mojadas, mis vecinos, mi vagina latente, su pene duro.

Me subí el pantalón mojado de su lefa caliente. Hay algo en lo repulsivo que tienta mi fantasía. Subí los escalones de vuelta a casa orgullosa y segura de haber tomado una buena decisión.

Volvimos a hablar. Esa vez reservé un hotel y lo pagué. Le ofendió el gesto. Le comí la polla en la habitación después de habernos abrazado fríamente durante un rato, largo de más. Gemía de un modo absurdo. Me avergoncé. Follé con y sin condón. Me asusté. Le monté y me montó. Aparenté. Olvidamos apagar la luz del pasillo que era blanca, fría y le dibuja en mi recuerdo como una desagradable noche de pasiones tristes. Un polvo de soledades. Dos seres agarrados a la mentira del amor de unas horas que inventan historias de un futuro que se borra tan solo de nombrarlo. Le pedí que me llevara a casa. No me cobró la carrera y meses más tarde Uber llegó a la ciudad.

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