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Álvaro Martínez, psiquiatra, explica lo que nunca debemos decirle a una persona con ansiedad

A veces, con la intención de ayudar, podemos sobrecargar más la ‘mochila’ mental de nuestros seres queridos

Álvaro Martínez, psiquiatra, explica lo que nunca debemos decirle a una persona con ansiedad

Una amiga dando consuelo a otra. | ©Freepik.

Cuando alguien cercano nos confiesa que sufre ansiedad, la primera reacción suele brotar de la mejor de las intenciones. Le decimos que sea fuerte, que no piense tanto, que salga a despejarse o que ponga un poco de su parte. Creemos sinceramente que estos consejos pueden ayudarle a superar lo que interpretamos como un bache pasajero. Pensamos que con voluntad, distracción y una actitud positiva, cualquier persona puede librarse de ese malestar. Sin embargo, este enfoque bienintencionado genera a menudo el efecto contrario al deseado. Lejos de aliviar a quien padece ansiedad, le sumimos en un bucle del que no sabe cómo escapar.

El problema radica en que tratamos la ansiedad como si fuese una cuestión de actitud o de fuerza de voluntad. Asumimos que quien la padece simplemente necesita animarse, olvidarse de sus preocupaciones o dedicarse a otras tareas. Esta visión simplista ignora la complejidad de un trastorno que afecta a millones de personas en todo el mundo. La persona ansiosa no elige sentirse así, ni puede desactivar su malestar con un simple cambio de perspectiva. Cada frase aparentemente motivadora se convierte en una carga adicional sobre unos hombros ya agotados. Minimizar su sufrimiento solo consigue que se sienta más incomprendida y aislada.

Por eso conviene escuchar lo que los profesionales de la salud mental tienen que decir al respecto. El psiquiatra Álvaro Martínez Rico ha abordado esta cuestión con claridad en su cuenta de Instagram @alejandropsiquiatra. Explica qué supone realmente la ansiedad y cómo podemos acompañar a quienes la sufren. Sus palabras nos invitan a replantear nuestra manera de relacionarnos con este trastorno tan extendido como incomprendido. Comprender la ansiedad desde una perspectiva clínica puede transformar nuestra capacidad de ayudar. Merece la pena prestar atención a sus reflexiones.

Qué es realmente la ansiedad

La ansiedad no es falta de voluntad, comodidad ni dramatismo, tal como advierte el psiquiatra Álvaro Martínez. Se trata de un cuerpo que vive en estado de alerta constante, como si el peligro estuviese siempre a punto de aparecer. El sistema nervioso de quien la padece funciona en modo de supervivencia permanente. Esta situación genera una cascada de síntomas físicos y emocionales que resultan agotadores. La respuesta fisiológica no responde a los mandatos de la razón ni a las palabras de ánimo. El cuerpo reacciona como si enfrentase una amenaza real, aunque la mente sepa que no existe un peligro inminente. Algo de lo que hemos hablado en varias ocasiones en THE OBJECTIVE.

Los mecanismos de la ansiedad, como explican desde la American Psychological Association, se han estudiado ampliamente desde la neurociencia y la psiquiatría. Sabemos que implica alteraciones en los niveles de neurotransmisores e hiperactivación de la amígdala cerebral. También intervienen patrones de pensamiento que refuerzan el ciclo del miedo. Los tratamientos combinan habitualmente terapia psicológica, en especial la cognitivo-conductual, con apoyo farmacológico cuando resulta necesario. El abordaje profesional busca desactivar esos circuitos de alarma que se han vuelto demasiado sensibles. Al punto de que el proceso requiere tiempo, paciencia y un acompañamiento adecuado tanto del profesional como del entorno cercano.

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A menudo, parte de la solución es dar consuelo y apoyo, antes que intentar buscar directamente soluciones. ©Freepik.

Un error muy frecuente consiste en creer que la ansiedad afecta solo a determinados perfiles de personas. Pensamos que quienes tienen vidas aparentemente resueltas, situaciones económicas estables o entornos afectivos sólidos no deberían experimentarla. Esta creencia resulta tan extendida como equivocada, porque la ansiedad no distingue entre clases sociales, géneros ni edades. Puede manifestarse en un adolescente abrumado por las exigencias académicas o en un ejecutivo de éxito aparente. Las causas pueden ser genéticas, ambientales, relacionadas con experiencias traumáticas o surgir sin un desencadenante evidente. Negar a alguien el derecho a sentir ansiedad porque consideramos que lo tiene todo constituye una forma sutil pero dolorosa de invalidación.

Qué no se debe decir a alguien con ansiedad, según un psiquiatra

El psiquiatra Álvaro Martínez señala con precisión qué frases debemos evitar cuando tratamos con una persona ansiosa. Expresiones como «tranquilízate» o «eso está en tu cabeza» no logran calmar el sistema nervioso de quien las recibe. Por el contrario, generan una sensación de incomprensión que hace que la persona se encoja emocionalmente y se sienta más sola. Decirle a alguien que no piense tanto equivale a pedirle que deje de respirar: ignora por completo la naturaleza involuntaria de su malestar. Cada consejo no solicitado, cada llamada a la fortaleza, añade más peso a quien ya va desbordado. El resultado paradójico es que nuestras palabras de ánimo acaban alimentando aquello que pretendían combatir.

Frente a estas intervenciones contraproducentes, el profesional propone un enfoque radicalmente diferente. No requiere conocimientos especializados ni formación en psicología. No hace falta ofrecer consejos brillantes ni soluciones espectaculares para marcar la diferencia. Basta con transmitir mensajes sencillos pero poderosos: «te creo», «tiene sentido que te sientas así», «no estás exagerando» o «no tienes que poder con todo ahora mismo». Estas palabras no eliminan la ansiedad de golpe, pero le quitan algo muy importante: la lucha. Cuando la persona deja de sentir que debe combatir contra su propio malestar y contra la incomprensión del entorno, el trastorno empieza poco a poco a perder fuerza.

La clave reside en comprender que la calma no llega cuando empujamos a alguien a ser distinto. Llega cuando esa persona se siente segura siendo como es, incluso en su peor momento. Acompañar sin juzgar, estar presente sin exigir cambios inmediatos, validar el sufrimiento sin minimizarlo: estas actitudes constituyen la verdadera ayuda. Si alguna vez no supimos qué decir a alguien con ansiedad, no debemos culparnos. Nadie nos enseñó a hacerlo. Pero ahora sabemos que no hace falta arreglar nada: a veces, acompañar ya es sanar.

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