Los nacidos entre 1960 y 1970 conservan fortalezas mentales que hoy se están perdiendo
Fomentar estas capacidades ayuda a mantener la salud mental sin dejar de aprovechar los avances tecnológicos actuales

Nacidos entre 1960 y 1970 | Canva pro
Según lo que explica el artículo de AS, los nacidos entre 1960 y 1970 crecieron en un contexto social y educativo que, según numerosos expertos en psicología, favoreció el desarrollo de fortalezas mentales que hoy se están debilitando. No se trata de idealizar el pasado ni de desacreditar a las nuevas generaciones, sino de analizar cómo determinados entornos influyen en la construcción psicológica y emocional de las personas.
¿Qué fortalezas tenían?
La infancia de esta generación transcurrió en un mundo con menos estímulos constantes y menor intervención adulta. El aburrimiento, la espera y la resolución autónoma de problemas formaban parte de la rutina. Estas experiencias, lejos de ser negativas, actuaban como un entrenamiento natural de la resiliencia. La psicóloga estadounidense Angela Duckworth, conocida por sus estudios sobre la perseverancia, sostiene que la fortaleza mental se construye cuando las personas aprenden a sostener el esfuerzo en el tiempo. Su concepto de grit demuestra que la capacidad de no abandonar ante la dificultad se desarrolla con mayor facilidad en contextos donde la recompensa no es inmediata.
1. Autonomía temprana y control personal
Uno de los rasgos más destacados de quienes nacieron entre 1960 y 1970 es la autonomía temprana. Asumir responsabilidades desde edades tempranas, gestionar conflictos sin mediadores y tomar decisiones cotidianas reforzaba la sensación de control sobre la propia vida. El psicólogo Martin Seligman, fundador de la psicología positiva, explica que esta percepción de control es esencial para la salud mental. Cuando una persona comprueba que sus acciones tienen consecuencias reales, desarrolla una mayor estabilidad emocional y una menor propensión a la ansiedad.

2. Aprender a convivir con el error
El error era entendido como parte del proceso vital. Suspender un examen, equivocarse en una decisión o fracasar en un proyecto no se interpretaba como un ataque a la autoestima, sino como un aprendizaje necesario. Esta relación más natural con el fracaso fortalecía la tolerancia emocional. El psiquiatra Viktor Frankl defendía que el sentido de la vida se construye enfrentando la dificultad y encontrando significado en ella. Aunque su obra es anterior, sigue siendo una referencia clave para comprender por qué las generaciones que crecieron con mayor exposición a la adversidad desarrollaron una mayor fortaleza psicológica.
3. Perseverancia y una buena gestión del aburrimiento
El contraste con el presente es evidente. La cultura digital ha instaurado la inmediatez como norma, modificando la relación con el esfuerzo, el tiempo y la frustración. Psicólogos y pedagogos señalan un aumento de la ansiedad, la baja tolerancia a la espera y la necesidad de gratificación constante. Esto no implica una menor capacidad de las generaciones actuales, sino un entorno que dificulta el entrenamiento de habilidades mentales profundas. La paciencia, la perseverancia y la gestión del aburrimiento requieren experiencias que hoy son cada vez menos frecuentes.
4. Límites claros y seguridad emocional
Otro factor clave fue la existencia de normas más estables y límites claros. Desde la psicología del desarrollo se subraya que los límites coherentes ofrecen seguridad emocional y ayudan a interiorizar el autocontrol. Crecer con reglas previsibles reforzaba la responsabilidad personal. En la actualidad, la sobreprotección y la negociación constante de normas pueden generar inseguridad emocional, según advierten distintos colegios profesionales de psicología. Según el psicólogo Rafa Guerrero, poner límites claros ayuda a los niños a comprender su entorno, desarrollar autocontrol y sentirse emocionalmente seguros, y cuando estas normas son difusas o inexistentes se generan confusión e inseguridad emocional.
Fortalezas que se han perdido y pueden recuperarse
Los expertos coinciden en que estas fortalezas mentales no se han perdido de forma irreversible. Duckworth defiende que la perseverancia puede enseñarse y Seligman insiste en que la resiliencia se entrena fomentando la autonomía y el esfuerzo real, incluso en contextos modernos. Analizar a la generación nacida entre 1960 y 1970 no debería servir para comparar, sino para identificar qué condiciones favorecen una mente más fuerte. Recuperar el valor del esfuerzo, la tolerancia al error y la autonomía puede ser clave para reforzar la salud mental en el presente, sin renunciar a los avances sociales y tecnológicos actuales.
