Séneca, filósofo, ya advirtió a sus 55 años sobre ser felices antes de que sea tarde: «No tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho»
Rescatamos la sabiduría del pensador romano para comprender que alcanzar la felicidad es más fácil de lo que creemos

La felicidad, para Séneca, tiene que ver con el uso que hacemos del tiempo | CC
La felicidad es lo que todos, en más o menos medida, buscamos. ¿Pero cómo encontrarla? ¿Qué hemos de hacer para ser felices de una buena vez? Para contestar a estas preguntas, solo tenemos que echar la vista atrás y ver qué dijeron los filósofos clásicos, cuyas conclusiones y planteamientos fueron del todo acertados y siguen vigentes a día de hoy.
Uno de ellos fue Lucio Anneo Séneca (4 a.C.-65 d.C.), quien, además de filósofo, fue una de las personalidades más influyentes del Imperio Romano. Nació en Córdoba (Hispania), se formó en Roma y destacó como dramaturgo, ensayista y, sobre todo, como tutor y consejero principal del emperador Nerón. Lo singular de su obra es que no surgió en el retiro de un jardín, sino en pleno centro de la tormenta política, mientras acumulaba una fortuna inmensa y manejaba poder real. Sus textos transmiten una sabiduría práctica nacida de la experiencia: el estoicismo, en su caso, no es teoría para ascetas, sino un instrumento mental para sobrevivir al caos, la riqueza y el peligro constante. Y llegó a valiosas conclusiones que hoy rescatamos en THE OBJECTIVE.
La felicidad, para Séneca, tiene mucho que ver con lo que hacemos con nuestro tiempo
La felicidad, para Séneca, tiene mucho que ver con lo que hacemos con nuestra vida. En concreto, el pensador romano le dio gran valor a lo que hacemos con nuestro tiempo, ya que su uso es la base de la vida racional que permite la felicidad.
Su frase «no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho» (De Brevitate Vitae, I, 1), que hoy rescatamos, pertenece a su tratado titulado Sobre la brevedad de la vida (De Brevitate Vitae). Séneca lo escribió aproximadamente entre los años 49 y 55 d.C., durante la primera etapa del gobierno de Nerón, o sea que en ese momento el filósofo tendría alrededor de 55 años, concretamente entre 53 y 59.

Séneca rompe el tópico de que la vida es corta: «No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho. La vida es lo bastante larga para hacer lo importante si el tiempo se emplea bien»
«No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho. La vida es lo bastante larga […] para llevar a término las gestiones más importantes si el tiempo se empleara bien», dijo Séneca, para quien el problema no es la duración de la vida, sino su dispersión, ya que vivimos fragmentados en miles de estímulos irrelevantes.
Hoy lo vería claro: scroll infinito en redes, reuniones sin propósito, maratones de series… No es que falte vida, sino que la desperdiciamos. En su visión, el tiempo no se gasta: se entrega. Cada distracción consentida es una cesión voluntaria de vida.
A esta tesis, Séneca le suma unos puntos clave:
- El problema de los que siempre están «ocupados»: critica a quienes siempre están atareados pero sin propósito. Estar en movimiento no es avanzar, como correr en una cinta estática. Muchos llenan la agenda para parecer importantes: una «desidia atareada», ocupar el tiempo en trivialidades para evitar lo esencial. Además, esta hiperactividad puede ser una forma de evasión para evitar pensar, lo que obliga a decidir qué vida queremos.
- El error fatal: la postergación. Séneca es muy duro con la costumbre del «algún día» haré esto o aquello. O esperar a hacer cosas que queremos cuando llegue, por ejemplo, la jubilación. «El mayor estorbo de la vida es la espera del mañana y la pérdida del día de hoy» (De Brevitate Vitae, IX, 1), escribió. Para el pensador romano, lo importante se hace hoy. El futuro es incierto; el presente es lo único seguro. Para Séneca, aplazar la vida es perderla en cómodos plazos.
La solución: proteger el tiempo, tu tiempo
Para Séneca, como hemos visto, el gran error humano no es la falta de tiempo, sino su abandono. Observa que protegemos con celo el dinero —lo contamos, lo guardamos, lo invertimos…— pero entregamos nuestras horas a cualquiera que las reclame: compromisos triviales, distracciones o expectativas ajenas. El tiempo, a diferencia de los bienes materiales, es lo único verdaderamente irrecuperable; por eso aconseja aprender a negarse, revisar en qué se disipa la vida cotidiana y reservar espacios sin interrupciones para pensar, decidir y actuar con intención.

