Schopenhauer, filósofo, ya desveló su secreto de la felicidad a los 62 años: «Quien no sufre dolor ni aburrimiento es esencialmente feliz»
El pensador más pesimista de la historia dejó, paradójicamente, una de las guías más claras para ser felices

Arthur Schopenhauer | CC
Resulta curioso que uno de los pensadores más pesimistas de la historia escribiera, en realidad, uno de los manuales más prácticos sobre cómo vivir mejor. Hablamos del filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860), quien no prometía felicidad eterna ni optimismo ingenuo, sino que ofrecía algo más incómodo y, quizá por eso, más útil: aprender a sufrir menos.
Schopenhauer, que fue una de las grandes figuras del pensamiento del siglo XIX y el representante más influyente del pesimismo filosófico, reflexionó sobre la felicidad partiendo de una idea central: que el mundo está movido por una fuerza irracional que llamó «voluntad de vivir», un impulso que empuja a desear, querer y buscar sin descanso. Y como ese impulso nunca se satisface del todo, la existencia queda marcada por la carencia permanente. Cuando conseguimos algo dejamos de sufrir… pero inmediatamente aparece un nuevo deseo. Por eso, para él, la vida no puede proporcionar felicidad duradera.
El filósofo fue desarrollando todas estas ideas a lo largo de su vida, pero la formulación práctica sobre la felicidad pertenece sobre todo a su etapa final. Así, aunque su base filosófica aparece en 1819, cuando publica El mundo como voluntad y representación, y redacta años después los apuntes que hoy se conocen como El arte de ser feliz, sus reflexiones concretas sobre cómo vivir mejor son posteriores, de 1851, cuando publicó Parerga y paralipómena, a la edad de 62 años. Es en este libro donde desarrolla con más claridad todas sus ideas acerca de la felicidad, especialmente en el apartado titulado Aforismos sobre el arte de saber vivir.
Qué entiende Arthur Schopenhauer por felicidad: «Quien no sufre dolor ni aburrimiento, es esencialmente feliz»
Para Schopenhauer la felicidad no consiste en un entusiasmo permanente ni en una alegría intensa. Más al contrario, el filósofo sostenía que la felicidad no es algo que se posea, sino algo que queda cuando desaparece el sufrimiento. Por eso insistía en que perseguir grandes placeres suele acabar en decepción y que lo verdaderamente sensato es reducir el dolor y el aburrimiento. Decía: «Quien no sufre dolor ni aburrimiento, es esencialmente feliz».
Según su planteamiento, el placer nunca es positivo en sí mismo, pues simplemente funciona como alivio momentáneo de una necesidad. Así, comer no es felicidad, es dejar de tener hambre, por ejemplo; o descansar no es felicidad, es dejar de estar cansado. Por eso afirmaba que mientras que el dolor se siente con intensidad, el bienestar pasa casi desapercibido.

Los tres pilares: quién eres, qué tienes y qué representas
En sus Aforismos sostiene que la suerte de las personas depende de tres factores:
- El primero es lo que uno es: carácter, salud, inteligencia y temperamento; para él, el elemento decisivo.
- El segundo es lo que uno tiene: bienes materiales, que solo importan hasta cubrir lo necesario.
- El tercero es lo que uno representa: fama, reputación y opinión ajena, a lo que concedía muy poco valor porque vivir pendiente de los demás conduce casi inevitablemente a la infelicidad. Lo resumía así: «Lo que uno es contribuye mucho más a la felicidad que lo que uno tiene o lo que uno representa».
Schopenhauer insistía especialmente en la personalidad, y aseguraba que no podemos escapar de nosotros mismos. Por eso, quien tiene mal carácter o una mente inquieta será infeliz incluso cuando la vida le vaya bien. En cambio, una mente rica interiormente puede soportar la soledad y la sencillez con mayor serenidad.
Los dos polos de vida: entre el dolor y el aburrimiento
Su pensamiento se entiende mejor cuando explica que la vida humana se mueve entre dos polos inevitables: el dolor, cuando nos falta algo, y el aburrimiento, cuando ya lo tenemos. De ahí su frase más célebre: «La vida oscila como un péndulo hacia adelante y hacia atrás entre el dolor y el aburrimiento».
Por ello, deberíamos, según Schopenhauer, encontrar un equilibrio basado en evitar la necesidad extrema y en cultivar una riqueza interior que impida el hastío. Esta es la razón por la que el filósofo valoraba tanto la capacidad de estar a solas con uno mismo, pues pensaba que quien necesita estímulos constantes para no aburrirse demuestra pobreza interior. Una idea que, por cierto, entronca directamente con lo publicado por Bertrand Russell:
Lo que realmente importa (y lo que no) para ser feliz: salud y dar poca importancia a la riqueza y la opinión ajena
A partir de esa idea, Schopenhauer insiste una y otra vez en la importancia de la salud. «La salud no lo es todo, pero sin ella, todo lo demás es nada». Y también: «Nueve décimas partes de nuestra felicidad se basan exclusivamente en la salud. Con ella, todo se transforma en fuente de placer». Por eso consideraba absurdo sacrificarla por dinero, prestigio o ambición. Creía, asimismo, que muchas personas descubrían tarde este hecho, y por ello pasaban su juventud cambiando bienestar por éxito, y en la vejez lo que cambiaban era el éxito por el bienestar.
Tampoco creía que la riqueza resolviera el problema: «La riqueza es como el agua de mar: cuanto más se bebe, más sed da». Para él, la satisfacción no se encuentra fuera, sino en la propia disposición interior: «Es difícil encontrar la felicidad dentro de uno mismo, pero es imposible encontrarla en ningún otro lugar». Según su visión, aumentar los medios materiales suele aumentar también las preocupaciones, porque multiplica las necesidades y la dependencia.

En la misma línea, advertía contra la obsesión por la opinión ajena: «Damos demasiado valor a la opinión de los demás; es una superstición universalmente arraigada». Y añadía: «Casi todas nuestras preocupaciones y ansiedades surgen de nuestra preocupación por lo que piensan los demás… Debemos reducir este instinto a su justo valor, que es muy pequeño». Para él, la fama y el reconocimiento social producen una satisfacción frágil, porque dependen siempre de factores externos y cambiantes.
Su regla contra las preocupaciones que (ya) no sirven de nada
Por último, destaca una de sus reglas prácticas, que es especialmente reveladora: «Reflexiona a fondo sobre una cosa antes de emprenderla, pero una vez que se ha llevado a cabo y se pueden esperar los resultados, no te angusties con repetidas consideraciones sobre los posibles peligros, sino despréndete del todo del asunto, mantén el cajón de tu pensamiento cerrado sobre él y consuélate con la convicción de que todo se ha reflexionado bien en su momento».
Schopenhauer distingue así dos momentos clave: antes de actuar hay que pensar mucho y valorar riesgos, pero una vez tomada la decisión y puesta en marcha, seguir dándole vueltas solo genera ansiedad inútil porque ya no cambia el resultado. Por eso se refiere a «cerrar el cajón del pensamiento», que no es despreocuparse, sino aceptar que el control terminó o está ya fuera de nuestro alcance. La preocupación, por tanto, es racional antes de decidir, pero después se convierte en rumiación, y gran parte del sufrimiento humano nace precisamente de seguir revisando mentalmente lo que ya es irreversible.
