Elizabeth Clapés (29), psicóloga, sobre las rupturas: «Hay personas que vienen a nuestra vida a cumplir una misión y a irse»
Desde esta perspectiva, poner fin a una relación es un proceso normal y, en numerosas ocasiones, imprescindible

Elizabeth Clapés | Instagram
En el libro de Querida YO: tenemos que hablar, de Elizabeth Clapés, una de las divulgadoras emocionales más influyentes del momento, sostiene que la introspección no es una moda pasajera, sino una necesidad. Mirar hacia dentro, detenerse y escucharse es el primer paso para avanzar y, sobre todo, para descubrir quién eres realmente.
En uno de sus capítulos se centra en una pregunta muy sencilla, pero realmente decisiva, cómo debe ser alguien para que quieras que forme parte de tu vida y a quién estás dispuesto a dejar entrar en ella. No es casualidad. Existe la conocida teoría de que somos la media de las cinco personas con las que más nos relacionamos, una idea que atraviesa el libro y que invita a revisar nuestros vínculos con una mirada más consciente y selectiva. Y es que estamos acostumbrados a hablar de rupturas de pareja, pero ¿y las que se producen entre amigos o incluso dentro del entorno más cercano? Clapés pone el foco en ese punto incómodo, recordar que del mismo modo que dejamos entrar a personas en nuestra vida, también debemos aprender a dejarlas marchar cuando el momento llega. Hacerlo a tiempo, sin culpa y sin dramatismo, también es una forma de autocuidado.
Dentro de ese mismo capítulo aparece uno de los mensajes más potentes del libro, «Una ruptura, con quien sea, no es un fracaso». Una afirmación que resume la filosofía de la autora. Desde una mirada psicológica y honesta, Clapés aborda el duelo, los vínculos y la necesidad urgente de replantear cómo interpretamos el final de las relaciones afectivas. Porque cerrar una etapa no borra lo vivido, lo integra, y entenderlo así es, quizá, uno de los mayores actos de madurez emocional.
Personas que acompañan etapas, no toda la vida
Según explica Clapés, cuando una relación termina y existían expectativas de futuro que encajaban con nuestro plan de vida, aparece una sensación profunda de fracaso personal. «Cuando acabamos una relación con la que teníamos unas expectativas de futuro, sentimos que hemos fracasado», escribe. Esta percepción no se limita únicamente a las relaciones de pareja, también aparece cuando se rompe una amistad significativa, especialmente aquellas que nos han acompañado durante años o en etapas clave de la vida. En ambos casos suele surgir la culpa, como si las discusiones, los enfados o la decisión de alejarnos de alguien que ya no nos hacía bien invalidaran todo lo vivido. Desde la psicología, sin embargo, esta interpretación no se sostiene.

Clapés defiende que no todas las personas llegan a nuestra vida para quedarse. «Hay personas que vienen a nuestra vida a cumplir una misión, a compartir un tiempo con nosotros y a irse», señala, una idea que aplica tanto a parejas como a amigos, siempre dejando fuera las relaciones de maltrato, que requieren un abordaje distinto. En muchos casos, explica, la distancia aparece porque la vida empuja en direcciones diferentes, porque los intereses cambian o porque el deseo de seguir unidos se diluye. En esta misma línea, el psicólogo Walter Riso ha señalado en varias ocasiones que aprender a soltar vínculos, incluidos los de amistad, forma parte de la madurez emocional y del respeto por uno mismo.
La psicología evolutiva respalda esta visión y explica cómo los vínculos se transforman a medida que cambian las necesidades personales. Estudios publicados en Current Psychology muestran que la duración de una relación no determina su valor ni el malestar tras su fin, sino que factores como la intensidad emocional y el apego influyen más en cómo nos afecta. Que una relación termine, ya sea de pareja o de amistad, no significa que haya fracasado, sino que cumplió su función en un momento determinado y que lo más importante son las experiencias vividas.
Todo lo vivido también tiene valor
Durante una relación, recuerda la psicóloga, se aprende, se disfruta, se ríe y se comparten experiencias significativas. «Durante esa relación hemos aprendido, disfrutado, reído, descubierto cosas y compartido momentos», afirma. Todo eso existe y tiene valor independientemente de cómo termine el vínculo. El final puede doler más o menos y ese dolor es legítimo. «Ahora se ha acabado y nos puede doler, es respetable», escribe Clapés. Lo importante es no vivir ese cierre como una derrota personal, sino como parte del proceso de vivir y relacionarnos.
La autora insiste en que el sentido de la vida no está únicamente en llegar a una meta, sino en recorrer el camino. «Nos olvidamos de que el sentido de la vida no es llegar a la meta, sino disfrutar del camino», reflexiona. Desde este enfoque, finalizar una relación es algo natural y, en muchos casos, necesario. Aferrarse a vínculos que ya no deben formar parte de nuestra vida puede generar un daño emocional profundo. La psicología clínica advierte de que mantener relaciones por miedo a perderlas puede cronificar el malestar y dificultar el crecimiento personal.
Rituales para despedirse y seguir adelante
Entre las herramientas que propone Clapés en su libro, Querida YO: tenemos que hablar, para facilitar el cierre emocional está la escritura de una carta de despedida. «Una bonita forma de decir adiós es escribir una carta en la que aceptamos y respetamos la partida de esa persona y agradecemos el tiempo compartido», explica. Después, cada persona decide qué hacer con ella, guardarla, romperla o quemarla. Aceptar que las personas no tienen por qué ser para siempre no implica restar importancia a lo vivido. «Estuvo cuando tuvo que estar, pero ya pasó», concluye. Y eso no excluye el derecho a llorar. «Todo esto no nos quita de llorar cien mares si lo necesitamos». Permitirse hacer el duelo sigue siendo una parte esencial del proceso.