El hombre «ocupado» vive siempre disponible para el mundo y nunca para sí mismo. Confunde actividad con progreso y pospone la vida real a un futuro imaginario —vacaciones, estabilidad o el momento perfecto—. El sabio, en cambio, protege su presente. Donde uno acumula tareas, el otro selecciona lo esencial; donde uno lamenta el tiempo perdido, el otro actúa de inmediato sobre lo que puede gobernar. Así, dominar el tiempo no consiste en hacer más cosas, sino en permitir menos invasiones. Porque, como advierte Séneca, «no recibimos una vida corta, sino que la hacemos corta» (De Brevitate Vitae, I, 4).
El filósofo, por tanto, distingue entre prolongar la existencia y vivirla realmente: cumplir años no equivale a haber vivido. Una vida llena de aplazamientos es larga en calendario, pero breve en sentido. El primer paso hacia una vida auténtica —diría Séneca— es realizar hoy aquello que lleva tiempo esperando, pues la vida comienza solo cuando deja de diferirse.
Las otras tres claves de cómo conseguir ser felices, según Séneca
Séneca propone otras tesis para conseguir la ansiada felicidad, la cual, para él, no es un estado de euforia ni una suma de placeres agradables, sino una forma de estabilidad interior que nace de vivir con coherencia. En otro de sus tratados, Sobre la vida feliz (en latín: De Vita Beata), el filósofo romano sostiene que quien depende de lo externo —riqueza, reconocimiento, diversión— vive inevitablemente a merced de la fortuna, mientras que quien gobierna su carácter permanece sereno incluso en la adversidad.

Ser feliz, por tanto, no significa sentir más, sino necesitar menos: es la tranquilidad de una mente ordenada que sabe qué vale la pena y qué no. Por eso, la felicidad no se alcanza cuando la vida se vuelve perfecta, sino cuando dejamos de exigirle que lo sea y aprendemos a dirigirnos a nosotros mismos. Así, además de no perder el tiempo, Séneca expone otras claves para conseguir la ansiada felicidad, que resumimos en tres puntos clave:
1. La tesis central: la felicidad es virtud, no placer
Séneca combate la idea —entonces y ahora muy popular— de que ser feliz significa sentir placer. El placer es frágil y pasajero; la felicidad auténtica es estable y serena. La clave está en vivir de acuerdo con la propia naturaleza racional: actuar con criterio, moderación y coherencia. Para él, una vida desordenada puede ser divertida, pero nunca feliz.
La vida feliz es la que está en armonía con su propia naturaleza
«Llamamos feliz a aquel para quien, en lo que al deseo se refiere, no hay nada malo ni nada bueno, sino un alma sana […]. La vida feliz es la que está en armonía con su propia naturaleza» (De Vita Beata, III), escribió, introduciendo la idea de que la felicidad no es intensidad emocional, sino estabilidad interior.
2. La trampa de perseguir el placer
Quien vive pendiente del placer se vuelve dependiente de lo externo. Si la felicidad depende de una comida, un reconocimiento o cualquier estímulo, queda en manos de la suerte. Ojo, el problema no es disfrutar, sino necesitarlo. Cuando el bienestar depende de estímulos constantes, la mente pierde autonomía.
«La virtud es algo elevado, excelso y real, invencible e infatigable; el placer es algo bajo, servil, flaco y mezquino, cuyo asiento y domicilio son los lupanares y las tabernas», escribió Séneca, dejando claro que el placer debe acompañar a la vida buena, no dirigirla.

3. El dinero y la felicidad
A pesar de haber sido uno de los hombres más ricos de Roma —lo que le valió muchas críticas—, Séneca defendía que el sabio no rechaza la riqueza, pero tampoco depende de ella. Las riquezas son «indiferentes preferidos»: mejor tenerlas que no, pero no determinan el valor moral de la persona. Para el filósofo, no hay virtud en la pobreza por sí misma, pero tampoco en la abundancia. Así, el problema no es poseer cosas, sino que las cosas te posean.
El sabio no se considera indigno de ningún regalo de la fortuna: no ama las riquezas, pero las prefiere
«El sabio no se considera indigno de ningún regalo de la fortuna: no ama las riquezas, pero las prefiere; no las admite en su alma, sino en su casa», escribió, dejando claro que uno puede usar los bienes sin construir su identidad alrededor de ellos.
Por tanto, Séneca basa la idea de felicidad en cuatro pilares clave: no perder el tiempo, vivir en equilibrio de acuerdo con nuestros valores, no perseguir sin sentido el placer y que la riqueza puede usarse, pero no forma parte de nuestra identidad.
